Soporífero tratado sobre la violencia

por Ricardo E. Tatto | 9 dic, 2019

El hombre es el lobo del hombre, decía el comediógrafo romano Plauto. Cuánta razón hay en esta frase que se ha usado para aludir al lado fagocitador que tiene la humanidad. Ese aspecto autodestructivo que compartimos como especie, precisamente a la hora de infringir daño o devorar a nuestros semejantes. Después de todo, ¿qué es la guerra? ¿qué es esta violencia que vivimos donde un hermano mata al otro? Nuestra incapacidad de comprender la otredad es lo que motivó al dramaturgo franco libanés Adel Hakim a escribir Ejecutor 14 a finales de los años ochenta, cuando Líbano se encontraba inmerso en la guerra civil. Ahora, traducida, adaptada y dirigida por David Psalmon, y protagonizada por el actor sonorense Osvaldo Sánchez, este monólogo continúa hablando de una sociedad donde el odio está a la orden del día.

Un hombre vestido con andrajosas ropas de corte militar y rostro sucio sufre escalofríos bajo una frazada mientras que murmura palabras ininteligibles. Un escenario desprovisto de todo salvo una improvisada mesa hace pensar que está ante un paraje desolado. “Yo, soy del clan de los Adamitas. El mejor de todos: el Líder Supremo proviene de este clan”, comienza su testimonio. Sin tener aún contexto alguno, se puede deducir que es uno de los últimos sobrevivientes de un mundo postapocalíptico que ha quedado devastado por la guerra y, de eso habla más adelante, por las luchas intestinas entre los clanes Adamitas, Zelitas y Yamitas.

La estructura de la obra primero humaniza al personaje quien se interna en los vericuetos de su memoria para contar la historia de su vida. Una infancia feliz, rodeado de cómics y de los valores de sus superhéroes favoritos, generan empatía hacia un tipo que, en principio, no es violento intrínsecamente. “No, de pequeño no era cruel. A las ranas no les cortaba las patas de atrás con piedras, no metía cigarros encendidos en la boca de las lagartijas, no les abría las tripas para ver que había dentro y jamás he arrancado las alas de las moscas, aunque no les duela”, dice.

La puesta en escena continúa en este tenor, deconstruyendo a través de la elipsis la existencia de este infortunado ser que, pese a que su entorno se vuelve cada vez más tenso, producto de los desencuentros entre los clanes, busca seguir con su vida de la manera más normal posible. Esto hasta que el enemigo de los Adamitas tortura y mata brutalmente a su compañera frente a sus ojos. A partir de ahí comienza la deshumanización y deconstrucción del personaje expuesto al dolor, la hiperviolencia, la frustración y la falta de esperanza. La conmiseración que provoca pronto se ve opacada por la mayor degradación que un individuo puede tener: ser torturador y verdugo durante un conflicto bélico.

Hacia el desenlace, una revelación religiosa a la que llama el “Gran Conciliador” hace que el personaje recupere la fe, al tiempo que sus delirios bíblicos hablan del remordimiento por el asesinato de un ángel. Lo anterior marca el inicio de su redención, ya que comienza a creer en el Altísimo, punto sin retorno que llevará hacia un final anticlimático que deja muchas reflexiones y sinsabores ante lo presenciado.

Desafortunadamente, el texto de Hakim se ve desperdiciado en este montaje de Mono Teatro que desdibuja los más de 20 cuadros asignados por el dramaturgo. A pesar de la correcta interpretación de Sánchez, la dramaturgia original de 28 páginas apenas se sostiene a lo largo de 90 minutos de duración, los cuales se extienden innecesariamente. El monólogo del actor oscila entre varios acentos y dicciones, como el inglés, el espanglish, el francés y el español del norte y el capitalino, lo que resulta confuso dado que esta ficción no se ubica en ningún lugar reconocible.

El trabajo del actor denota conocimiento y manejo en el desarrollo del personaje al realizar una exploración de su mundo interior y su descenso al infierno del arrepentimiento y la culpa personal. Lamentablemente la iluminación interfiere con dos luces amarillas que deslumbran al público continuamente. El montaje fue pensando para un espacio más íntimo, para el cual la Caja Negra de la Casa de la Cultura en que se montó durante la Muestra Nacional de Teatro 2019 no fue el más indicado a nivel lumínico ni auditivo. Por ello, es una lástima que el diseño sonoro de Daniel Hidalgo Valdés, ganador del Ariel por Amores Perros, pasara casi imperceptible. La densidad de la propuesta escénica, aunada a los problemas técnicos, provocaron un sopor y una languidez de lo que era difícil escapar.

***

Crédito fotos:

  • Raúl Kigra
  • José Jorge Carreón
  • José Jorge Carreón
  • Raúl Kigra