La rabia: Una espiral de violencia

Por Mayté Valencia

Una niña observa cómo su madre es violada por tres soldados. Una madre busca a su hijo desaparecido. Otra mujer es testigo de cómo, día tras día, el hombre con el que comparte su casa es quien se encarga de “levantar” a las personas. A través de la historia de cinco mujeres, La rabia escrita por el director y dramaturgo guanajuatense David Eudave, intenta crear cuadros sobre los efectos de la violencia que azota al país.

¿Cómo abordar un tema tan explorado en la creación escénica mexicana sin caer en el lugar común? La propuesta dramatúrgica es fragmentada. Las cinco historias, sin sucesión lineal, sólo tienen como hilo conductor el conteo de cada cuadro, del 1 al 43 (número simbólico en la realidad mexicana por la desaparición de los estudiantes normalistas) y el lenguaje absolutamente descarnado: violaciones, asesinatos, trata de mujeres, humillación y muerte.

¿Por qué hablar de la violencia, una vez más, desde la violencia misma? ¿Acaso no hay más formas? En un país donde este tema es tan urgente es preciso pensar desde qué lugar y cómo se enuncia. Nunca será igual una representación de este tipo en un estado como Tamaulipas, Guerrero o Chihuahua —que viven esta brutalidad de manera más cruda— a una en Guanajuato o la misma Ciudad de México. En el caso de La rabia se percibe la distancia.

Ocho alumnos de la carrera de Artes Escénicas de la Universidad de Guanajuato (Lorenie Jiménez Moedano, Araceli Velázquez Estrada, Perla Mariana Rodríguez, Claudia de los Santos, Elena Spindel, Job Díaz, Sergio Rojas Ortega y Mauricio Romo) participaron en la dirección escénica colectiva y son los encargados de interpretar los distintos personajes de la obra que también incluye cantos y una suerte de coro.

El escenario está casi desnudo. Una banca, que los actores utilizan para generar ritmo en las partes musicales, un banco y un féretro siempre presente, son los únicos elementos en el montaje que junto con las proyecciones audiovisuales intentan ubicar los escenarios de cada uno de los relatos. Una sobria iluminación acompaña a los actores en el hecho escénico que principalmente recae sobre ellos.

Es perceptible su falta de experiencia. El uso del espacio recuerda a los primeros ejercicios de una carrera de actuación y la parte musical es desafortunada, ya que no hay un trabajo profundo de técnica vocal ni entonación. Aunque hay algunos momentos de interpretación genuina, las actuaciones quedan a deber: Los actores no sienten sus palabras y, por lo tanto, tampoco las transmiten al público. Hay dolor impostado: lágrimas, gritos, caras desencajadas que no terminan de convencer.

El texto dramático tiene una estructura compleja y enuncia sucesos relevantes en la realidad nacional —la participación del ejército en la violación de los derechos humanos, las familias en busca de sus desaparecidos— que la dirección colectiva, coordinada por Eudave, no supo resolver.

Estas fallas son entendibles dado que el elenco aún está dentro de un proceso pedagógico que, con tiempo y dedicación, puede mejorar. Si se mira como un ejercicio de aprendizaje sí existen logros de los actores y el director. Los jóvenes hablan desde la rabia: Es un grito juvenil hacia un suceso que sacudió (y sacude) al país, pero al que le falta auto-reflexión y madurez.

¿Por qué la dirección artística decidió insertarla dentro de un mismo paquete donde se espera ver teatro profesional? ¿Por qué no hacer la distinción entre éste último y el teatro universitario, como sí se ha hecho en otras Muestras, donde a todos los espectadores les quede claro que se trata de una obra en proceso? ¿Este trabajo es parte de la cuota que tiene que haber en cada estado sede? Contextualizar la producción de esta obra era un paso previo necesario. Incluir teatro universitario no es el problema: lanzar a los creadores al ruedo sin ninguna indicación previa dentro la programación, sí lo es.