Todos somos migrantes

por Karla Gómez | 11 dic, 2019

En México son cada vez más numerosas las puestas en escena que abordan el tema de la migración, en especial las dirigidas a niños y jóvenes. La mayoría de estas propuestas dejan un mensaje doloroso y en muchos casos, por completo desesperanzador. Con lenguajes, más o menos poéticos y edulcorados, denuncian ante un público que apenas va asomando al mundo las atrocidades extremas que viven los viajeros que atraviesan nuestro territorio en busca de llegar al sueño americano. 

El día de ir y venir, adaptación de Alejo Medina, Eduardo Navarrete, Marysol Ochoa y Esteban Uscanga de la obra homónima de Allain Allard y Mariona Cabassa, se ocupa de la migración desde una perspectiva amplia. No es el propósito de este colectivo limitarse a la detallada denuncia del calvario del migrante, sino abrir la conciencia y la empatía de los espectadores al fenómeno en general de la otredad y de los absurdos de temer irreflexivamente y sin fundamento a lo distinto.

El Sótano Colectivo Escénico, fundado en Yucatán hace una década y dirigido por Alejo Medina y Bryant Caballero, destaca por su empeño para comprender a las audiencias a las que se dirige y desarrollar estrategias para integrarlas al fenómeno escénico de una manera provocativa, lúdica y optimista. Al llegar al teatro los espectadores encuentran a los integrantes del grupo en el vestíbulo, quienes invitan a los asistentes a identificarse con una de seis tribus: río, montaña, bosque, camino, mar y cielo. Las características de cada tribu están escritas en hojas de papel colocadas sobre un pequeño tendedero. Algunos de los espectadores se acercan a leer lo que está consignado y a interactuar con los mapas del planeta desplegados sobre una mesa, en los que cada participante puede trazar su propio viaje.

Al llegar a las butacas se puede ver un escenario colorido y sencillo. Los elementos desplegados son mínimos y un tanto precarios. No se percibe ninguna pretención de espectacularidad. Una manta tendida al centro con orificios que evocan ventanas servirá para referir un edificio. En la línea del proscenio se pueden ver seis banderitas triangulares pintadas con el nombre de las mencionadas tribus. La primera escena se desarrolla con los personajes Lore y Sol en una banca de madera colocada al frente. Visten ropa holgada y colorida. Se dirigen al público de manera frontal. Los personajes hablan de sus lugares de origen: una proviene de Yucatán y la otra de Baja California. Con un diálogo ameno, sin caer en impostaciones de voz, resaltan las particularidades de su región. La referencia a Los emigrantes, ahora de Eduardo Galeano, nos recuerda que en este planeta el cielo es el mismo para todos y que las naciones se han conformado por migrantes. Migran las golondrinas, las mariposas y las personas. 

Con ayuda de una discreta iluminación, por la que lleva crédito David Hurtado se va marcando el paso del tiempo. Lore y Sol nos muestran su cotidianeidad. Entre la vida de una y otra no hay grandes diferencias, aunque a ellas les costará reconocerlo.

Un acierto es la presencia en vivo de los músicos Rosario Nieto y Esteban Uscanga, que permanecen en la parte superior del escenario. Nieto entona entre otras canciones Indio Toba, antiguos dueño de las flechas, que Mercedes Sosa dedicaba a los habitantes de Chaco, Argentina. La voz de la intérprete en vivo coadyuva a construir distintas atmósferas emotivas.

La expresividad de un elenco compuesto por Marysol Ochoa, Helena Lorenzana, Rosario Nieto, Esteban Uscanga y Alejo Medina busca soporte en el lenguaje del cuerpo. Con mínimos elementos construyen espacios diversos. El eje de la historia es la propuesta del sabio siervo Astaveloz de fundar seis tribus y viajar a través del tiempo y el espacio. Astaveloz estableció el Día de Ir y Venir para evitar que las personas olvidaran su pasado nómada. 

Los prejuicios hacia el otro, a partir de dichos y no de hechos, ha sido fuente de enormes penas para los seres humanos. Son abundantes los estereotipos nocivos que una población puede instalar contra otra a partir de suposiciones. Este fenómeno se ilustra en El día de ir y venir cuando los personajes van a compartir la comida. La presencia de sándwiches amenaza con provocar un enfrentamiento por la diferencia de ingredientes para los bocadillos entre las culturas de las que provienen Sol y Lore. Al final la comida se vuelve un puente para compartir y cultivar respeto hacia el otro.

Los espectadores son invitados a subir al escenario en tres ocasiones. En una lo hicieron para destacar la riqueza que representan las seis tribus. Se congrega en distintos grupos a los niños según la tribu que escogió al principio y se les provoca para realizar distintas acciones físicas. Una franca disposición a seguir lo indicado, risas y alegría fueron las reacciones de los niños.

Una alusión a las vicisitudes de cruzar fronteras acotadas y excluyentes se dio en la escena en la que tres infantes pasaron al tablado para representar a los agentes que interrogan a una aspirante a conseguir trabajo del otro lado de la frontera. De una manera suave, satírica y divertida se adentró a los niños en el dilema de contar con el poder de aceptar o rechazar al otro. 

Bajo la dirección escénica de Alejo Medina, El día de ir y venir ofrece una breve puesta en escena que, con ingenio, cuidado y sensatez, logra plantear preguntas importantes, conquistar y sostener la atención del público y abrir los ojos a una realidad compleja, donde el dolor y las diferencias no matan la esperanza.

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Crédito fotos:

  • José Jorge Carreón