Obra: La libre: Visceral

Alcanzar la redención liberándose de la ausencia

por Araceli Álvarez Ugalde | 7 nov, 2018

Visceral. Así es Verónica. Según el diccionario la palabra Visceral viene de las vísceras. Intensa. Que se deja llevar. Éste es el último día de vida de su madre. Tiene cáncer y hoy tendrá una muerte asistida. Durante su trayecto al hospital, Verónica recuerda parte de su vida. Está enojada, decepcionada por todos los momentos crudos que le han tocado: la desatención de su madre, la infidelidad de su padre, una violación colectiva, ser abandonada por su pareja.

Visceral, presentada dentro de La Libre Muestra, del autor y director Adrian Vázquez de la compañía Tres Tristes Tigres, es un unipersonal de una joven —a cargo de la actriz Verónica Bravo— que relata su vida mientras va camino a ver a su madre por última vez. Y en eso se reconcilia con sí misma. Al ingresar el público a la sala se le ve en penumbras sentada cómodamente en un sillón rojo, único elemento en escena. Es una mujer vestida con shorts de mezclilla, medias rojas caladas, sudadera y chamarra negra de cuero, con media cabeza rapada. Se enciende la luz. En la primera frase la protagonista ya se presenta feroz: “Estiro la mano para apagar el despertador. El botón se hunde. Pinche fayuca china. Me cagan las cosas chinas. Me cagan los chinos”.

A partir de aquí irá develando su personalidad. Se despierta de malas. Se fastidia con la vecina metiche que una vez le reclamó porque hacía mucho ruido con el hombre que se llevó a la casa para tener relaciones. Camina y se encuentra al sujeto que siempre la mira con morbo. Se irrita. Ve el camión que debe tomar, pero el conductor se detiene solo cuando la hizo correr detrás de él. Quiere encararlo, gritarle, pero se contiene.

La rapidez de su monólogo se pausa. Por primera vez el enojo se convierte en tristeza al recordar a Roberto, su ex novio. Piensa en el momento en el que terminaron porque él no le creyó que el hijo que esperaba fuera suyo. “Puta mentirosa”, le dijo, la corrió de su casa y no volvieron a estar juntos. Ni cuando ella abortó. Las palabras resuenan en su cabeza. Sin pensarlo sus dedos dibujan en ficticia ventana del camión “puta mentirosa”. Mira hacia abajo, pone una mueca triste, repite la frase y su cuerpo decaído refleja dolor. Se devasta. Pero ya no quiere seguir recordando. “Pendejadas”, dice, sacude la cabeza y vuelve al presente.

Los recuerdos no se detienen. Ahora se regresa a aquel momento confuso en el que despertó desnuda en una cama sin saber dónde estaba, sin poder moverse, con un sujeto encima de ella mientras otro esperaba su turno. La iluminación que baja y parpadea ambienta el momento sórdido. Como si lo viviera de nuevo, visualiza a Roberto presenciando y dirigiendo la violación. “Pendejadas”, vuelve a decir. Se cuela otro momento que acentúa su relación con los hombres: cuando su mamá fue a la nueva casa de su papá y le rogó que no la dejara. O la vergüenza de cuando ella hizo lo mismo con Roberto a pesar de que prometió que nunca seguiría los pasos de su madre.

Los pedazos de recuerdos se entretejen, envolviendo al espectador lentamente. El texto es cercano y atraviesa conflictos como la infidelidad y la violación e invita a reflexionar sobre el relato de esta mujer que podría ser víctima, pero que prefiere ser victimaria. Anuncia que ahora se cogerá a todos los hombres que pueda. Los usará y los hará sufrir.

A sus 29 años la actriz Verónica Bravo cuenta con un efectivo manejo de emociones que pone a disposición de esta obra. No solo relata los acontecimientos sino que se deja trastocar por ellos, hace suyas las tragedias. Cuando habla sobre lo que le molesta lo demuestra en su cuerpo rudo, en su semblante retador, en sus gestos irónicos, reta a los hombres del público con cara desafiante cuando dice que todos son cobardes, los señala. En los momentos tristes, se deja abatir, su cuerpo se debilita, se encoge, pero luego deja de recordar y recupera su furia, se yergue, su tono de voz vuelve a ser fuerte y claro.

Autor y actriz dibujan a un alma perdida desde que vio que sus padres eran falibles. Pero la protagonista liberará a sus demonios del pasado a través del encuentro con dos personajes y el desenlace de esta historia. El primero es un anciano en el camión que la descifra y le dice: “Eres cristalina”. Le aconseja que conviva con sus monstruos internos. El segundo es el oncólogo, quien a partir de sus propias desgracias le demuestra que no es la única que odia la vida pero que a pesar de todo hay que seguir adelante. Solo ellos la hacen sonreír, son ante ellos que Verónica se muestra vulnerable, los mira de frente y con claridad.

Es el último día en la vida de su madre. Ahí están sus hermanos aunque no se habían aparecido durante toda la enfermedad. Su papá para despedirse “de su gran amor”. Ella está como ausente, alejada del grupo, pensando en lo falsos que fueron. Verá el último aliento de su mamá, le dirá adiós y saldrá sin despedirse.

Antes de morir su mamá le dejó cinco cartas con su tía. La luz se vuelve frontal y la actriz comienza a relatar hacia el público con voz tierna y cariñosa el contenido de la primera como si fuese la misma madre. Se acomoda en el centro del sillón, encorva el cuerpo con gesto cálido. Al fin puede desahogarse. Porque su mamá siempre estuvo con ella. Cuando la violaron fue quien la sacó del sucio hotel; la que le metía condones en su bolsa, la que sufría por verla perdida. Verónica lee y llora. Se conmueve. Con cada palabra se va desprendiendo del dolor de la ausencia y su cara se va transformando. Poco a poco se le ve más tranquila. El enojo se va diluyendo. Las lágrimas también. Sonríe.

Visceral denota una profunda exploración en los sentimientos humanos, en la construcción de personajes complejos y entrañables, mientras habla del acoso callejero, la violencia sexual, la de pareja, la infidelidad, la maternidad a través de una destacada interpretación de Verónica Bravo quien logra mantener el ritmo y desarrollar la compleja trama tan solo desde un sillón rojo.

 

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