La Señora Vaca es ambiciosa y desbocada

Por Juan Carlos Araujo

Al ritmo de Gloria Trevi, Maluma, Thalia y J. Balbi el público toma asiento: los mayores de 40 años al frente y el resto detrás. Desde el escenario los actores invitan a algunos miembros de la audiencia a bailar y relajarse. El espacio está decorado con globos y en la parte trasera hay una larga mesa de trabajo. “Esto no es una obra de teatro” advierten, sino un baile-show que celebra la esclavitud capitalista por el sexo y el dinero. En esta ácida celebración recuperan al personaje icónico de Gustave Flaubert para decir que todos somos Madame Bovary.

A lo largo de dos horas y media se cuentan tres historias hiladas con saltos a veces forzados, otros afortunados. Además de escenas teatralizadas de Flaubert y los mitos de Pasifae y el Minotauro, se ponen al descubierto las frustraciones al interior de una incipiente compañía teatral en su empeño por conseguir fondos y encontrar la felicidad.

La actualización del personaje de Emma Bovary como símbolo del capitalismo se logra sólo en contadas escenas. Una de estas es el primer encuentro entre Emma y León. Otra es el vals en que la insaciable suicida conoce a la marquesa d’Andervilliers, donde cada uno de los miembros del elenco pasa al micrófono en el centro del escenario a decir por qué quieren ser el personaje decimonónico: Raúl desea juntar el dinero para comprar un colchón; Tae para dar voz a las mujeres acalladas; Vicente para descubrir quién es él mismo y Ricardo para encontrar un productor teatral que le financie su siguiente show de stand-up. Uno a uno revelan identidades, anhelos y frustraciones en un confesionario que será la base de su tránsito por distintos personajes.

Dada la imposibilidad de conseguir dinero para montar una obra de teatro en un sistema gubernamental al que se acusa de estar contra la cultura, el también director de cine José Antonio Cordero confiesa que ha decidido canalizar su rabia acumulada por más de diez años en la invención de la compañía TeatroSIN TEATRO y el montaje de Madame Bovary – Señora Vaca. Con Raúl Andrade, Lourdes Echeverría, Lorena González, Vladimir Maislin, Pol Martínez Peredo, Vicente Saza y Tae Tolano, un irregular grupo de actores y no actores, comienza una exploración sobre el vacío, el deseo y la lucha por ascender en la escala social, en un montaje que se declara sin texto y en búsqueda permanente.

La ambición de Madame Bovary – Señora Vaca por cubrir toda una gama de temas que incluyen cuánto gana una actriz o una edecán, lo que se gasta la Compañía Nacional de Teatro en una puesta en escena, o que pedirían los actores si un productor les abriera la cartera, es vasta al igual que sus pretensiones. Este hecho, aunado al manejo de los dos universos presentes en el montaje —el de Bovary a mediados del siglo XIX y el presente— y, por si fuera poco, un par de mitos griegos prueban al límite la paciencia de los espectadores. Antes de anunciar el intermedio, el actor y director somete a plebiscito si debiera o no continuar la obra. En una paradoja, él se declara en contra y si bien la votación fue mayoritaria para que continuara, en la pausa más de la mitad del público abandonó la sala.

Hay aciertos en la agotadora propuesta: ridículas conversaciones con funcionarios del FONCA arrancan un buen número de carcajadas desde las butacas al igual que la repentina irrupción de Sola con mi Soledad en voz de la ochentera. Las preguntas sobre los anhelos de cada actor y su búsqueda de la felicidad son convincentes, hilarantes y conmovedoras.

Esta larga puesta en escena sostiene la atención de una amplia parte de la audiencia durante una hora. La falta de una dramaturgia que ordene y edite los materiales empantana los hallazgos. El mito de Europa o la génesis del minotauro, números de Flamenco o de reggaetón, la propuesta del inmortal Chabelo como el siguiente director de la Compañía Nacional de Teatro y el desbordado lamento por la falta de presupuestos para la cultura entorpecen y devalúan el montaje que apuesta por la denuncia, la experimentación en el intercambio con el público, la economía de recursos, la transversalidad en la toma de decisiones dentro de la compañía y el tratamiento iconoclasta de símbolos y mitos.