Clarita: El instante de un tsunami

por Carlos Urani Montiel | 24 nov, 2019

Vestidas con bata blanca, las actrices Alejandra Valenzuela y Alma Castorena, se alistan en el escenario mientras el público va entrando a la caja negra del Centro de Educación Artística (Cedart) Juan Rulfo. Suena de fondo una versión instrumental de “Alfonsina y el mar”. Un par de muebles de madera, un mantel azul, un perchero con distintos atuendos y una silla de ruedas componen la escenografía. Ambas intérpretes sostendrán todo el peso actoral que da vida a Clarita, a su familia y al malestar que sufre la pequeña. Desde cabina, la directora y dramaturga, Ana Castillo da la segunda llamada al tiempo que informa sobre el proceso de investigación en el que accedieron a los relatos de niños con cáncer. Solicita entendimiento y empatía. Su voz se quiebra al enunciar los nombres de varios pequeños que han transitado por dicha enfermedad; el anuncio nos orilla a sellar un pacto emocional del que aún no somos parte.

Clarita, montaje de la Colectiva Ramas y Raíces proveniente de Aguascalientes, se desarrolla sobre una progresión lineal que va desde la sintomatología hasta una futura recuperación, pasando por la dura experiencia clínica en el hospital y el desgaste físico-emocional de toda una familia. La multiplicidad de perspectivas se logra con la caracterización de varios personajes que llevan máscaras inexpresivas y grotescas y que se distinguen por su actuación o atributos en el vestuario. La abuelita Chayo carga una bolsa de mandado azul; mientras que la mamá viste un chal verde; y Miguelito, el hermano menor, un mameluco. Doctores y otros pacientes portan las tradicionales batas blancas, al igual que Clarita, representada con una muñeca de poco más de un metro, calva y adornada con una diadema, que es manipulada de manera alterna por las dos titiriteras. El padre, además de bigote y un chaleco, lleva una etiqueta escrita con el rol que ocupa dentro de la familia, quedando fuera de la propia convención para delinear personalidades. Las presencias masculinas quedan caricaturizadas y desacreditadas –especialmente la figura del padre– un hombre torpe e inerte que si bien le cuesta trabajo expresar sus sentimientos, debe redoblar esfuerzos laborales y no se pierde las citas en el hospital.

La mascota Negrita es la única marioneta expresiva; un perro hecho con tiras de trapo, casi del tamaño de la protagonista, que ladra y se mueve durante toda la obra con total naturalidad y gracia. Algo que no se logra con Clarita, quien no posee un centro de gravedad y carece de mirada. Su animación y articulación ocurren en el cuerpo y voz infantil de las actrices, sobre todo Alejandra Valenzuela, con quien la muñeca guarda cierta similitud fisionómica. A nivel técnico, existen problemas en la ejecución y en el criterio para el uso recurrente, pero no consecuente de recursos. La aparición de dos tipos de máscara resulta indistinta, incluso parecen estorbarles, ya sea porque les resta proyección a la voz o por su propio peso como ocurre en el caso de las caretas de mojigangas. Cuando la escala se reduce a un teatro de títeres sobre la base de un mueble para recrear el entorno hogareño, las sillas, las mesas, la alacena y los muñecos de cada miembro de la familia chocan entre sí y lucen amontonados. La propuesta de focalización resulta interesante, pero la evidente desproporción le quita eficacia y ensucia el pequeño cuadro. No obstante, la paradoja entre el despliegue técnico y el compromiso e investigación de la Colectiva encuentra su justo cauce en la escenificación de un teatro vivo que en todo momento convoca y conserva la atención de las miradas.

Hay escenas desgarradoras como la de Toñito, un niño muy pequeño, hecho de trapo que se aferra a la rodilla de su madre, llorando inconsolablemente ante el miedo y el dolor de tanto piquete; además de ciertos momentos valiosos como cuando Valentina  –otra niña enferma de cáncer y que no sobrevive–, le aconseja a Clarita que le diga a los suyos que los quiere mucho. Surge la pregunta sobre a quién se dirige esta obra de teatro aplicado, montada normalmente en espacios no convencionales y cercana a asociaciones civiles, como Canica A. C., comprometidas en la ayuda a infantes con cáncer. ¿Clarita pretende ser un remedio a quien lo padece o ayudar a las personas cercanas a la enfermedad, quienes conocen a fondo las condiciones adversas y el abatimiento?

Los conflictos que se desbocan a partir del diagnóstico se exhiben, mas no se resuelven. Clarita detona la conversación acerca de un tema crudo y doloroso sobre el que es necesario reflexionar; no obstante, la dirección sobrecarga el montaje con pasajes llenos de angustia como la de los padres y la incertidumbre de la niña acentuando el melodrama que transmite e ilustra a detalle toda esa tristeza con mucho más dolor. Sin embargo, se logra una correspondencia poética entre la leucemia y la energía incontrolable de una marea roja sobre la que se construye un universo que contiene la mirada pueril, miedos y cuestionamientos de la protagonista, como también los de sus hermanos que hablan desde el recelo y la desatención. La perspectiva de alguien que añora ser lo que era antes del cáncer de sangre –“Ya no quiero ser esta Clarita… Ya no quiero dolerles”– resuena hondo. La metáfora marina cobra fuerza y sentido por medio de proyecciones que muestran, al fondo del escenario, acuarelas con peces en movimiento, olas que abrazan y un remolino que sacude el océano. Si se piensa la leucemia como una tormenta que arrastra con el cuerpo, no se puede dejar de desear que ese tsunami interno sea solo pasajero, que el temporal dure solo la brevedad de un instante.

***

Crédito fotos:

  • José Jorge Carreón
  • José Jorge Carreón
  • Raúl Kigra
  • Raúl Kigra