Los hombres de maíz reciben una ovación

por Juan Carlos Araujo | 3 nov, 2018

Maychi, un joven originario de Campeche, le cuenta al público el significado de los colibrís en la cultura Maya. Mientras simula con su mano izquierda el frenético aleteo de dichas aves, explica que para ellos representan espíritus mensajeros que cargan el cariño o pensamiento de un ser querido. El músico en escena toca un son jarocho sobre la anécdota recién contada y el actor se convierte con su cuerpo entero en el pájaro quien le lleva a su madre un mensaje esperanzador de amor.

Andares, escrita y dirigida por Héctor Flores Komatsu está construido a partir de historias personales de Josué Maychi, Maya de Chencoh, Holpechén en Campeche; Alexis Orozco, Muxe de Tehuantepec, Oaxaca; Lupe de la Cruz, Tsotsil de Zinacatán, Chiapas, y el músico Kevin Elí Leyva de Tuxtepec. Estos relatos se hilvanan con la cosmogonía y tradiciones propias de cada uno de los grupos indígenas a los que pertenecen los intérpretes. El resultado es una entretejido narrativo  que lleva de la risa a las lágrimas, de la reflexión a la catarsis, en un recorrido de tan sólo 60 minutos.

A partir de una investigación que realiza Flores Komatsu, apoyado por The Julie Taymor World Theatre Fellowship, Andares es una búsqueda personal del creador por conocer y entender las culturas originarias de nuestro país. Sobre el escenario, este contundente relato a tres voces y acompañamiento musical invita a la comunión con la leyenda del venado azul y el camino sagrado de los Huicholes, el Popol Vuh Maya, y la identidad y género de los Muxes de Tehuantepec.

La obra es una conmovedora y feroz denuncia contra un presente que pareciera empecinado en destruir aquello que alguna vez se consideró sagrado por ambición, corrupción o el mero hábito de aquellos que prefieren recibir $1500 pesos por el uso de sus tierras a trabajarlas ellos mismos. Todo esto se consigue de una manera libre de panfletos, insertando la presencia de las diferentes lenguas indígenas. Con un arco dramático estructurado, resulta orgánico el combinar la confesión de un beso robado con un ecocidio; los mitos de la creación del hombre con la historia de un amigo asesinado por el delito de estar en el lugar equivocado.

A través de un choque entre máscaras de barro que deja a dos actores tumbados en el suelo, una luz cálida amarilla que cae sobre un telón de color arcilla que recrea el nacimiento del sol o un vestuario que transporta a los asistentes a una fiesta tehuana en todo su esplendor, se crean los ambientes y escenas. Apoyado por un preciso trabajo de diseño de escenografía e iluminación a cargo de Jesus Giles, la dirección que Flores Komatsu establece en Andares es económica en sus recursos, ingeniosa y exitosa en su cometido de fortalecer el texto y traducirlo a un lenguaje escénico. El espectador es transportado a los mundos y espacios que habitan los personajes, resignificando los escasos elementos que tiene a mano como un tapiz de varas de bambú que puede en una escena dibujar una vivienda maya de pequeña entrada a representar en otra el arma con que se lleva a cabo la cacería de un venado. Las máscaras de barro son utilizadas para crear otros personajes en la obra, como una abuela convertida en madre, o una madrina desafiante, figuras femeninas clave en las narraciones de presencias exclusivamente masculinas. El vestuario, a su vez, es utilizado de manera clara y precisa, no sólo para establecer las diferentes culturas de cada uno de los involucrados, también para desarrollar poderosas imágenes como es el marcar la lluvia o los pecados de una persona con los listones que penden de un sombrero tradicional de Campeche.

“A un taco no se le llama cena, ni a una noche compromiso”, declara la Muxe con orgullo y un dejo de ironía en referencia a un encuentro casual que tuvo con un caballero. El peso de esta puesta radica en su elenco. Partiendo de la generosidad con que comparten sus vidas al ver directamente a los ojos al público en franca comunión, hasta el compromiso corporal con que cada uno se desborda en energía sobre el escenario. Alexis Orozco, Josué Maychi y Lupe de la Cruz se fracturan, cumplen con hacer parte de sus dichas y dolencias al transmitir sus orígenes de la misma manera en la que ellos los recibieron: de manera oral. La rabia con que Orozco denuncia la violencia a la que su comunidad es sujeta constantemente; el dolor con que se le quiebra la voz a Maychi al recordar a su difunta abuela o la fragilidad con que temerosamente De la Cruz se enfrenta a un rito de paso propio de los tsotsiles, son tan sólo una muestra de la verdad escénica que estos tres artistas alcanzan a lo largo de toda la obra. Hay que destacar también a Kevin Elí Leyva que se gana su lugar sobre el escenario a través de su capacidad interpretativa musical, especialmente cuando recibe la oportunidad de cantar un son de su propia autoría.

En la función presenciada en el Teatro Sergio Magaña de la Ciudad de México, que por primera vez alberga la Muestra Nacional de Teatro, se vivió una ovación de pie inmediata que duró varios minutos. Una puesta en escena que cuestiona en dónde caben nuestras raíces en el mundo actual. Porque tal como dicta el Popol Vuh: pese a que somos todos distintos, provenimos de un grano de maíz plantado en esta tierra por los dioses mayas.

 

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
2. Raúl Kigra
3. Sebastián Kunold

 

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