Habitar el llano

por Luis Santillán | 8 nov, 2018

Sobre el escenario, dos actores con el torso desnudo dominan un balón. Por momentos la pelota sale de su control y alguien del público la regresa, como si fuera solo un transeúnte. Esta dinámica dura el mismo tiempo en que las personas entran y ocupan su lugar. Bien podría ser un calentamiento de los actores previo al inicio de la función o el de dos jugadores de un partido de futbol. Una imagen que rápidamente proporciona la doble lectura de Llanero, puesta en escena de la Compañía Sincronía Teatral de Puebla, dirigida por Rafael Pérez de la Cruz.

Para su realización, hubo un proceso de seis meses en los que los actores Francisco Vidal y Daniel H. Santa María se unieron al equipo Chelsea de la liga de futbol de San Jerónimo Caleras, una comunidad entre la carretera de Atlixco y la ciudad de Puebla. Durante ese periodo generaron un diario que se convirtió en un registro que funcionó para capturar la experiencia personal de los actores dentro del proceso, para así emprender uno de los postulados del proyecto: un ensayo escénico detonado por el registro escrito, oral y visual.

Al inicio de la obra, sobre una pantalla dispuesta de cara al público, se proyectan las preguntas y el material visual recopilado. Es el momento donde se ve parte de la documentación del proceso, los datos duros, las escenas que vendrán después están filtradas ya sea por un trabajo dramatúrgico o por las acciones de escena. La estructura de Llanero establece un eje soporte, del cual se ramifican hacia núcleos establecidos en bloques, mismos que pueden ser remplazados según las necesidades del proceso escénico.

Con acentos lumínicos la atención es orientada hacia los actores, quienes empiezan a exponer de manera directa su percepción sobre la dinámica de participar en un equipo de futbol llanero, mientras los intérpretes comentan su experiencia. Sobre la pantalla se ven fotos en carrusel que sintetizan visualmente el discurso.

Se requiere de un espacio de escenificación reducido, donde el público pueda ver los detalles, como las marcas del tiempo del televisor y las figuras de jugadores en miniatura, para poder entrar en dinámica con el relato verbal, como en el bloque en el que nos hablan de cómo se percibe el futbol para el espectador.

Elementos de escena que, junto a la selección material documentado y la línea actoral, forman una escritura compleja pues más que ilustrar pretenden generar ecos visuales y aspiran a dar temporalidad, no del relato sino de la experiencia colectiva, como por ejemplo aquella en donde se narra la visita que hizo Hugo Sánchez a Puebla, siendo todavía un astro del futbol.

El bloque más contundente de la propuesta es “Los lugares que no se habitan”, pues muestra la mayor fortaleza que tiene Llanero: el trabajo de Pérez de la Cruz en su labor como dramaturgista, al purificar el material en el proceso de selección, recreación, adecuación e intervención y avivar las palabras con un aliento poético que les permite sostener la escena, tanto en el ritmo como en la capacidad de generar imágenes y producir variaciones emotivas. Como director de escena colabora con los actores para que logren dimensionar tanto el sentido connotativo de las palabras como el contexto en el que se expresan y juega hábilmente a cerrar y expandir el universo presentado en escena.

“Los lugares que no se habitan” de cierta forma sintetiza los logros del proyecto. En una cascada de frases, el colectivo que juega cada fin de semana se hace presente en voz de los actores, las memorias compartidas adquieren una textura que permite múltiples lecturas y logran convertirse en metáforas del universo creado. El público logra reconocerse en el otro, hay una empatía emotiva, la escena adquiere un grado de belleza.

Al ser una puesta en escena que mantiene un proceso de laboratorio, Llanero impide que todos los elementos adquieran la misma precisión. Si bien el trabajo de los actores es más cercano al rapsoda, entendido como la entidad que vincula el relato con el escucha, su construcción es inconstante pues no alcanzan la misma tesitura emotiva de aquello a lo que le dan voz. Hay varios segmentos donde sólo actúan como transmisores de la palabra y no logran hacer propia la situación que expresan. Las impresiones y titubeos bien podrían deberse a las circunstancias particulares de cada función, sin embargo queda en evidencia que la corporalidad, la habilidad para el empleo de los elementos y la modulación de la voz, son aspectos que requieren trabajo.

Llanero es una propuesta donde el proceso de documentación, sumado a la apuesta de laboratorio continuo, dan como resultado una puesta en escena atractiva, que conforme se enriquezca en su desarrollo irá depurando los elementos. Acompañar el proceso resulta muy enriquecedor para el espectador.

 

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
1. José Jorge Carreón
2. Raúl Kigra
3. Sebastian Kunold

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