La virginidad de los ojos

por Juan Carlos Araujo | 9 nov, 2018

Al entrar al foro se escucha una versión del Ave María en griego. Un foco rojo es la única fuente de luz sobre una silla en la que Jocelyn, Rufino de nacimiento, se encuentra desnuda. Mira a los ojos de los asistentes, coquetea mientras los espectadores toman asiento en el interior de la escena. El ambiente que se ha creado es de marginalidad y deseo, un sórdido lugar donde el sexo es moneda de cambio.

Bala’na, escrita y protagonizada por Alexis Orozco, bajo la direccion de Ricardo Ruiz G., es resultado de varios años de investigación sobre la vida de las chicas trans en Oaxaca. En esos años Orozco convivió directamente con ellas en la cuadra, su espacio de trabajo. Quiso vivir en carne propia los miedos, incertidumbre, desolación y expectativas de las personas y situaciones objeto de su estudio. Los complejos vínculos de poder entre una madame, las chicas y el entorno están enunciados, pero no suficientemente desarrollados. En este mundo lo que impera es una cadena de esclavitudes, del patrón que abusa del joven mozo, a la esposa que lo expulsa, a la madame que lo acoge y le enseña una forma de vida mientras también lo explota. La puesta en escena se dedica a las chicas marginadas que mueren por crímenes pasionales, de odio o por SIDA.

El director organiza el espacio en una relación con el espectador que busca la máxima intimidad y cercania. El actor se dirige al público directamente, lo involucra ya imponiendole el trabajo de sostener un espejo de mano, ofreciéndole una cerveza que saca de una cubeta con agua entintada de rojo o hablándole a lo ojos como si fuera uno de los personajes. En un momento dado la protagonista toma un foco incandescente y lo dirige a la cara de uno de los espectadores. La mirada de la protagonista es de profunda rabia. “Si fueras mi mamá, ¿qué me dirías?”, pregunta Jocelyn. Como respuesta recibe un un silencio que llena la sala y después musita un tímido… no sé.

El vestuario es un elemento significativo importante. Lo que vemos son trajes tipicos del Istmo de Tehuantepec, no la ropa que usan las chicas de la cuadra. Esta decisión es un desafío a los estereotipos establecidos por el statu quo, del cómo se debe ver una mujer dedicada a la profesión más antigua. De una cuerda tendida en un extremo del escenario penden varias pelucas, en expresión de la costumbre de las trabajadoras nocturnas de la cuadra de ser alguien diferente, lucir como una persona distinta cada noche y así crear la expectativa de novedad e incertidumbre, aún entre los clientes asiduos.

La música también aporta a la poética en la puesta en escena. La pieza Luto por derecho de Atilano Morales se usa en el Istmo únicamente cuando muere un cónyuge, los padres o en Semana Santa para honrar la muerte de Jesucristo. En Bala’na suena al momento en que Jocelyn pierde a la mujer que le salvó la vida, cuando entendió que en su existencia el amor sería una imposibilidad. Música típica de la región como La sandunga, la clásica canción de La llorona recuerda constantemente al espectador la geografía, tradiciones, usos y costumbres del entorno en que sucede tan cruda historia.

Alexis Orozco realiza un trabajo histriónico encomiable en su honestidad, compromiso y capacidad de hacer uso de sus entrañas para dar vida a Jocelyn. Es evidente su pasión por el tema, su empatía por el sufrimiento de esta comunidad marginada, como tambien es evidente su falta de técnica vocal y actoral. Titubea en los movimientos y en la voz que suena atrapada en la garganta, gritada en muchas ocasiones, ausente de una exploración de matices que pudieran lograr mayor fuerza.

Tras la muerte de Britanny a causa del VIH, Jocelyn abre la primera plana del periódico La Jornada. Detrás está una pancarta en la que se afirma que no todas las putas se mueren de SIDA. Otros carteles siguen con datos duros sobre la enfermedad, su presencia en el estado de Oaxaca o bien con consignas de protesta. Bala’na es, por sí misma, una denuncia y un grito en contra de la discriminación, la violencia hacia la comunidad LGBTTTIQ. Las pancartas con datos e información al alcance de todos se quedan en un recurso ilustrativo, redundante.

La decisión de intercalar elementos documentales en la ficción se hace de manera confusa. Los recursos se quedan en el lugar común, en el desaprovechamiento de información muy valiosa recabada por el dramaturgo en los años de indagaciones y que no se comparte en escena, en una propuesta estética que no acaba de cuajar.

“El hombre que yo amo no sabe de enojos, no entiende rencores.”, dice la canción de Myriam Hernández interpretada por la oaxaqueña Juanita Ramírez, la que escuchamos entremezclada con los gritos de dolor y terror de Jocelyn mientras es brutalmente atacada. Una víctima más de la transfobia que impera en nuestro país. Bala’na, obra ganadora de la Muestra Regional de Teatro por el Centro, brinda una honesta exploración del oscuro mundo donde la única virginidad que vale la pena es aquella que se esconde en la mirada.

 

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Créditos de foto:
Raúl Kigra

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