El hilo áureo del linaje

por Carlos Urani Montiel | 6 nov, 2018

Los versos se precipitan y las imágenes fluyen en un espectáculo que da mayor peso a la plástica que a la palabra; los altos cajones móviles por donde las figuras transitan y se traslucen seducen al tacto, pero se alejan del impacto de la recitación. La música electrónica, diseñada por Germán Romero, Manuel Estrella y DJ Sudakka, acalla la enunciación poética. El Teatro del Bosque, Julio Castillo cancela para las funciones de Amor es más laberinto la numerosa butaquería. Al público se le recibe sobre el escenario, en un rectangular cuerpo de sillas acomodadas de manera frontal. Celos, galanteo, correrías, duda, cartas, apartes y murmuraciones se combinan a favor de la confusión. En la versión escénica de Raquel Araujo, reconocida con la medalla Xavier Villaurrutia en el marco de la 39 MNT, predominan cuatro elementos: la prosodia frente a la maquinaria, la exaltación de la belleza femenina, el laberinto como motivo y la emancipación de Ariadna.

¿Qué lugar ocupa la palabra articulada en la actualización del teatro clásico? ¿Cómo coreografiar los más de tres mil versos de la comedia compuestos hacia 1688? ¿Qué sentido tiene reproducir de forma casi exacta el texto dramático novohispano en este siglo XXI en el que avanza la pauperización del diálogo y cuando en el teatro predomina el uso de otros recursos expresivos? Un montaje anterior de Teatro de la Rendija sirve de parámetro. En La loa y el auto sacramental del Divino Narciso, la voz protagonizaba la escena y la prosodia rie el ritmo pausado, casi ritual, de cada secuencia. En Amor es más laberinto, sobresale la producción en cada rubro: iluminación, escenografía móvil, musicalización y video (proyecciones en mantas blancas que forman una suerte de bocaescena), lenguajes que compiten con los diálogos, por lo que la sobrecarga de estímulos desatiende la intriga y opaca los parlamentos. Si bien la fiesta barroca –y en especial la palaciega– superponía significados haciendo gala de su presupuesto, también repetía una y otra vez mensajes codificados: poder, religión, honor. ¿A quién se dirige el proyecto colaborativo en donde intervienen la CNT y el FORCAS? Quizá no a mí, amante de la cadencia del verso y quien disfrutó con ojos cerrados, porque así lo sugirió un personaje del auto sacramental, la peripecia de Narciso. Sin duda, en esta ocasión, la coreografía tan cuidada y el despliegue de recursos escénicos atrapará la atención de un público más amplio.

Variados son los recursos en el esfuerzo de Araujo para actualizar la comedia del siglo XVII. Uno principal recae en el vestuario. Desde la nómina de personajes previa a la tercera llamada y resuelta a manera de pasarela, el montaje apuesta por la exacerbación de la apariencia, del simulacro, donde la seducción de la imagen es la moneda de cambio. La muda en el vestuario de los protagonistas es abundante, en una sucesión de estilizados y coloridos modelos contemporáneos, de muy finas telas y factura. No sorprende que el disfraz durante el sarao, siguiendo la convención de capa y espada, duplique el juego de identidades y subraye la condición del vestido como artificio. El sujeto femenino no reproduce cánones, sino que los dicta de forma activa. Fedra y Ariadna procuran, construyen e imponen su propia imagen, fuente de atracción y devaneos. La sensualidad se dirige a los sentidos y propicia la turbación de sus pretendientes. La luz del ingenio cede ante banalidades, como una selfie, o se exalta cuando una de las hermanas, interpretadas por Indra Ordaz y Victoria Benet, deja de ser el objeto de deseo predilecto. La belleza física, arma de doble filo, opera como una trampa en la que caen tanto quienes la encarnan como quienes se empeñan en poseerla. Aquí el tratamiento de la apariencia desestabiliza los modelos y cánones de belleza. Tal vez la fragilidad de una máscara adorne nuestras bios.

El mito de Teseo guarda una fábula colmada de portentos que han atraído todo tipo de elaboraciones. El texto novohispano evita con discreción la osadía de Pasifae, el diseño de Dédalo, la muerte del minotauro y la futura trasgresión de Hipólito, por lo que se centra en la representación del laberinto como símbolo del intrincado camino recorrido por el ejercicio del poder. Ya en los Siglos de Oro, Lope de Vega y Calderón de la Barca habían acudido a este motivo para desarrollar piezas de tema secular –normalmente amoroso– pero siempre sobre un telón de fondo con un expreso contenido político. La comedia mitológica revive el panteón grecolatino con fines alegóricos; héroes y dioses funcionan como espejo de comportamiento para el gobernante en turno. De aquí infiero que la figura del rey, en voz y cuerpo de la actriz Zaide Silva, evidencia que la representación del poderoso no dependa de una interpretación masculina como se ha hecho tradicionalmente, ya que el poder y la venganza ciegan por igual. A fin de cuentas, el proceder del ateniense debe quedar por encima del de Minos, quien pierde corona y ciudad. La piedad en manos de Teseo, además de reproducir los valores cristianos del momento, perfilan al perdón como antesala de un gobierno que exime a sus adversarios y sobrepasa la violencia.

Si en un primer momento Fedra interactúa con el público tomando fotos, al final de la comedia, antes de que las tradicionales bodas enderecen el entuerto, Ariadna interpela de frente y con potencia al auditorio. Se trata de una pausa que rompe el tiempo, una tirada de versos añadidos que trasciende la ficción. Dicho llamado remite a un tema constante en la obra de Sor Juana: su propia escritura, un ejercicio de posicionamiento en la sociedad, drama biográfico que devino en fama y censura, y desde el cual puso en crisis la sujeción hegemónica del arquetipo femenino. Las palabras escritas con gis y en espiral sobre el suelo trazan una línea progenitora que recurre a motivos mitológicos para vociferar la potencia intelectual detrás de la caricaturización del héroe. En esa estirpe hay que colocar las excelentes interpretaciones de Minos y del gracioso Atún, ya que la actuación de Nara Pech, quien también da vida a Racimo, sostiene la trama y ritmo de la puesta en escena. La apelación de Ariadna construye un mundo posible e imaginable dotado de un sentido femenino que cuestiona el concepto de belleza y la toma de decisiones políticas. Teatro de la Rendija reinterpreta la tradición virreinal a partir de la relectura del mito del laberinto, en donde el ovillo no solo se reafirma como el auténtico ardid, sino como el hilo de un linaje que guiará el camino tras vencer a nuestros monstruos.

 

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Créditos de foto:
1. Raúl Kigra
2. Raúl Kigra
3. Sebastián Kunold
4. José Jorge Carreón

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