Lagartos sobre herencias

por Carlos Urani Montiel | 5 dic, 2019

La Casa de Ensayo del Grupo Teatral Tehuantepec se recupera con fortuna y esmero de los daños causados por el terremoto de septiembre de 2017. La compañía oaxaqueña llega a Colima, a la 40 MNT, para presentar La casa de mi madre, en una locación íntima y minimalista, la Pinacoteca Universitaria Alfonso Michel, similar a su espacio original. La obra, escrita y dirigida por Marco Petriz, inicia con la preparación de las honras fúnebres de una matriarca, lo cual revive antiguas tensiones y desenmascara la avidez por lo que queda.

Este trágico suceso detona, de forma realista, una serie de conflictos entre los descendientes de doña Josefa Márquez y Márquez: Faustina, la hija mayor (Gabriela Martínez), Macaria, la menor (Azucena Desales), y Patricio, el hijo de la primogénita (Hugo Ramírez). La escenografía, diseñada por Jorge Lemus, está dispuesta para que cada personaje ocupe una silla en un salón rectangular donde el público se distribuye en los laterales y a lo largo de una sola fila frontal. Además de los tres asientos, sobresalen varios montones de cajas que contienen las pertenencias de la difunta: telas, ajuares, joyas, fotos, un abanico y otros utensilios. Un par de bolsos de mano y unas cuantas botellas de mezcal completan el conjunto. Patricio, el centro la mayor parte del tiempo, se duele auténticamente por su abuela, a quien considera como su madre debido al abandono de Faustina, quien lo parió muy joven y fuera del matrimonio.

La obra vivifica en distintos niveles el entorno de la difunta. Llantos y lamentos resuenan desde una habitación lateral, inaccesible a la mirada de los 53 espectadores, pero presente por medio de la percepción sonora de las exequias. Llama la atención que de ese cuarto provenga la tía Anita (Micaela Hernández Morán), hermana de la fallecida, a quien escuchamos en varios momentos. Para cerrar el sentido de la obra en el cuadro final, ese personaje entra enlutado y sollozando, cuando los demás han salido. Aunque parece dolida y reza en zapoteca, queda claro que su mayor preocupación es adueñarse de las pertenencias dispersas en el piso tras la disputa familiar.

La presencia de doña Josefa Márquez va cobrando fuerza a medida que sus parientes la evocan por medio de anécdotas que demuestran tanto la vehemencia con la que defendía a los suyos, como el rigor con el que los corregía. Esta figura ausente se vuelve protagónica a través del relato de sus familiares. La riqueza semántica de las interlocuciones es suficiente para significar las gradaciones del duelo y el dolor que siente cada uno. La profundidad con la que se construye cada personaje permite la reflexión sobre temas adyacentes (racismo, homosexualidad y pugnas religiosas) que se vuelven nucleares para desentrañar la tesitura y contradicciones que los atraviesan. No obstante, la sobreactuación a partir de la pérdida, efectiva al inicio de la obra, se vuelve inoperante una vez que hemos comprendido el motor de la historia. Es decir, el texto dramático no requiere un tono monótono en el lamento exagerado e incluso ridículo de los deudos. Esto ocurre, por momentos, en el papel de Macaria, pero, sobre todo, en el de Patricio.

El traje de tehuana que porta Faustina, parecido al vestido de gala con el que deciden enterrar a doña Josefa, sugiere la emergencia de una nueva matriarca, la heredera del legado familiar. Esta sucesión implica no solo cuestiones materiales, como la misma casa en disputa, sino también los padecimientos de su madre, ya que confiesa que está perdiendo la memoria como le sucedió a la difunta. Ahora será la responsable de la familia y quien tendrá que subsanar las tensiones y fracturas consanguíneas.

La casa de mi madre resulta ágil, debido a lo sencillo de su trama, pero, al mismo tiempo, compleja, ya que cada diálogo condensa información que nos revela el carácter, la aflicción y los bríos de los deudos ante el deceso de quien llevaba las riendas de su familia. Las miradas, actitudes y choques en el trazo escénico refuerzan y significan sus antiguos recelos, así como las agresiones más intestinas y rastreras que solo pueden darse cita en el seno de un hogar.

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Crédito fotos:

  • José Jorge Carreón
  • José Jorge Carreón
  • Raúl Kigra
  • Raúl Kigra