Bitácora: Teatro y valor de uso

Bitácora: Teatro y valor de uso

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César Cortés Vega
Intro: ustedes, los naturales nosotros…

Probablemente la frase de este subtítulo no tenga sentido. Vino a mí como primera línea, al pensar estos días, a mediados de la Muestra Nacional de Teatro, de los que intentaré dar cuenta de la manera más subjetiva posible [1]. Y no la borré de inmediato, porque me gusta realizar estos retruécanos de la conjugación, intentando encontrarles sentido. Acá, ser nosotros no nos basta, podría querer decir. Reivindicarse desde esa potestad encarnada en la regulación de un yo material. Luego otorgar el favor de una individualidad mañosa. Sería tentador, incluso, caer en un candoroso simplismo que diga, de alguna manera, todos somos uno.

Pero por supuesto que no; casi nunca, en la administración de individualidades reguladas, de “buena onda” clasificatoria y de cierta autocomplacencia, es posible que todos seamos uno. Aquella disposición regulada no nos lo permitiría, porque está demasiado preocupada por diferenciarse, por vender la utopía de su propio bienestar desde una política de las relaciones. Quizá, eso sí, todos querríamos la unidad. Decirla, aunque sea de dientes para afuera. Entonces también la frase podría querer decir, para curarnos en salud, algo así como: ustedes nos determinan, y por eso no nos determinan. O: lo que unos piensan de otros, es en lo que esos otros podrían llegar a convertirse. O no, porque al decirlo, al notarlo y hacerlo notar, es posible que la energía de dicho embrujo tome otros cauces…

Públicos y públicos
Observo una parte de la ciudad a través de la ventana del cuarto de hotel. Todo está tranquilo. Lo que pasa en Aguascalientes a nivel cotidiano no me parece especialmente distinto de lo que ocurre en otros lados. El transcurrir citadino, una concatenación de presentes que se esfuman. Las calles parecen amables, y si es que la gente me mira al atravesarlas, es quizá gracias a que no les parezco conocido, aunque intenten, sin lograrlo, identificarme. Me encanta esa sensación en la frontera de la socialización, en aquello que pasa desapercibido no sólo por un silencio bien regulado, sino porque sencillamente uno todavía no es, gracias a que no ha declarado y aclarado lo que es. O lo que “viene siendo”. Pienso en el teatro entonces, en las representaciones no actorales de cualquier habitante de las conformaciones sociales contemporáneas, que son, quizá, aprendidas gracias al consumo diario de aquellas otras representaciones televisivas incrustadas en la cotidianidad de los hogares, los restaurantes, las oficinas y en todos lados. Si lo reconsideramos, se trata del ejemplo más acabado de un teatro robado hacia el set mediático de la realpolitik [2] que juega con la ficción de manera pragmática.

Observo a los habitantes esporádicos de la plaza de nuevo, sentados ahí, haciendo uso de su tiempo libre, del que tienen pleno derecho. Y los imagino luego también haciendo algo que no pasa: abarrotando las entradas de las puestas en escena de la Muestra,  o de cualquier obra de teatro montada en cualquier estado, en cualquier época del año, pidiendo más, exigiendo ficciones inteligentes, o frente a las cuales puedan cuestionarse las narrativas confusas de sus propias vidas, o las maneras que hay para narrar los sucesos de su país. Un público idílico, de alguna manera extraviado en las ilusión mediática de su deseos. Deseos que, por un lado, nadie tendría derecho a cuestionar en su intimidad, pero ante los cuales podríamos sospechar desde estos ángulos de la representación y sus múltiples cuestionamientos que nos convocan acá. Porque no podemos negar que en aquel grosso público hay, precariamente, algo ya de conocimiento sobre la naturaleza de las complejidades del teatro mismo, gracias a aquellas ilusiones transmitidas que difunden los clichés del amaneramiento novelero. Un rostro preocupado en el rincón de la pantalla, con iluminación directa, observando a través de la ventana; angustia y decepción gracias a que Roberto Antonio o César Augusto no ha regresado a la casa porque está con la otra. O la sorpresa imperativa de un representante de la clase popular, ridiculizado en su idealización, haciendo parte de un momento sensible que sólo es atribuido a las clases acomodadas. Una dádiva edulcorada al nivel de la peor de las sumisiones. Uno tras otro, rostros de las emociones estandarizadas que sin embargo traducen bien ciertos sentimientos que poseen toda una genealogía histórica oculta para presentarse así, de frente, como si fueran la realidad misma. Las particularidades de La sociedad del espectáculo:

El espectáculo en la sociedad corresponde a una fabricación concreta de la alienación. La expansión económica es principalmente la expansión de esta producción industrial precisa. Lo que crece con la economía que se mueve por sí misma sólo puede ser la alienación que precisamente encerraba su núcleo inicial. [3]

El llanto o la alegría. El desconsuelo o el azoro. ¿Es ese teatro bufo de la manipulación política televisiva lo que se le ha arrebatado al teatro popular e intuitivo de raíz? Porque es posible que sí, que justo esa sea una de las razones por las cuales el público no entendido ni enterado, ya no pida el teatro con mayúsculas o minúsculas. No sólo por un tema de costos y de producciones adecuadas, sino gracias a que las necesidades de representación simbólica están precariamente cubiertas.

