En Marte los atardeceres son azules: Lo que pudo significar un atardecer en Marte

por Sonia Gregorio | 26 nov, 2019

Imagínate que eres un niño o una niña y de repente llega a tu casa un desconocido que intenta llevarse a tu mamá y empieza a cuidarte, así de la nada. ¿A poco no sentirías una explosión de emociones por dentro?, ¿no te tardarías en confiar y aceptarlo? En la obra En Marte los atardeceres son azules, escrita y dirigida por Hasam Díaz, las pequeñas Carol y Nica están pasando por esta situación desde el día en que su madre les presenta a su nuevo novio: Bastian, un dramaturgo. Esta puesta en escena es la segunda de la compañía Los que miran desde el bosque, creada en 2017 en la CDMX, enfocada en el teatro para jóvenes audiencias.

Al ingresar a la sala se escucha música que hace alusión al espacio. En el escenario vemos una casita hecha con sábanas levantadas por una escoba y sostenida de una silla y una mesa; a un lado, un marco que representa una puerta; de fondo, una pantalla con la proyección del cielo estrellado y el escenario teñido de azul que inmediatamente nos hace pensar en planetas lejanos. La escenografía –diseñada por Tenzing Ortega– resulta un acierto al representar simbólicamente y con pocos elementos la infancia y el hogar a partir del juego. De pronto una luz se enciende bajo la improvisada casita y proyecta la sombra de dos niñas. Se escucha cómo una advierte a la otra sobre el dolor que provoca querer a alguien: “nunca, nunca hay que apegarse a las personas porque si pasa algo duele despedirse. Es mejor guardarse el corazón”.

La dramaturgia va retratando un panorama visto aparentemente desde los ojos de la niña Carol (Mariana Moyers) que junto a su hermana (Carolina Berrocal) atraviesa la separación de sus padres y la reconfiguración de su familia. Pero interesantemente es la figura masculina, representada por Abraham Jurado, la que cobra un rol protagónico. Es la relación entre Bastian y las niñas la que está presente todo el tiempo. Vemos al novio de la madre soportando sus travesuras, enseñándoles a usar una máquina de escribir y haciendo la tarea con ellas. También se da cuenta sobre la relación que las dos hermanas tienen con el padre ausente que nunca aparece en escena. Es Bastian el que se enfrenta a éste tratando de apaciguar odios.

Las actrices por su parte no recurren al habla torpe que muchas veces suele utilizarse en las obras infantiles para dar vida a estas dos niñas muy reales, un poco groseras, a veces berrinchudas, a ratos traviesas, pero sobre todo con un total conocimiento de lo que sucede. Cuando la madre (Alejandra Reyes) presenta a Bastian como un amigo, Carol pregunta desafiante: Si es tu amigo, ¿porque te toma de la cintura? La agrupación trabaja sobre un buen argumento, con ciertos guiños autobiográficos, pero que decae por una débil construcción de un lenguaje poético y por recurrir a lugares demasiado comunes. Se queda en un plano de la vida cotidiana y no alcanza a profundizar sensiblemente en la situación que plantea. Se preocupa tanto por representar el tema que se olvida de elaborar una forma más original de hacerlo, derivando hacia un tono aleccionador. Si bien los niños no son bobos, responden más a un lenguaje metafórico que lógico.

Pero a pesar de recurrir a estereotipos y clichés –como el del dramaturgo y su máquina de escribir, la figura del padre irresponsable y la madre cargada de responsabilidad– la puesta en escena abre otra posibilidad de relacionarse con esta nueva figura paterna. No vemos a alguien que pueda significar una amenaza por no compartir lazos sanguíneos, sino por el contrario, una figura masculina amorosa y afectiva, que al final muestra que el cariño y la amistad son un vínculo más fuerte que la sangre. Hay una buena intención en la obra En Marte los atardeceres son azules, pero al momento de ser llevada a escena no le hace justicia a su bello título.

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Crédito fotos:

  • Raúl Kigra
  • Raúl Kigra
  • José Jorge Carreón
  • José Jorge Carreón