Alzheimer de una historia fotográfica

por Diana Tejada | 14 nov, 2018

Política y resistencia. Historia y memoria. Realidad y ficción. Lo efímero del teatro contrapuesto a la permanencia de la fotografía. Bitácora de Guerra de la compañía Belacqua del estado de Yucatán es una obra alrededor del Estudio Fotográfico Guerra.La puesta en escena nació luego de que la dramaturga y directora María José Pasos trabajó en la hoy llamada Fototeca Pedro Guerra, perteneciente a la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán. El 2017, la fototeca cumplió 40 años y es heredera de uno de los acervos más importantes del país. Este archivo fotográfico alberga placas, negativos, vidrios e imágenes con más de 100 años de antigüedad que por abandono y negligencia está en riesgo inminente de perderse.

Al entrar a la sala, el espectador se convierte en miembro de la Liga de Maestros Socialistas del Sureste, mientras que Livia Guerra, hija ficticia de Pedro Guerra, —interpretada por Gina Martínez— habla de una serie de levantamientos por parte de los campesinos. Estamos en 1924. Fuera de personaje, Martínez le explica al público que el proyecto parte con una visita a la Fototeca Pedro Guerra mientras que interactúa con objetos imaginarios pero proyectados en una pantalla detrás de ella y que son manipulados desde fuera de la escena. Un bello y coordinado juego de montar y desmontar fotografías que retratan a las familias de Pedro Guerra, padre e hijo.

La obra aspira a denunciar el descuido en el que se encuentra el acervo, más allá de proveer un contexto sobre la colección de la familia Guerra o la pertinencia de por qué nombrar al activista, periodista, coronel y primer gobernador socialista de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, como parte de la historia. Se termina por dar protagonismo al espacio y dejar al aire preguntas como: ¿Quién es Pedro Guerra? ¿Por qué asesinaron a Carrillo Puerto? ¿En verdad no se puede evitar la posible pérdida de la memoria histórica?

Sin un orden cronológico, la obra salta del 1924 al presente y hasta el 2024. Estos cambios de temporalidad se establecen a través de la proyección de un plano con los espacios de la fototeca, en los que está escrito el año y sobre el que se indica donde se desarrolla la acción. El taller se evoca físicamente sobre el escenario con una mesa y un proyector antiguo, y la bóveda que preserva los negativos con un mueble de anaqueles. En esos espacios van alternando los relatos.

La estructura atemporal es una propuesta compleja e interesante, aunque descuida la dramaturgia creando confusión y extrañeza. De manera que, sin conocer bien el contexto en el cual la dinastía Pedro Guerra cobra auge, se pasa a un segundo espacio ubicado en el año 2024 donde Emilia (Susan Tax) recorre frustrada la bóveda que resguarda los negativos. Su colega, Alex (Eduardo Navarrete) la confronta con su Alzheimer en vez de ayudarla a resolver la aplicación de las fórmulas para evitar el daño biológico a causa del clima húmedo de la costa. La tensión sexual que hay entre ambos personajes desvía la atención del conflicto y la ironía de la anécdota deja en segundo plano la denuncia sobre el descuido que amenaza la colección.

El momento más logrado del montaje transcurre en el presente, cuando el  fotógrafo (Jorge Reyes) analiza el contenido de una fotografía, a primera vista sin relevancia. Se trata de la imagen de un muchacho indígena al que vemos de pie, a un lado de una columna donde posa un perro de raza pequeña, adornado con un moño y cascabeles. El expositor reflexiona sobre las implicaciones de que las manos del niño que cuidan al perro no estén a la vista, así como el significado de la distancia entre el muchacho y el can. Añade que el atuendo del chamaco es el típico de un peón de hacienda, sin capacidad para pagar un retrato de esa naturaleza. El fotógrafo va reduciendo el encuadre hasta mostrar únicamente al animal. La imagen recortada deja en evidencia que el objetivo del retrato era el perro y que el muchacho de tez oscura no estaba ahí sino para cuidar que la mascota no saltara de la columna. Bitácora de Guerra logra con esta escena crear el cosmos de contrastes sociales de hace un siglo, a través del análisis de una imagen capturada por el nitrato de plata que nos remite a una micro historia.

Al final se le invita al público a acercarse a un simulado cuarto oscuro para hacer una demostración del revelado tradicional de una fotografía análoga. Pese a que esto no aporta nada a la narrativa o a la historia, sensibiliza sobre un proceso que se va perdiendo. A manera de despedida, Livia Guerra le toma una foto al público y se proyecta junto con otras fotografías de públicos anteriores. Al igual que esta colección de fotografías, Bitácora de Guerradeja un conjunto de imágenes sueltas que no terminan de responder preguntas y contar una historia.

 

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
2. Raúl Kigra
3. Sebastian Kunold
4. José Jorge Carreón

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