Un Sísifo contemporáneo

por Marysol Cordourier | 26 nov, 2019

Un universo de papel en el que vemos la creación del mundo, este mundo contemporáneo de búsquedas, desencuentros y soledades, es lo que ofrece Adán, puesta en escena incluida en la programación de la 40 Muestra Nacional de Teatro, con producción de la Ciudad de México. Escrita, dirigida y actuada por Viviana Amaya, cuenta con las siguientes asesorías: escénica de Doménico Espinosa; en el audio de Rafael Couto; en el texto de Óscar Martínez Vélez y Xavier Villanova. La asistencia técnica es de Paolina Orta.

Viviana Amaya se sube al escenario para narrar la historia del primer hombre en la tierra, el bíblico Adán. La trama contempla desde que el personaje es enviado al planeta y su travesía para encontrar el sentido de la vida, con un trágico final.

Las peripecias de Adán son desarrolladas en una mesa rectangular cubierta por una tela negra. Este espacio representacional no excede el metro y medio de superficie y es iluminado en su devenir por manos de la misma intérprete, a través de pequeños spots al frente del teatrino. De los extremos de la mesa surgen los personajes y su ambiente construidos con dibujos, recortes, fotografías, una radiografía, un cuaderno y miniaturas tridimensionales.

En este cuidado toy theatre, es de voz y manos de Amaya que seguimos la creación de la Tierra, las montañas y los mares. A diferencia del relato bíblico, el unipersonal presenta un poder que arroja a un Adán desmembrado al mundo que ya cuenta con rascacielos, oficinas y autoservicios de comida rápida. A la Llega la manzana roja y con ella el
pecado original, que se castiga con la invención del trabajo y el artículo 123 de la Constitución mexicana.

En la caída de su cuerpo fragmentado en distintas bolsas de basura, Adán encuentra sus partes, pero no el corazón, el que se refugia en una cantina llamada “El Jacalito”. Con un hueco en el pecho, el hombre siente necesidad de compañía y forma una familia que pronto ya no le funciona. Se pregunta sobre el sentido de su existencia, deja su empleo de oficinista, se aparta del smog y de los metrobuses atestados de personas para emprender una travesía hilarante y amarga a través de su laberinto de papel. Un ciclo incesante de buscar, creer, encontrar y caer de nuevo en el vacío… la vida de cualquier ser humano. No hay en este universo la posibilidad genuina de trascender en el triste paso por la Tierra.

El tema musical para el origen del mundo es Así habló Zaratustra de Richard Strauss. Se incluyen además ambientes sonoros como el del bosque, la ciudad, la cantina y referencias incidentales como el sonido del microondas o de la ambulancia. Una historia personal que encuentra eco en la soledad y la monotonía que viven la mayoría de las personas: un Sísifo contemporáneo condenado a trabajar ocho horas en una oficina, comer burritos de microondas del Oxxo, revisar sus desoladas redes sociales y dormir para reiniciar al otro día. La puesta en escena existencialista nos recuerda que la felicidad dura solo “por un tiempo”.

El humor negro que emplea Amaya a través de Adán sirve para burlarse de las pretensiones de una sociedad de mercado, que impone como fin último una idea de la “felicidad” reducida a la adquisición de una casa, una pareja, una familia y esa imprecisa entelequia llamada autorealización. Una cadena de necesidades vacuas. Paradójicamente, a pesar de la crudeza en la temática, la puesta en escena no cae en lo autocompasivo, sino que provoca la risa a partir de la identificación lúdica y llena de autoironía de los espectadores con lo que sucede en escena.

En el rompimiento con la convención ficcional que propone Viviana Amaya, al decirle a Adán “eres un muñeco de papel y esta es una obra de teatro” y en las interacciones con el público al someter a votación el destino del desafortunado protagonista, la demiurga hace cómplice, corresponsable a la audiencia de la decisión final del personaje: terminar con su vida. ¿Es el suicidio el único acto de libertad para los seres humanos, como diría Camus?

El reducido espacio y los detalles en la puesta en escena están sumamente cuidados al igual que la animación de los objetos. Los gestos y la corporalidad de la actriz logran dar vida y brillo a ese universo de papel.

Viviana Amaya interpreta a una narradora omnisciente, donde se contrapone la frescura de lo dubitativo, una pretendida ingenuidad, con la destreza en el dominio del lenguaje propuesta. En la 40 Muestra Nacional de Teatro, donde predominan las obras de denuncia social, es destacable la presencia de esta vertiente del teatro que se aparta de lo políticamente correcto.

Adán llega como una sátira de filosofía, religiones, artes, modas en el cuidado corporal, dietas, activismo social, retiros espirituales y clichés de la felicidad contemporánea. Una experiencia íntima que recupera la belleza del teatro de papel, una poética pocas veces visibilizada en el gran panorama de la escena nacional.

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Crédito fotos:

  • Raúl Kigra
  • Raúl Kigra
  • José Jorge Carreón
  • José Jorge Carreón