La legión de Ricardo III: ¿Mi reino por una paleta Payaso?

por Ricardo E. Tatto | 20 nov, 2018

Un hombre sale al escenario portando baquetas de madera. Después del tac, tac, tac, aparece una banda de guerra marchando con solemnidad marcial, ocupa el proscenio y las butacas del Esperanza Iris y exclama al ritmo de los tambores: “somos caballeros de la muerte”, al tiempo que otras voces responden ¡juntos somos legión!”. Las percusiones acompañan esta declaratoria de principios mientras los espectadores miran en todas direcciones; se encuentran rodeados por soldados con capuchas. Se nota un cierto nerviosismo en el aire, la presencia policial es notoria desde el ingreso al recinto. Para nadie es un secreto que se encuentran presentes algunos convictos que purgan condenas por delitos graves, personas que un viernes nueve de noviembre dejaron la cárcel de Santa Martha Acatitla para presentarse en la 39 Muestra Nacional de Teatro. Queda claro que la Compañía de Teatro Penitenciario del Distrito Federal, en mancuerna con miembros del Foro Shakespeare, ha llegado para dar batalla…

Así comienza la representación de Ricardo III (versión 0.3), una adaptación muy libre de la Tragedia del Rey Ricardo III de William Shakespeare. Abyecto y jorobado, como lo describiría el Bardo, el personaje de Ricardo III prefigura el complejo de inferioridad al servicio de la tiranía, del deseo de gobernar y de la dominación a través de subterfugios y asesinatos. Esta condición es retomada como un síndrome que provoca rencor y venganza en quienes lo padecen, compensando las desventajas físicas mediante un retorcido intelecto.

Vemos una alfombra roja que se extiende hasta llegar a un trono del mismo color, un asiento coronado por dos cuernos diabólicos. Es el centro de gobierno cuya energía llena hasta el último recoveco del centenario edificio en esta tarde histórica, donde propios y extraños fueron testigos de un violento montaje en tono de farsa, donde el drama original se convirtió en una tragicomedia que no dejó a ninguna persona indiferente.

El objetivo central fue evidenciar el lado oscuro del ser humano; todos somos Ricardo III: seres con impedimentos físicos y emocionales, individuos pugnando por sobrevivir a pesar de nuestras carencias, personas con deseos e intereses ulteriores. El príncipe del cinismo, al igual que el ansia de mandar, se mantiene más vigente que nunca en los aforismos políticos y sociales gritados por los reos: “Este es el Santo Evangelio de Maquiavelo”.

Uno tras otro con variadas discapacidades anatómicas subsanadas por prótesis y la ambición desmedida, los actores van ocupando el trono dejando un rastro de sangre en el proceso. Cada uno representa un aspecto de las muchas caras del gobernante que, mediante el artificio de la puesta en escena, ha conseguido devolvernos una mirada a nuestros abismos interiores. Máxime cuando la cuarta pared es resquebrajada en este juego escénico, que lo mismo funciona como circo que como espejo de la vanidad que asola este país sin parangón.

Richi, magistralmente encarnado por Ismael Corona, es la mascota de los Ricardos, un perro que más bien es el lobo del hombre, quien funge como hilo conductor y da cuenta del carácter de cada monarca durante sus breves pero sanguinarios mandatos. El desplazamiento fue integral en una escenografía que presentó unas gradas con público dispuestas a los lados a manera de una corte regia. Este espacio se transgrede cuando la guardia real baja de las tablas tomando por asalto los pasillos entre la audiencia. Un fornido soldado enumera a los monarcas encumbrados y caídos al colocar banderines rojos al filo del proscenio.

En el marco de este ambiente de confrontaciones, traiciones y venganzas, tanto actores como público expusieron su vulnerabilidad frente a las logradas metáforas visuales cuyos referentes podemos encontrarlos en el cristianismo y en el realismo social, como las impactantes imágenes de tortura, ahorcamiento y la violación a la única mujer del elenco, la actriz Valeria Lemus, quien fungió como Lady Anne.

Estos cuadros escénicos no estuvieron exentos de cierta misoginia, dado que los soldados a manera de coro griego, proferían comentarios soeces, confrontándonos con el acoso sexual que las mujeres viven todos los días, sólo que enunciado por reos cobró una excesiva manifestación de lo obsceno. En ese sentido, el tono general del texto osciló entre la farsa tragicómica y el descarnado realismo.

No obstante, el manejo de la representación simbólica fue mucho más elegante y efectivo. Tal es el caso de la paleta Payaso que esgrimieron los actores ante el público, emulando un preciado cetro, objeto que detenta autoridad, poder, ambición y el llamado destino manifiesto de la realeza. Es decir, la paleta como detonador de las peores pasiones. Esta codificación no fue del todo comprensible para el público, ya que al ser ofrecida en un marco lúdico, no faltaron los espectadores que se precipitaron para obtener el catalizador de su autodestrucción.

La dirección general y artística de Itari Marta fue bien recibida, a pesar de que por momentos el ritmo tuvo sus tropiezos con alegatos panfletarios que cayeron en el chiste fácil, con alusiones a la coyuntura política del momento y otras tantas a la Muestra Nacional de Teatro. Asimismo, la diferencia en cuanto a presencia escénica de algunos actores con más tablas (entre ex convictos y los que todavía purgan su condena), causó altibajos en una obra donde se privilegió el efectismo por encima del contenido.

Esta adaptación dramática dio resultado, aunque el alegato en contra de la tiranía se fue diluyendo. Los recursos desplegados por la directora exhibieron la realidad dentro de la ficción, manteniendo el interés de la gente. A pesar de sus debilidades discursivas, el pueblo habló en esta versión sui géneris de Ricardo III, siendo recompensada con una ovación de pie en donde minutos antes fueron pronunciadas estas palabras: ¡Iris, Iris! Este mundo no está hecho para tener esperanza…

 

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Créditos de foto:
01. José Jorge Carreón
02. Raúl Kigra
03. Sebastian Kunold

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