Objetos para Doña Eva

Por Diana Tejada

Entrar a un espacio sin butacas, con muchos objetos vetustos acomodados para su contemplación, es una propuesta de teatralidad no convencional. Una rústica iluminación sepia, actores con vestimenta vintage y fotografías en blanco y negro colgadas en paredes deterioradas de una antigua casona barroca que el público recorre mientras escucha la historia de la vida de Doña Eva.

Sirviéndose de 800 kilos de tiliches ubicados cuidadosamente en seis habitaciones, la compañía potosina Three Monkeys Teatro, conformada por Irma Hermoso, Caín Coronado y Leonardo Martínez comparten las anécdotas que conforman la obra Diógenes, objetos narrantes detrás de la puerta. En el marco de la Muestra Nacional de Teatro se realiza en el foro-restaurant El Kino ubicado en uno de los barrios más antiguos de León. Diógenes es su segunda obra en el formato de intervención de espacios.

El síndrome de Diógenes se manifiesta a través de la acumulación de objetos como una manera de evadir la sensación de pérdida de un ser querido, un fenómeno que en México no es catalogado entre las enfermedades mentales. Es con esa explicación y la presentación de Evangelina Barco —Doña Eva— que la actriz Irma Hermoso invita al público a pasar a la casona. Desde su inicio, la historia se encomienda en homenaje a las abuelas.

La pieza es un recorrido escénico donde los actores se desarrollan en dos vertientes: cuando asumen los personajes y cuando se distancian de ellos para, desde la figura del narrador pensar e imaginar cómo se veían o cómo se relacionaban con molcajetes, radios, juguetes, dulces, rifas, televisiones análogas y teléfonos pegados a la pared. Es así como el espectador ve crecer a Doña Eva en diferentes contextos como hija, esposa y madre que tras un aborto adopta al niño Juan.

Doña Eva fue una chiquilla enfermiza que no tuvo una sana relación con sus papás y fue forjada con el filo que usó su abuelo al suicidarse frente a ella. Obligada a casarse con el tortillero del barrio porque la sociedad lo creyó conveniente, su matrimonio estuvo acompañado por la violencia de su suegra; la infidelidad, la infertilidad, la diabetes terminal de su marido y el aislamiento voluntario al que se entregó al enviudar.

Son muchas las dolorosas vivencias recreadas con gracia por objetos que adquieren una nueva utilidad, como cuando escenifican la propuesta matrimonial usando la cabeza de una muñeca y el torso de otra. Pero también hay un momento de júbilo, reunidos en una pequeña habitación el público se transforma en esos niños que compraban mazapanes, rifas o canicas a Doña Eva en su tiendita, cumpliendo así su anhelo de tener varios hijos.

La actuación de Irma Hermoso, que lleva el ritmo de la narración, se ejecuta con carisma a pesar del protagónico que desarrolla. Por momentos Leonardo Martínez pierde la atención del público dado que no proyecta la voz lo suficiente. En ocasiones, este ejercicio del recuerdo es interrumpido por un cambio de convención con desahogo cómico que instaura innecesariamente conflictos artificiales entre la compañía. El público es regresado bruscamente al presente y se requiere de una reconstrucción de la atmósfera.

En la última sala que se visita, Doña Eva nos recibe a través de una entrevista grabada y proyectada en tres antiguos televisores. Es aquí donde afirma que es la primera vez que cuenta su historia de esta forma y que sí, fue feliz. Finalmente el síndrome de Diógenes que se explica al inicio pasa a ser buena excusa para contar la historia de Doña Eva a través de los miles de tiliches reunidos.