Desazón

por Said Soberanes | 9 nov, 2018

En un historial médico no existe el yo, existe la patología. El padecimiento se trabaja como un hecho desconectado de la experiencia de vida de quien lo sufre. Para situar en el centro al ser humano que se aflige y padece, hemos de convertir ese historial clínico en relato. A razón de esto, Teatro Ciego/ Arte Ciego A.C. crea en la obra ¿Quién soy? (Recetario sobre usted mismo) de la dramaturga Itzel Lara. Un paseo por la mente atormentada de dos hermanos que comparten el mismo nombre y un pasado tortuoso. Bajo la dirección de Anabel Saavedra, Jesús Rodríguez (actor invidente) y Juan Carlos Saavedra interpretan a los hermanos Andrés, quienes encuentran en la cocina el nexo más fuerte con la realidad.

La compañía Teatro Ciego/ Arte Ciego A.C. habituada a llevar a los espectadores videntes a la experiencia vivencial de la ceguera, ha decidido cambiar sus prioridades para permitir a los espectadores ciegos tener la experiencia de la mirada. El uso de audiodescripción para los espectadores ciegos en tiempo real, interpretado por Doménico Espinosa, permite explorar la construcción verbal de las imágenes escénicas. Una posibilidad que divide la experiencia escénica entre público vidente e invidentes o entre quienes acceden a los audífonos y quienes no.

La obra presenta un universo visualmente atractivo con una mesa metálica al centro, que recuerda más a un laboratorio o a una camilla forense que a una cocina, y al fondo un marco encuadra lo que parece ser un enorme horno. Dos percheros colocados en ambos extremos de la escena contienen diferentes elementos de vestuario y utilería: batas, palas, batidoras, sacos con sal, cubos metálicos.

La audiodescripción describe el sobrecargado escenario con la precisión obsesiva de un historial médico y relata con creciente emoción las acciones de los intérpretes. Mientras más nos adentramos en su experiencia más se pierde la sobriedad.

Con los tonos infantiles, los vestuarios idénticos y las acciones actorales paralelas, la dirección sugiere la posibilidad de que estamos ante un mismo individuo que se ha desdoblado por un trauma infantil innombrable.

La obra está dividida en escenas a la manera de un recetario de cocina. Los hermanos ponen en práctica las recetas en fragmentos desordenados, en expresión de una psique perturbada que busca organizarse sensorialmente. Cada platillo remite a un punto crucial de su historia. Con la madre de fondo y el trauma de un hermano muerto al nacer, el drama encuentra su conflicto en el intento vano de dos hombres de ser ellos mismos. Al carecer de un nombre propio que identifique su individualidad, sólo poseen el nombre del padre que los abandonó.

Una escena significativa para las dos experiencias que comparte la obra es cuando los hermanos realizan la receta de un pay de limón en completa oscuridad, para abordar la muerte de su tercer hermano. A través de sonidos metálicos y chirriantes, la ceguera cubre momentáneamente los ojos de los espectadores videntes para relatar la herida incurable que recibió la madre con la muerte de su hijo. “Mis ojos se llenaron de miedo”, dice Andrés. “Los míos de rencor y oscuridad”, dice Andrés ciego. La audiodescripción, mientras tanto, enmudece. Incapaces de mirar el trauma, la locura no ceja de amargar sus cuerpos.

En algún momento los niños se convierten en adultos, sin que veamos un cambio significativo en su apariencia. Quizás se deba a que la palabra sazón también significa madurar y en su desazón, estos personajes permanecen verdes, crudos, inadecuados, enfermos, llenos de pecados no cometidos.

La obra resulta un caos creciente que dificulta el seguimiento de la historia, pues la dramaturgia de Lara renuncia a la progresión dramática para explorar la ambigüedad de la identidad de estos personajes dentro de un limitado número de elementos y situaciones. A su vez la escenografía está repleta de objetos riesgosos que son utilizados con destreza por los intérpretes, por medio de una partitura de acciones dinámica, que se realiza con precisión por parte de ambos. Sin embargo, la relación entre los actores resulta acartonada, sin matices. La dirección de Saavedra nos permite transitar por la experiencia de estos personajes que se complementan en mirada y ceguera, luz y oscuridad, un acierto que decae al plantear tonos infantiles para sus actores, que también provocan una monotonía en el ritmo de la obra.

Esta exploración de Teatro Ciego consigue llevar la estrategia inclusiva hacia las personas con capacidades diferentes, a una interesante exploración de los desórdenes de la personalidad. Hace de un libro de cocina la clave para entrar a los laberintos de la pérdida y del dolor y convierte un historial médico en la vida de personas de carne y hueso.

Junto con la obra Silencio Romeo, esta puesta en escena representa en la programación de la 39 MNT la perspectiva del teatro para públicos con capacidades diferentes, no sólo como agente de inclusión sino como exploración poética.

 

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Créditos de foto:
1. Raúl Kigra
2. José Jorge Carreón
3. Sebastian Kunold

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