Enunciar no es denunciar

por Edwin Sarabia | 8 nov, 2018

El grupo de teatro Crisol fundado en 1993 y procedente de Oaxaca se presentó en la 39 Muestra Nacional de Teatro con la puesta en escena Ñeyivi Meeni, niña tierna mía, original de Francisco Reyes y dirigida por Pedro Lemus. La permanencia de esta compañía a lo largo de los años es digna de reconocimiento por la carencia de profesionalización en la que se encuentra el estado, donde es característica la posición marginal y de asimetría teatral respecto del centro del país. El montaje expone una urdimbre de temáticas lacerantes en el mundo rural oaxaqueño: la compra-venta de niñas y adolescentes, violencia doméstica, incesto, estupro y fratricidio.

Se nos presenta la historia de Rosa y María que ante la miseria económica de sus padres son vendidas al cacique del pueblo. Primero será el destino de Rosa, quien sufrirá a manos de Pedro vejaciones, golpes, violencia sexual y doméstica. Rosa es estéril, mujer seca, incapaz de fecundar la milpa y culpable de la sequía en la región, asociada a su imposibilidad de ser madre. Después será María, su hermanita, quien será sometida y humillada. María es una adolescente, casi una niña, con la que Pedro comienza a obsesionarse, por su inocencia, pues el elote tierno es el de más jugo.

Derivado de este triángulo y en una relación de dominio obscena con su victimario, las hermanas iniciarán una velada y luego más explícita confrontación. Rosa, la primera mujer por derecho de antigüedad, comenzará a sentir celos por las atenciones que Pedro tiene con su hermanita. Desesperada contratará a una persona que haga desaparecer a María y así volver a tener la atención violenta de su verdugo. Sin embargo las cosas se complejizan: María se resiste al secuestro y Rosa, desesperada al ver amenazados sus planes, le asesta un golpe, posiblemente mortal. Pedro atajará con su poder de cacique omnipresente el secuestro de María, en un acuerdo con el captor contratado por su mujer número uno. Descubierto el artilugio confrontará a Rosa expulsándola de la casa familiar, la morada del abuso y dominio del victimario.

Desterrada de su único territorio, Rosa vagará sin rumbo como un Caín expulsado del Edén con la marca de su error indeleble en la frente y el andar de sus pies. Siente que lo ha perdido todo. Intentará regresar a la casa de sus padres pero los guardianes del pueblo, una especie de coro griego formado por nahuales, no lo permitirán. Es perseguida por un ordenamiento que se vuelve cómplice de este errático proceder.

La afrenta de haber sido expulsada por su esposo del lecho familiar y haber quedado en la orfandad carente del mejor hombre del pueblo, se castigará con la muerte, no sin antes dejar en claro que la culpable de todo ha sido ella. Una re victimización en escena.

Si bien es cierto que el complejo mundo rural mexicano es un territorio de claroscuros y contrastes cotidianos, donde se encuentra una serie de conocimientos ancestrales, base cultural de México y sustrato de nuestra identidad, también es un espacio donde se perpetúan violencias sistemáticas de género. Huellas lacerantes de un sistema de usos y costumbres que condena miles de mujeres de este país.

Siempre será urgente visibilizar este tipo de hechos, pero desde un tratamiento que vislumbre un posicionamiento claro en la dramaturgia y la puesta en escena. Es necesaria una convención de sentido mediada por el hecho escénico. Señalar lo que está mal no es suficiente, se precisa de una construcción que amplíe la mirada del fenómeno que observamos en escena.

La indefinición discursiva de la dramaturgia es reforzada por actuaciones que caen en el terreno de lo escolar, un tono realista transformado en comedía involuntaria, un ritmo lento derivado de la poca fuerza interpretativa, una escenografía estetizada no concordante con el  crudo universo planteado en la dramaturgia y la dirección actoral.

Finalmente, es una oportunidad para preguntarnos: ¿Cómo a través del teatro podemos visibilizar y confrontar a la población con una normalizada violencia de género? Es necesario tener presente que enunciar no es denunciar. Al carecer de un mínimo de contrapuntos, en la ambigüedad de solo retratar y no posicionarse, la puesta en escena nos colude peligrosamente con la violencia feminicida. El teatro comunitario, el que pretende dialogar con sus contextos, reivindicar a quienes han sido históricamente oprimidos y develar la injusticia estructural y sistemática, está obligado a provocar miradas complejas, dispositivos críticos capaces de detonar la discusuión sobre la realidad. No basta con exponer en escena una práctica concreta, es necesario aportar elementos que nos permitan develar los mecanismos ocultos que permiten su permanencia.

 

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
2. Sebastian Kunold
3. Raúl Kigra

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