El l-ate de un adiós: La hermandad de la desgracia

por Karla Gómez | 29 nov, 2019

La escenografía de L-ate adiós, un abrazo y un dulce para el camino, escrita y dirigida por Manuel Barragán, a cargo de la compañía de Vaso Teatro –todos de Michoacán–, es simple, realista y regionalista. Una mesa y tres sillas, al fondo una modesta cocina y adelante a un lado un humilde altar decorado con flores y veladoras. El público está sentado a tres frentes enmarcando el espacio y dándole la intimidad de un hogar. 

Laura aparece cargando una maleta. Está lista para volver a salir e intentar encontrar a su madre quien la abandonó junto a sus hermanas Julia y Elena, quien ya falleció. No la recuerda mucho y no cuenta con ninguna información sobre ella aparte de un pedazo de fotografía obsequiada por una de sus hermanas. Pero eso no la frena. Una y otra vez agota recursos emocionales y económicos ajenos para esta vez sí encontrarla. Hace ya muchos años las tres niñas fueron adoptadas por Pelancho, interpretada por Teresita Sánchez, una mujer mayor, matriarca y malhablada, pero también graciosa y dulce que abandonó a su marido violento cuando sus propios hijos se fueron de la casa. 

Mientras que Laura (Paulina Rosas), inmadura y caprichosa, insiste en encontrar a su madre para pasar tiempo con ella y sentirse querida; Julia intenta ignorar el dolor del abandono y se entrega a llorar a su fallecida hermanita. Un duelo que termina siendo una caricatura ya que la actriz Yamel El Mosri más que convencer en su sufrimiento, crea una imagen chistosa de alguien que no sabe cómo superar la muerte. Esto se pone más divertido cuando aparece Elena suplicando que ya la dejen descansar. Lamentablemente se desaprovecha esta situación al no darle una mayor presencia actoral al personaje interpretado por Noemí Uribe. 

Se reconoce en el texto la asesoría que tuvo de la dramaturga, directora y actriz yucateca, Conchi León. Es una obra llena de humor y vaciladas, que mezcla diálogos cómicos y monólogos confesionales que van saltando en el tiempo mientras las cuatro mujeres cuentan sus historias, anhelos y dolores. Representan una familia que guarda las tradiciones mexicanas buscando encontrarle lo gracioso a lo “chusco”, donde sentarse a la mesa no solo es para comer sino también para hablar de la vida.

El montaje no es pretencioso. Permite disfrutar los diálogos y las picardías evocadas por Pelancho, que no empobrecen el texto; al contrario, las actrices traen a escena a esas mujeres de pueblo que a través de la enunciación altisonante encuentran la forma de hacer catarsis y demostrar carácter. 

El giro tragicómico ocurre cuando Laura decide participar en un concurso de televisión sobre recetas y para el que entrega la fotografía de su madre. Esto obligará a su hermana Julia confesar que la imagen regalada no es la de su mamá si no de la cantante española Massiel de “Rosas en el mar”. Entre los nervios de salir en  televisión y que hay que tener listo el ate con el que van a participar en el certamen, Pelancho comienza a despedirse porque intuye que ya no es necesaria en esta casa. No puede contener su tristeza que explota en un monólogo en el que da cuenta de toda la tensión y furia que siente por su pasado, la violación que sufrió por parte de su papá, los hijos que tuvo con él y de la huida de éstos de la casa. Teresita Sánchez interpreta a un personaje entrañable y convincente capaz de hacer reír con sus salidas espontáneas y conmover con escenas como ésta, donde, retorciendo con las manos su morraleta, refleja el dolor que siente por hablar de su pasado. Desafortunadamente los logrados momentos conseguidos por Laura y Pelancho se pierden cuando al final Julia comienza a hacer una ingenua comparación de las guayabas con la vida.  L-ate adiós, un abrazo y un dulce para el camino, es una lograda radiografía de una familia no convencional que toma el pretexto del ate para endulzar las desgracias que sufren.

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Crédito fotos:

  • Raúl Kigra
  • José Jorge Carreón
  • José Jorge Carreón
  • Raúl Kigra