Jesucristo desciende a la tierra en el 2018

por Rafael Volta | 10 nov, 2018

Al entrar el público se va sentando en la gradería como testigo de un juicio por venir. La disposición escenográfica frontal es cuidadosa en su búsqueda de una atmósfera de atemporalidad. Un pilote de madera al centro divide el escenario. Cadenas y cuerdas de acero cuelgan al fondo como símbolo de tortura. Sobre un cubo de madera se encuentra una botella de vino y pan, a modo de instalación. Aparecen dos hombres calvos y una mujer de cabello negro, largo y rizado. Todos visten trajes de montañistas, con pants y sudaderas en tonos oscuros. Ellos son los encargados de llevar a escena El gran inquisidor, poema que Iván pronuncia ante a su hermano Aliosha en la novela Los Hermanos Karamazov de Fiódor Dostoyevski.

La dramaturgia sigue con fidelidad casi el total del texto publicado en 1880, a excepción de situarlo en cualquier lugar del mundo en el siglo XXI y no en la Sevilla de los tiempos de la Inquisición. En Los hermanos Karamasov, Cristo desciende por segunda vez a la Tierra y vuelve a realizar milagros. La autoridad eclesiástica manda detenerlo y confinarlo en una celda del Santo Oficio. Ahí lo visita el Gran Inquisidor y lo interroga ¿Hizo Jesús un bien o un mal a la humanidad al darle libertad? Para el inquisidor, la autoridad de la Iglesia que somete a los seres humanos a un riguroso codigo de bien y mal, que castiga brutalmente su desobediencia, no ha hecho sino enmendar el daño que hizo Jesús al hacernos libres. Sólo una ínfima minoría necesita algo más que pan, tolera no ser completamente sometida.

La idea de llevar a escena El gran inquisidor fue del maestro Sergio García, uno de los directores más destacados del teatro universitario de Nuevo León, quien falleció este año. La adaptación, dirección y representación es colectiva, a cargo de Carlos Nevárez, Janina Villareal y Antonio Craviotto, quienes deciden terminar el trabajo de su maestro como un homenaje post-mortem.

Los tres actores representan fuerzas antagónicas: Cristo, el inquisidor y el ser humano. En el primer acto la figura del inquisidor, marcada por una capucha que le oculta el rostro, es interpretada por Carlos Nevárez, quien la ejecuta con una dicción un tanto atropellada y poco clara. Janina Villareal se coloca una nariz de payaso para convertir su personaje en clown. En silencio y en tono fársico reparte el pan, sirve el vino, mueve el pilote y el cubo de madera y participa en la tortura a Cristo: Es la humanidad amaestrada. Por su parte, Antonio Craviotto es El Salvador. Lleva una corona de espinas e hincado en el piso sufre el peso del madero sobre los hombros. En los tres actos siguientes los roles mencionados se intercambian. La falta de pausas y énfasis en la voz de los tres actores debilitan el texto y lo pasan a segundo plano dando más protagonismo al clown y sus bobadas. Destaca en este rol la interpretación de Antonio Craviotto, quien maneja articuladamente el lenguaje propio del género. El Cristo de Janine Villareal remite a las lúgubres imágenes de una procesión del silencio, como las que se realizan en el centro histórico de Querétaro y que representan el funeral del Hijo de David sobre las calles de cantera.

A lo largo de la obra se crean cuadros escénicos violentos que rememoran la tortura, las tres caídas y la crucifixión de Jesucristo en El Calvario. La propuesta del montaje apuesta al impacto visual. Hay cuatro imágenes que predominan: el inquisidor que vierte una copa sobre la cabeza de Cristo y el vino ahora es sangre que mancha su rostro y salpica el piso; el cuerpo clavado en la cruz junto con billetes engrapados sobre la madera; la elevación de Jesús, ya crucificado, mientras su sombra invade un telón sobre el que se han proyectado los pecados del mundo; y, finalmente, cuando es bañado con gasolina.

La música está basada en pads de sintetizadores y campanadas que se repiten una y otra vez a lo largo de la puesta en escena. El recurso no aporta tensión. Sobre el telón de fondo —evocación de la sábana santa— se proyectan imágenes clichés de consumismo, pornografía, hambruna y guerras que hemos visto infinidad de veces en videos musicales y películas.

La profundidad y los matices del texto no se reflejan en escena. En el original lo que está en juego no es el sufrimiento de El Salvador, sino la libertad del hombre y su renuncia a ese regalo del creador frente al engaño de las estructuras de poder: Capitalismo, Iglesia, Estado. Personificar a la humanidad entera como un clown que nunca cuestiona su papel ni lucha por liberarse resulta una extrema simplificación.

La tortura de Jesús se mantiene de principio a fin. Y como telón de fondo la crítica del Capitalismo y de la Iglesia como estructuras enajenantes. La escena final cambia el desenlace original de Dostoyevksi: el Cordero de Dios no se puede marchar tranquilamente después de besar al inquisidor. Ahora está bañado en gasolina como el peor de los herejes, listo para ser quemado. Se reparten cerillos al público. El que esté libre de pecado que inicie el fuego. El que quiera salvar a Cristo que tome su lugar. El inquisidor enciende un cerillo, pero el clown sopla y lo apaga en un acto de piedad. La humanidad entera se redime. En este cierre alternativo es el hombre quien salva al Jesucristo dos mil años después.

 

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Créditos de foto:
1. Raúl Kigra
2. Sebastian Kunold
3. José Jorge Carreón

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