60 extraordinarios minutos

Por Mayté Valencia

 

Esta es la historia de un secuestro. De una mujer que espera volver a ver a su hijo. De un victimario a quien su situación económica lo llevó a la desesperación.  De dos madres que darían su vida por sus hijos. La obra 60 minutos del director y dramaturgo tehuano Marco Pétriz, es un espejo que trasciende una situación específica y te enfrenta a la realidad nacional.

Extraordinario. Así se podría calificar el trabajo que realiza el Grupo Teatral Tehuantepec. En una casona antigua de León, los actores Gabriela Martínez (Crescenciana, la madre), Azucena Desales (Sara, la secuestrada) y Hugo Ramírez (el hijo) se desenvuelven en un montaje potente y lúcido donde cada uno de sus movimientos y la forma en la que se utiliza el espacio tiene un sentido preciso. Con el público situado dentro del patio —con acciones que suceden dentro y fuera de su rango de visión— Pétriz explota cada rincón de la casona: los cuartos al fondo y los laterales, las entradas y salidas.

“Señora, estoy secuestrada”. Las palabras marcan el primero de los diversos giros dramatúrgicos que sorprenden durante la obra. Es así como Crescenciana —una mujer de gran fortaleza y temperamento— descubre el delito que cometió su hijo y se ve envuelta involuntariamente en éste. ¿Ayudará a su hijo al saber que está amenazado de muerte o será empática con Sara, madre de un niño pequeño?

Los conflictos que tienen cada uno de los personajes son complejos. Aquí no hay buenos, ni malos. Pétriz consigue en su propuesta que un hecho violento se mire desde diversos ángulos: la familia, el amor de una madre, la clase política-económica privilegiada, los rencores sociales, la empatía humana y la dificultad de crecer en una sociedad desigual.

La escenografía de Jorge Lemus utiliza el mismo espacio de la casona. Con algunos elementos como un angosto tejado, cubetas blancas utilizadas como asientos y un costal improvisado para boxear, lleva al espectador al patio de un hogar humilde de alguna población rural que podría ser Tehuantepec o cualquiera otra del país. Una radio —que soporta toda la música del montaje— y un pequeño altar con la imagen de Cristo son sutiles referencias a la forma de vida de esta familia que conserva su religiosidad.

Para lograr un teatro poderoso sólo se necesita un espacio, el que sea, y un trabajo actoral entregado. La propuesta de dirección de Pétriz apuesta por la sencillez y lo preciso. Así es en 60 minutos, una obra en la que los largos procesos de ensayo se reflejan cada momento en la corporalidad, voz y presencia escénica de los intérpretes. Gabriela Martínez, en especial, es extraordinaria. Su actuación consigue que una acción tan cotidiana como lavar y barrer el piso tenga el mismo rigor que un fuerte enfrentamiento, a punto de pistola, con su primogénito.

“¿Qué serías capaz de hacer por tu hijo?”. “Dar la vida”, contesta Sara a la madre. “Ahora sí nos entendemos”. La luz comienza a apagarse poco a poco hasta enfocar el rostro de Crescenciana. Ha quedado sola en el escenario. El ambiente entre el público queda en suspenso. Terminó la obra, pero resuena: el teatro de Pétriz cimbró.