Teatro para sublimar la tragedia

Por Araceli Álvarez

“Escribí esta historia desde el verdadero arrepentimiento”, afirma Maye Moreno sobre Casa Calabaza, relato autobiográfico que desarrolló en el penal de Santa Martha Acatitla en Ciudad de México. Cumple una sentencia de 28 años por asesinar a su madre. Su texto ganó en febrero de 2015 el Concurso Nacional de Teatro Penitenciario y desde octubre de 2016 se presenta de manera profesional gracias al trabajo de El Arce Colectivo Escénico.

Antes de conocer su historia hay que conocerla a ella. Previo a entrar a la Casa Calabaza se proyecta una entrevista realizada en el reclusorio. Cuenta un poco de su vida, de sus gustos, de cómo siempre fue una niña invisible para sus padres, de su soledad, de su amor por las palabras “por lo que pueden hacer en el corazón”.

En el escenario tres Mayes coexisten: la niña, la adolescente y la adulta. A los 33 cometió el homicidio, pero hay que mirar al pasado para comprender su versión de los hechos. Entre las tres relatan que Hilda, su madre, se embarazó de su jefe. Éste se desentendió y fue Rigoberto, primo del padre, quien se hizo cargo. Las referencias a la amargura de Hilda son insistentes: “mamá era tormenta y furia, llena de frustración y pena”.

La niña, interpretada por Gloria Castro, está al frente; Mireya González, la adolescente, del lado derecho junto al largo espejo antiguo rodeado de retratos de la autora. A la izquierda, Patricia Hernández, la Maye adulta, frente a pilas de libros. Su madre y padrastro también están aquí: Hilda, amarga, fuerte, imponente, de esas mujeres que uno puede odiar a primera vista. Rigoberto, en cuerpo y voz de Alfredo Monsiváis, es un hombre contenido, débil, que juega un papel ambiguo, a veces comprensivo, siempre impotente para enfrentarse a la madre, incapaz de ponerle límites. En un momento dado se sugiere de manera muy sutil la posibilidad de un abuso sexual contra Maye adolescente. El elenco logra transmitir la tragedia. Destaca en especial la madre, la fuerza que impulsa la acción y a quien la actriz Erandeni Durán da fuerza y verosimilitud.

Se sientan en la mesa de madera, es la hora de la comida. Todos ejecutan una coreografía con movimientos repetitivos de manos y brazos entre cucharas y platos. Nadie habla, nadie convive, como tampoco sucedía en la realidad, según ha dicho la autora de la obra. Desde una vieja televisión situada en la cabecera de la mesa la imagen actual de la autora los observa, táctica que se utiliza entre otras escenas cuando la madre exige a la niña sonreír siempre y se ve desde la televisión un acercamiento a la boca de la Maye real que esboza una sonrisa.

La relación del espectador con la escena como alguien que entra en la intimidad de otras vidas se hace evidente en esta puesta: Rigoberto subraya que somos “sus invitados”; Hilda, que nadie nos invitó. Isael Almanza, director de Casa Calabaza, afirma que todos ocultamos nuestros sentimientos y encerramos nuestras tragedias familiares para que nadie se entere. Esta obra apuesta por abrir estos sentimientos, expresarlos.

Por momentos las explicaciones dirigidas al público alivian la tensión y el horror de la vida en la casa. Los espectadores ríen cuando Hilda señala que la madre de Rigoberto la odia. Pero después viene el regreso a la angustia cuando revela que tuvo que juntarse con él por la “carga inútil” que llevaba dentro. Se acentúa de manera efectiva el carácter de la madre; más aun cuando cuenta, entre carcajadas, que soñó a Rigoberto muerto en una zanja.

Maye en todas sus versiones es testigo de las peleas, de los reclamos. Recibe la angustia y sentencias de su madre: “tuviste la desgracia de haber nacido mujer y vas a sufrir, como yo”. Inmersos en la puesta en escena domina la inclinación a justificar el asesinato: cada elemento nos lleva ahí, desde la autora con su versión, el trabajo del director que le hace eco, hasta las actrices que hacen patente el sufrimiento interno. Las tres son partícipes del esperado final. La niña mira y la adolescente riega azúcar, mientras la adulta martilla con rabia una calabaza en un tratamiento no literal del asesinato.

Jorge Correa, considerado por la Unesco como el Padre del Teatro Penitenciario en México, considera que este tipo de trabajos permiten la transformación del individuo recluido. Esta historia y otras que ha escrito, han hecho que Maye encuentre un nuevo sentido a su vida, una identidad más digna. Casa Calabaza le ha dado a la autora el reconocimiento social y un respiro de libertad. Gracias al premio que ganó pudo acudir al estreno en Ciudad de México, donde el público le aplaudió de pie.

 

Es indispensable reconocer el trabajo que El Arce Colectivo Escénico ha realizado. El actor y director Luis Eduardo Yee participó como dramaturgista y continuaron el diálogo con la obra y la autora, mediante lo que se reforzó la fuerza del texto original. Con esta obra, se llevó por primera vez al ámbito profesional la obra de una dramaturga presa. Después de la experiencia, Maye ha escrito que ahora sabe que la vida es posible aún después de la tragedia.