Obra: La libre: Por temor a que cantemos libre

Cantemos libres, cantemos juntos

por Said Soberanes | 7 nov, 2018

Una crinolina colgada al frente del escenario, un piano y una gran caja de madera verde de la que provienen golpeteos insistentes, indican que “la cantante” espera el momento de ser liberada. Como en la de Pandora, de esta caja saldrán una pluralidad de personajes a los que Lizeth Rondero, actriz y cantante, prestará su voz y su cuerpo en un unipersonal que hace un recuento histórico sobre qué implica ser mujer en la sociedad mexicana.

Por temor a que cantemos libres, escrita por Felipe Rodríguez y dirigida por Nora Manneck, es una realización de la compañía Teatro de los sótanos, la cual se ha dedicado a explorar los alcances poéticos de un teatro fársico de factura cabaretera y cuya presente producción se aprecia como un ejercicio de resistencia tanto dramática como económica, pues fue financiado con éxito a través de un plan de fondeo en línea.

Lizeth Rondero nos conduce como la cantante/narradora de estas historias, haciendo gala de su versatilidad actoral y preparación vocal para encarnarlas en escena; Alba Rosas la acompaña con soltura al piano.

La primera mujer que conocemos es “La amante del diablo”, habitante del siglo XVII, que ataviada de un hábito franciscano repleto de imágenes religiosas bromea alrededor de su voracidad sexual. Situación que la orilla a confesarse con el Santo Oficio para responsabilizarse de su deseo y reconocerse en él, aún cuando esto implique asumirse como un ser condenado. Rondero interrumpe la trama para invitar a un hombre del público a invertir lugares en el rito matrimonial y así ejemplificar la asfixia que ha implicado esta institución. Sofoco que la misma caja nos permite conocer a través de un claustro religioso en donde “La olvidada” es confinada por el atrevimiento de hacerse responsable de sí misma en el siglo XIX, una época en donde ponderar la inteligencia frente a su función matrimonial representaba un peligro casi criminal.

Tras esta dura historia, el cajón se convierte en una sala de una casa familiar en donde conocemos a “La panadera”, una mujer que por ser infiel a su marido es devuelta a la casa materna como si fuera un objeto descompuesto. La cantante trae a una mujer del público para que le acompañe a compartir sus penas con un mezcal y ante la impotencia de ser tratada como una loca o una niña por sus actos, baila con su acompañante creando un instante escénico donde hay una complicidad amorosa.

Entre el cajón y la crinolina que desciende del techo se crea una pequeña jaula de aves. Dentro de ella, “La asesina” nos confiesa porqué mató a su marido: “No fue por rencor. Fue porque no permití que siguieran abusando de mí y de mis hijos”. Un acto que muestra como la violencia perpetrada por la mujer es una forma de resistencia concreta. La interpretación que Lizeth Rondero hace de una pieza de blues en este cuadro es abrumadora: todos los fluidos de su rostro se desbordan y nos repite que hay que resistir, que hay que luchar, no por las caídas en el pasado, sino contra este presente que no nos permite ser libres.

Sin caer en el oportunismo al abordar un tema de contundente importancia actual por la violencia de género, la obra se arriesga en preguntarse por los orígenes de la misma. “¿Quién es el culpable?” es la primera forma de esta pregunta, pero rápidamente la abandona para explorar otros modos de preguntar. En ese momento, las luces se apagan y la cantante enciende una lámpara de mano. Mientras ilumina partes del foro, habla sobre la esperanza como una luz que “nos permite ver lo que buscamos, lo que necesitamos para no volvernos locos. Pero no es capaz de iluminarnos la totalidad del cuarto”. Es “La chica universitaria”, último personaje, quien reside junto a esta esperanza. Ella es quien apuesta a la utopía de imaginarnos un frágil equilibrio entre la justicia y la realidad.

Resumen de un panorama nada favorable que dramáticamente conduce a la cantante a la zozobra emocional y a la acción de amenaza por romper con un mazo el cajón que ha contenido tanta frustración. Intento que Alba Rosas, la pianista, detiene, rompiendo su silencio de intérprete: “Así no. Así no. Escucha.” e inmediatamente toca la Serenata que Schubert escribió para el reencuentro del amor. Ser libres, lo recordamos mediante el canto de estas sirenas, es reencontrarnos con la voluntad de vivir juntos.

La obra intenta ser una suerte de ritual de purificación de esta legión de mujeres que habitan el cajón, a través del canto y la memoria. La habilidad de la dirección de Nora Manneck al entrelazar las historias con el uso de la escenografía nos conduce, junto a la actriz y cantante Lizeth Rondero, por un auténtico vaivén de emociones, que nos permiten generar una empatía con la experiencia de ser mujer, más allá de género, raza o clase.

Al ser la primera vez que la Muestra Nacional se realiza en la CDMX, ciudad repleta de montajes escénicos, la Red de Espacios Culturales Independientes Organizados (RECIO) propuso realizar paralelamente una Muestra Libre de los montajes que en estos espacios se produce. Por temor a que cantemos libres es parte de esta selección.

 

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Créditos de foto:
Ricardo Castillo Cuevas

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