La sensualidad, la muerte y la sed de lo infinito

por Luz Emilia Aguilar Zinser y Diana Tejada | 5 nov, 2018

Valentina bebió una laguna y terminó un ecosistema entero: Su sed es insaciable, como la de Tomás. Fernanda es la presa, el cordero de sacrificio que renovará la rueda del deseo. Valentina, Tomás y Fernanda son los personajes de Sed, puesta en escena de creación colectiva, por la que llevan crédito María Fernanda Bada, Edson Martínez Luna, Valentina Martínez Gallardo y Tomás Rojas, con intervenciones textuales de Noelia Lacayo.

Sed, de Colectivo Charalito y La Justiciera, estrenada en octubre de 2017, se presentó en el Foro a Poco No, en el marco de la 39 Muestra Nacional de Teatro.

La obra transcurre en un escenario habitado por un buró con frascos de múltiples tamaños, que desbordan agua, uno de ellos agua con sangre. Hay también una mesa de metal que pudiera encontrarse al servicio de un chef o de un limpiador de cadáveres, sillas, la piel de un lobo, un tocadiscos y la maqueta de un bosque con los emblemáticos perros de la noche.

Valentina y Tomás son vampiros, ella centenaria, él de edad indefinida. Valentina es muchos nombres: Sejmet, Jian, Emilia. Heredera de una tradición ancestral, oscila entre lo tangible y el mito. Comparte con Tomás el erotismo hijo de la transgresión, en el camino de Henry Miller. Fernanda es en el triángulo el contrapunto. Es la presa, el cordero, el objeto del deseo. La tela blanca que ha de romperse y mancharse.

El fino y poderoso trabajo actoral mantiene una atmósfera intensa, envolvente, inquietante. Tomás Rojas construye un personaje de gestos contenidos, cortos, acompañados por un tumulto de imágenes y emociones internas, un brillo constante en los ojos capaces de expresar melancolía, ternura, una sensualidad de múltiples matices del placer al dolor. Logra una extraordinaria calidad expresiva en la construcción de ese personaje permisivo que justifica su fascinación por seducir mujeres jóvenes (en el caso de Fernanda no se trata de una menor de edad)  como la transmisión de un conocimiento. Lo que para otros se considera un abuso, él lo justifica como un servicio. El pivote originario de su placer está en el incesto y la infidelidad.

Valentina Martínez Gallardo nos da un personaje cargado de poderosa energía, con un lenguaje gestual plenamente persuasivo, entre la suficiencia y el vacío, atravesado de adentro hacia fuera por un erotismo en la orilla del crimen. En su papel, Fernanda se mantiene con una necesaria discreción, en un bordado sutil hacia el descubrimiento de los claroscuros del deseo.

Conforme avanza la obra, Fernanda evoluciona y se mancha, deja de ser una chica frágil a la que le sangran los tobillos cuando se pone nerviosa, que le tiene miedo al mar; cambia el vaso de leche por una copa de sangre, se contagia del vértigo de oscuras profundidades en el oceano de la sensualidad. ¿Es que Tomás y Valentina se renuevan a través de de la extinción de la pureza? La muerte aparece en escena como una breve consumación de placer, donde la víctima es exaltada gracias a su sacrificio.

La efectividad actoral está basada en el talento de cada cual, en la evidencia de una pertinente formación y en su capacidad para estar en el presente, atentos el uno al otro, alimentándose de los mutuos estímulos, en la complicidad de grupo. Está en la capacidad de transformar la violencia en metáfora.

En la articulación del sistema de significados de Sed, se da especial importancia a la pista de sonido, que llega para ayudar a construir la atmósfera, lograr transiciones, ubicar en el tiempo y sumar un guiño de ironía. Se incluye de People are strange, de The Doors; Girl, de Alan Vega, Funky Shit, de Prodigy y Vals sentimental de Tchaikovski.

Sed, en el contexto de múltiples exploraciones de la violencia en el teatro mexicano contemporáneo, inserta en la discusión una mirada inquietante, en contrapunto. Nos recuerda la ruptura que significó Gurrola para nuestra escena en su diálogo colaborativo con Juan García Ponce, su fascinación por el universo de transgresiones planteado por Georges Bataille y el Marqués de Sade. Se aparta de la discusión política para retomar tradiciones de reflexión filosófica sobre el mal, el deseo, la sexualidad, la soledad, que contrastan con la crueldad desnuda, des-emocionalizada sin más objetivo que la venganza, el ajuste de cuentas, un afán salvaje de poder, una inercia destructiva basada en la impunidad. Plantean otra perspectiva para pensar el presente al recordarnos la sofisticación de motivaciones emanadas de un complejo enramado de mitos, elaboraciones del deseo a partir de los tradicionales equemas de prohibición, el deseo como soledad absoluta en la sucesion de instantes de absoluta cercanía.

 

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
2. Sebastián Kunold
3. José Jorge Carreón

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