Una fiesta inconclusa

por Said Soberanes | 3 nov, 2018

El trabajo conjunto de Alberto Villarreal y la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana (Orteuv) ha dado como resultado la obra inaugural de la 39 MNT, La extinta variedad del mundo. Aquí se combinan la apuesta poética a la monumentalidad abstracta y los signos intrincados de Villarreal con el constante y muy audaz proceso de experimentación que ha tenido la Orteuv desde que Luis Mario Moncada llegó a encabezarla en 2014.

Se trata de una nebulosa revisión del nacimiento, la muerte y la migración en los procesos civilizatorios, significativo es que comience con un funeral. El telón se alza y vemos hacia el centro atrás de la escena una enorme bandera negra que se agita con el viento. Al fondo descansa una oscura y gigantesca corona de flores. Una malla traslúcida de extremo a extremo de la boca escena nos separa físicamente de la ficción. El fúnebre y monumental cuadro ilustra la insalvable decadencia de nuestra especie.

Dos mujeres entran a escena y comienzan a imitar sonidos vacunos mientras hacen sonar un cencerro. A su encuentro entra un cortejo que lleva un hombre moribundo vestido de militar, con su blanca cabellera peinada como el general Franco, de pie sobre un diablito. Al cortejo lo sigue un trineo tirado por perros-personas, caracterizadas con ropas estrictamente negras que recuerdan los tiempos del dictador español. El cortejo viene acompañado por las percusiones de una pequeña banda de alientos. El silencio de los actores será perpetuo, si algo escucharemos de sus labios serán gritos y silbidos: la palabra no se entonará de principio a fin.

El ensamble musical congregado para este montaje con integrantes de la escuela JazzUV lleva el ritmo de la obra. La selección musical de Villarreal y Esmirna Barrios, así como el trabajo de improvisación del grupo resultan indispensables para cumplir con este objetivo. Si bien la ejecución está desempeñada de forma muy libre, queda en evidencia que se trata de un preciso y controlado tejido sonoro por el que lleva el crédito Joaquín López Chas.

La actitud de los dolientes que se hincan ante el cadáver y le rinden saludo marcial indica que se trata de un militar de alto rango. El cuerpo del poderoso se anima y es cubierto con el característico disfraz de un fantasma de Halloween.

Una mujer acompañada por el ridículo espectro desenmascara al último perro del régimen. La matrona se erige como la nueva líder. A sus espaldas aparece un retrato monumental que caricaturiza, al menos, a dos líderes comunistas: Mao y Krushev. La banda de vientos entona una versión libre de la internacional socialista. El poder aplastante de la derecha se transfiere a la izquierda.

Esta primera parte del espectáculo está bien lograda y termina con la entrada de un vendedor de camotes y su auténtico carrito encendido. Deja sonar el desgarrador chirrido producido por la salida del vapor caliente. Sobre el escenario cae una nevada de papeles a contra luz envolviendo el cambio de régimen. Es difícil saber si la inclusión del carrito de camotes nos permite la contextualización radical de la fábula o pretende una exotizada alusión de nuestro contexto mexicano.

El resto de la obra decae por la exacerbada hipertrofia de las fórmulas escénicas usadas en el primer acto. La nueva comunidad celebra su regeneración con el nacimiento de bebés que sus propias madres rechazan. Los muñecos-críos son asesinados a tiros por la nueva líder, a quien domina el fantasma del poder antiguo, ese que entra y sale del escenario y danza como un demonio siniestro. La eliminación de toda una generación lleva a esta comunidad a una espiral de venganza.

En una proyección colocada en la parte superior de la boca escena —que se impone en lectura forzada, difícil de seguir— se nos relata la aparición de un libro de la justa venganza, un objeto cotidiano en la vida de los-sin-ley. En escena vemos a un grupo de mujeres, ya vestidas con ropa de fiesta, dar ritmo a esa historia con un juego de vasos y zapateado que se extiende por lo que parece más tiempo del necesario.

Los cuerpos de actores y actrices de la Orteuv operan al unísono, acertadamente. Ninguno de ellos sobresale del coro. La integridad y entereza de su lenguaje corporal da a la puesta en escena un ritmo constante y asimilable para el público. La tradición experimental que ha renovado en los últimos años la Orteuv permite la creación de un discurso corporal consecuente.

El último cuadro comienza con una gran fiesta, caótica y desenfrenada, que el fantasma termina al disparar contra los grotescos personajes. Estallan los gritos de desesperación, los intentos de algunos de evitar la masacre. Como un deus ex machina un extraterrestre irrumpe. Invita a los personajes a tomar una nave para escapar de este mundo en “un ahora dislocado que corre en todo momento el riesgo de no mantener nada unido”, diría Derrida. En esta dispersión, todo cabe sin tener lugar: La nave espacial monumental, los músicos tocando acid jazz, infinidad de cencerros sonando, gritos, el número telefónico de la compañía impreso en una lona amarilla que atraviesa el escenario al fondo —nadie contesta cuando llamas—, el extraterrestre ofreciendo una huida de este desastre y como cierre, por tercera vez, la entrada del carrito de camotes que ahoga con su chirrido el resto de los sonidos.

La frialdad en la sucesión de escenas hace imposible la identificación del espectador con el drama. El ambiguo tejido de símbolos entre lo obvio y lo inescrutable, entre el lugar común y lo incomprensible se alza como una barrera sutil y a la vez impenetrable como la malla traslúcida que nos separa físicamente de la acción escénica. Los personajes pasan de una hegemonía a otra y en ese tránsito se encuentran con el mismo dolor, con la misma violencia, con la imposibilidad de sencillamente devenir.

La civilización decae, la variedad del mundo parece extinta.

Sólo queda huir o ensordecer.

 

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Créditos de foto:
1. Raúl Kigra
2. Sebastián Kunold
3. José Jorge Carreón

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