El onírico recuerdo de un éxodo

por Juan Carlos Araujo | 20 nov, 2018

Eliza y la “mujer del tiempo” se abrazan sentadas en una camilla. La primera es una anciana violinista que escapó de los nazis. Nacida en Austria buscó refugio en México. La segunda es una criatura con la cara vendada, quien lleva un vestido negro de los años veinte y guantes largos, evocación de la estética de la pintora surrealista Leonora Carrington y de la fotógrafa Kati Horna. No, aún no. No estoy en paz, dice con angustia Eliza mientras se escucha un respirador de hospital. Rompe tu silencio, es la respuesta que recibe como invitación a un recorrido por los recuerdos de una guerra que cambió el curso de su vida.

Inspirada en su propia madre, Susana Frank —becaria del Sistema Nacional de Creadores— escribe y dirige La mujer niña no despierta. La obra nos acerca a la agonía de una sufrida anciana que sueña y recuerda su tránsito para escarpar del Holocausto desde la forzada separación en Austria de su esposo Gustav, hasta su llegada a Paris, donde se embarca a México. El drama de esta mujer a cargo de la compañía Arte Laboratorio La Rueca A.C. —próxima a cumplir sus 40 años de existencia— no sólo busca exponer la irrupción devastadora de la guerra en la vida de una artista dedicada al violín y sus descendientes, sino que también pretende aproximarse a las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial desde una perspectiva tanto masculina como femenina, lo cual no se logra.

El texto de Frank, en su intento por trascender los horrores de la guerra a partir de una historia particular no consigue librarse de tintes panfletarios y discursivos. ¿Cuál es el origen de tanta maldad en el ser humano?, es una pregunta que hace Gustav directamente al público cubierto por el característico camisón, debajo del cual se nos invita a imaginar un cuerpo esquelético. La vida humana no se puede reducir a la sobrevivencia. Se busca abrir un diálogo para ahondar en temas de urgencia, pero la forma en que estos se insertan en la historia lleva el intento a un básico melodrama. En ese contexto la alusión a los 43 muertos de Ayotzinapa mientras Eliza niña juega escondidillas y cuenta del 1 a los 6 millones (número de judíos asesinados por los nazis) llega forzada.

La visión estética de Susana Frank para la escenificación de La mujer niña no despierta se inspira en el surrealismo. Una de las escenas mejor logradas sucede cuando Eliza de la tercera edad es testigo de un reencuentro imaginario entre ella aún joven y su esposo: la pareja baila de felicidad mientras se toca en vivo el violín con una composición de Julián González Frank, hijo de la autora y directora. Esta danza culmina cuando Gustav levanta a Eliza por los aires, ella extiende sus brazos como alas y las dos mujeres quedan cara a cara: dos generaciones confrontadas en el sueño de quien está cercana a la muerte. Es un momento conmovedor y sólido en su construcción poética.

Destaca en La mujer niña no despierta el regreso a los escenarios de la actriz Aline Menassé tras 18 años de retiro voluntario de la actuación. Al cantar en ruso mientras encara la muerte con ojos desorbitados o cuando insinúa una melodía en el violín, Menassé realiza una interpretación balanceada entre la honestidad emocional y la contención propia de una técnica afinada por años de experiencia. El resto del elenco conformado por Eunice Moreno, Valeria Díaz Garcilazo, Sandra Romero y Omar Martínez González cae en el cliché actoral con su llanto, enojo o temor fingidos, sin verosimilitud.

El día exacto de la función de la que ahora se da cuenta fue el 9 de noviembre, 80 años atrás, en 1938, ocurrió la primera gran matanza orquestada por los nazis contra los judíos también conocida como la noche de los cristales rotos (Kristallnacht). Miles de sinagogas, comercios y viviendas fueron dañados o destruidos a causa del racismo. La mujer niña no despierta llega con un mensaje necesario, urgente de escucharse ahora que se viven numerosas guerras y otras tantas amenazan con estallar, una vez más animadas por el racismo. El ritmo excesivamente aletargado impuesto por la directora a las once escenas que conforman la obra, resta fuerza a lo que quiere decirnos, agota el interés, la atención del espectador. Con recursos oníricos se habla de una historia contada infinidad de veces en el teatro, el cine y la literatura, mediante lugares comunes que no trascienden la anécdota particular, ni ofrecen una mirada nueva. La apuesta se inclina más a despertar empatía, conmiseración por el dolor especifico de la violinista, a quien la guerra le arrebató una parte esencial de su vida, que a reflexionar sobre un horror que amenaza con volver una y otra vez a lo largo y ancho del planeta.

 

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Créditos de foto:
01. José Jorge Carreón
02. Raúl Kigra
03. Sebastian Kunold

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