¿Qué sucede con los objetos cuando…
…pierden su valor de uso? Está pregunta de base en la obra Sidra Pino, llevada a escena por Murmurante Teatro, podría servir para darle un pequeño giro al problema. ¿Qué sucede cuando el teatro pierde su valor de uso? ¿Es así? ¿Ha perdido su valor de uso? Por supuesto que nosotros opinaríamos que no, que las Muestras Nacionales de Teatro y otras muestras, han evidenciado cabalmente que el teatro se sigue produciendo y disfrutando. Que podemos realizar, por supuesto, críticas acerca de las distintas propuestas que lo conforman, pero que en buena medida, éste sigue usándose, consumiéndose y generando polémica, aunque sea en un grupo reducido de participantes. E incluso se puede seguir argumentando que se trata meramente de un problema educativo. De acuerdo. Y sin embargo el hecho real es que algunas salas siguen vacías cuando se trata del día a día de la cartelera. Y otro hecho más contundente en esto es que hay cierto tipo de propuestas simplistas que se ponderan más que otras más complejas y de no fácil comprensión, pero que problematizan realidades y ofrecen soluciones más allá de la ingenuidad del entretenimiento. ¿Al pueblo o que pida? Pero,¿por qué pide lo que pide? El tema no puede ser reducido solamente a una cuestión de gusto estético, de deber ser, pues si no se convoca también una reflexión más compleja, que tome en cuenta condiciones de especificidad histórica en las que existe un elitismo educativo que no sólo tiene que ver con una distracción institucional, sino que está directamente vinculado a un proceso de pauperización intelectual, como programa del nuevo tipo de subjetividades acríticas que el mercado y la política capitalista necesita, estamos muy, pero muy distraídos.

Sigamos argumentándolo desde la mirada de Sidra Pino, que me parece una de las propuestas más interesantes de esta Muestra gracias a su claridad y concisión. Aquellos objetos que pierden su valor de uso, se extravían y tienen el peligro de desaparecer como referentes de la cultura que los engendró. Sin embargo, luego de que aquellos medios de producción que los hicieron nacer, terminan también por aniquilarlos según imperativos de poder económico, éstos tienen un segundo aire como vestigios. Y se convierten en eso, gracias a que una serie de condiciones políticas ponen en juego la restitución de su significación. Basta un esfuerzo dedicado y de evocaciones diversas para hacer que su circulación simbólica se ponga en marcha de nuevo, aunque sea modestamente. Un esfuerzo de la condición humana para reconsiderar los procesos históricos, o más bien, para realizar fisuras en un movimiento que parece rebasarle. Claro, la Sidra Pino es un producto de un mercado de envasado fabril y distributivo, claro ejemplo del desvanecimiento de la maquinaria fordista, hacia la transición de procesos de producción postfordista [4]. Por el contrario, disciplinas como el teatro se diversifican y han mutado históricamente, para asentarse en la actualidad como parte de condiciones del capitalismo subjetivo (general intellect) que el Estado podrá o no apoyar, pero que está relacionado con características de relación equilibrante con las instituciones y los integrantes de una sociedad. Es decir: con las negociaciones que realiza con distintas conformaciones políticas.

Entonces, de nuevo, preguntas un poco más afinadas: ¿se puede medir el valor del teatro producido en México? ¿Cuáles son los requerimientos para esa medición? ¿Qué cosas deben observarse? Creo que depende. Porque cuando se habla de calidad en una obra de arte, es necesario contemplar más allá que el mero discurso estético y la pertinencia de su haber, o en todo caso, pensar que estética y política son dos conceptos indisociables.

