La Medalla Xavier Villaurrutia: el premio sin premio

  • La Medalla Xavier Villaurrutia que otorga desde hace 15 años la Coordinación Nacional de Teatro del INBA pero, a diferencia de otros premios, no incluye una retribución económica o difusión de la obra de los ganadores.

Por Juan Carlos Franco

MedallaVillarrutia

En 2003, Fernando de Ita publicó un artículo sobre la relevancia de Enrique Mijares en el panorama teatral nacional. Días después recibió una llamada de Víctor Hugo Rascón Banda. Ambos coincidieron en que la labor de Mijares merecía ser reconocida con un premio oficial. Se dieron a la tarea de acercarse al INBA, en específico a Enrique Singer, Coordinador Nacional de Teatro, para expresarle su idea de una presea, la que respaldaron con cartas de las dependencias culturales de algunos estados y de diversos creadores. Ese año fue entregada, en el marco de la Muestra Nacional de Teatro, la novísima (algunos dirían: improvisada) Medalla Xavier Villaurrutia al maestro Mijares: sin acta, sin jurado y sin mención de ella en el programa de la Muestra.

El perfil de la Medalla es difuso. Según Alma Rosa Castillo, Coordinadora Logística de la MNT y funcionaria del INBA por 22 años, así como el propio de Ita, es un premio que buscaba erigirse como reconocimiento a quienes han brindado aportaciones invaluables al teatro mexicano desde provincia; según recuerda Enrique Singer era un premio «de teatreros para teatreros». Algunos de los premiados han desarrollado una labor destacable en sus lugares de origen, mientras otros desde la Ciudad de México lograron un impacto en el interior de la República: todos han sido de relevancia para el panorama nacional. El medallero de esta presea habla, año tras año, de la voluntad de que el teatro exista en el país de manera óptima y eso vale la pena reconocerlo.

 

No existe información sobre el proceso de selección de los primeros ganadores. El tercer año que se entregó la Medalla, Víctor Hugo Rascón Banda, uno de los principales artífices de la creación del reconocimiento, fue beneficiado con ella. El año siguiente el ganador fue Fernando de Ita, también gestor principal de la presea. En 2008 el premio fue otorgado por primera vez a un fotógrafo, Fernando Moguel. Para la entrega del 2009, el Instituto Sinaloense de Cultura pidió en una carta que el distinguido fuera Víctor Sandoval y su petición fue atendida.

Hay una laguna de información sobre el proceso de selección de los siguientes años. No fue sino hasta 2012, durante la gestión de Juan Meliá al frente de la Coordinación Nacional de Teatro, cuando la Medalla fue otorgada por un jurado proveniente de la comunidad: la Dirección Artística de la MNT. Es decir que nueve años después de entregar por primera vez el premio, fue que se consideró escuchar la voz de representantes de la comunidad para la elección.

La Medalla fue entregada este año a Tito Vasconcelos, que hace unos meses cumplió 50 años de carrera y que, además de dramaturgo, actor, director, empresario y activista, es el primer creador de cabaret al que le es otorgada la presea; y a Marco Pétriz, el hacedor de teatro más importante de Oaxaca y uno de los más relevantes del panorama escénico nacional, cuya carrera envidiable de la mano del Grupo Teatral Tehuantepec es una expresión solidísima de equilibrio entre el riesgo artístico y la labor de teatro comunitario. No cabe duda de que ambos tienen una trayectoria que merece ser destacada, y qué mejor que el premio esté sustentado por la institución más importante de las artes en nuestro país. La falta de información sobre el premio y la casi nula participación de la comunidad a lo largo de su historia diluyen enormemente su impacto.

La Medalla Xavier Villaurrutia es, en este sentido, un esfuerzo encomiable pero vacío. El premio no se encuentra en la página del INBA, como sí se encuentran el otro Premio Villaurrutia (para obra publicada), el Ruiz de Alarcón o el Alfonso Reyes. No se conservan los discursos de aceptación y en ningún año han existido actas oficiales que den cuenta de las razones por las que se han otorgado las preseas. Este año, incluso, la ceremonia inaugural de la Muestra mostró la falta de protocolo de la entrega de la Medalla. Apenas se mencionó a los ganadores, no se dieron datos concretos de su trayectoria, no se les invitó a hablar y ningún miembro de la Dirección Artística expuso durante el acto las razones de su elección. (Puesto que ambos galardonados están dentro de la programación de la 38 Muestra, la Dirección Artística ha decidido abrir un espacio al finalizar las respectivas funciones para destacar su trayectoria y darles la oportunidad de pronunciar un discurso de aceptación).

Sin embargo, varias preguntas quedan: ¿por qué la Medalla ha sido entregada a mujeres por única ocasión en 2010, cuando fueron premiadas Olga Harmony y, de manera póstuma, Perla Schumacher? ¿Qué nos dice que de 23 ganadores en la historia del premio, 21 sean hombres y sólo dos sean mujeres? ¿Por qué, después de 15 ediciones, es un premio que no se ha instituido como escalafón de importancia dentro de la carrera de los que lo ganan? Es un adorno, un acto de buena fe. Y es precisamente este acto de buena fe lo encomiable de la creación de la presea, por lo que no es razonable descartarla, sino refundarla.

¿Por qué no incluir un premio económico? O bien, ¿no sería valioso encontrar opciones de difusión de la obra de los premiados? Publicaciones, giras nacionales, documentales, retrospectivas, exposiciones: un premio que no sólo sea simbólico, sino que se exprese concretamente en el gozo de visibilizar la obra misma que se premia, acercando así al público a su labor digna de celebración.

Entre tantos embates que nuestro oficio recibe, es un privilegio encontrarnos para celebrar a un artista, su obra y su vida. Pero hacerlo sólo de manera simbólica, además de desordenada y poco incluyente, es una oportunidad perdida. El teatro es una celebración, una pregunta, una voluntad de encuentro: la Medalla Xavier Villaurrutia debería serlo también.

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