Desierto afectivo y sus singularidades
Observo los cuerpos deslizándose por el escenario. Los pies rechinan al contacto con la madera teñida de negro. Esa fuerza física dejando vestigios sonoros que no estaban previstos. Y eso lo hacen gracias a una convicción discursiva. Pero, además de intentar la demostración de su discurso por distintos medios escénicos (o no tan escénicos) mediante un gasto de energía específico, muestran el detrimento de los cuerpos, su acomodamiento en el espacio, su contundencia intuitiva. Eso es lo que pasa en todos lados —pienso. En una Muestra Nacional, o en un partido de futbol. En las sofisticadas interconexiones eléctricas de mi celular, o en la fricción que existe cuando lamo la superficie de un helado. La regulación y dirección de los sucesos, no invalida el residuo dejado por aquella energía. Y eso indica una intensidad desapercibida en los objetivos, en la esperanza de que sirvan de algo, de que tengan sentido y aclaren maneras de hacer para la construcción de intensidades comunitarias. Dice el filósofo brasileño Pál Pelbart:

¿Cómo sostener un colectivo que preserve la dimensión de la singularidad ¿Cómo crear espacios heterogéneos, con tonalidades propias, atmósferas distintas, en los que cada uno se enganche a su modo? ¿Cómo mantener una disponibilidad que propicie los encuentros, pero que no los imponga, una atención que permita el contacto y preserve la alteridad? ¿Cómo dar lugar al azar, sin programarlo? ¿Cómo sostener una “gentileza” que permita la emergencia de un hablar allí donde crece el desierto afectivo? [5]

Probablemente la fuerza de la que valerse en estos tiempos oscuros, esté en aquella energía olvidada, que ha salido de la producción significante. Ahí, o allá, en un acto o en el otro, lo que reconstituye la pertinencia de un objeto, llámese teatro o muestra, o como quieran, es aquello que es improbable, pero que paradójicamente se vuelve posible en el presente. Como los rechinidos en la duela de los que hablaba; eso que nos junta es justo lo que no nos determina. Ese excedente de sentido, puede ser también un vestrigio significante. Preocuparse demasiado por aquello ya conocido, es descuidar otras formas en las que la singularidad opera, y que son las que pueden realizar alianzas no determinadas. No es, pues, el teatro lo único que nos convoca en estos tiempos acá, sino aquello que sobra de las voluntades, un residuo apenas percibido de eso otro que parece trascendente. O no. Posiblemente no. Porque quizá, en el arreglo político de las puestas en escena y el acomodo en el campo, una voluntad de clasificación que intente ser definitiva, nos distraigamos, simulemos y nada más que eso, creamos que el teatro es en efecto sólo lo que se debe decir, y se dejen de discutir otras cosas, más acá o más allá del teatro mismo. Y es que claro, no basta con una voluntad de hacer, si ella no va acompañada de reflexión que perciba matices encubiertos. Sobre todo, no podemos ser ingenuos. Porque estamos frente a la contundencia de los desiertos afectivos que han quedado de sucesivos desastres en una sociedad como la nuestra. Y eso no se puede paliar con mera simulación de bienestar. Y además de hacer desde el decir, y decir desde el hacer (algo así como: sin teoría no es posible la práctica, y sin práctica no es posible la teoría), se puede atender aquello desapercibido que sí nos hace estar juntos, y no quitar la mirada de ahí hasta poder nombrarlo y narrarlo, hasta que eso permita renovados usos y valores.

17 de noviembre del 2015, Aguascalientes. Muestra Nacional de Teatro.
Notas

[1] Sí, subjetiva, dice. No sólo porque se trata de una crónica breve de estos días vividos, sino porque quizá para este tipo de cosas se trate de asumir no la objetividad de apariencia imparcial, sino una serie subjetividades, que sin embargo digan lo que deba decir, sin recortes de más, asumiendo que la mirada es siempre engañosa, y justo por eso  una especie de ente indomable que se mueve —en este caso— entre el entendimiento y el soporte de lectura.

[2] “Es un término acuñado por el escritor alemán Ludwig von Rochau en 1853, al criticar la falta de“realismo” en la política instrumentada por los liberales germanos durante el proceso revolucionario de 1848-1849. Puede traducirse al castellano como “política realista” para significar una política que tenga contacto con la realidad, que no se nutra de fantasías, que vea al mundo social como es y no como quisiéramos que fuera.” Tomado de Enciclopedia de la política. Borja, Rodrigo.
Disponible en:http://www.enciclopediadelapolitica.org/Default.aspx?i&por=r&idind=1273&termino. Última visualización: 17-XI-15.

[3] La sociedad de espectáculo. Debord, Guy. En http://www.sindominio.net/ash/espect1.htm. Trad. revisada por Maldeojo para el Archivo Situacionista (1998).

[4] Por el contrario de la producción llamada fordista en la que la producción se realiza en cadena, lapostfordista implica tanto las nuevas tecnologías de información y la comprensión de nuevos tipos de consumidor, como la especialización de trabajadores de precarizados que apenas operan ciertas condiciones de conocimiento subjetivo para echar a andar una maquinaria productiva de la cual no pueden ver en su totalidad.

[5] Filosofía de la deserción. Nihilismo, locura y comunidad. Pál Pelbart, Peter. Como vivir solos. 43-50 pag. Tinta Limón Ediciones. Buenos Aires, 2009.