Lanzamiento de la memoria

por Carlos Urani Montiel | 20 nov, 2018

El 5 de junio de 2009 el incendio de la Guardería ABC en Hermosillo conmocionó al país. La tragedia cobró la vida de 49 pequeños; el proceso para que los responsables sean llevados ante la justicia parece interminable. A un par de años del suceso, el comediante Sergio Verduzco, conocido como Platanito, hizo una broma sobre el incendio; dijo en su stand-up que en el mismo lugar habían abierto una pollería llamada “Kentucky Fried Children”. ¿Existen límites del humor frente al duelo? ¿De qué manera se concilia el entretenimiento con la conmemoración? ¿Puede la comedia promover el respeto ante los deudos?

La 39 Muestra Nacional de Teatro llegó a su fin con una obra invitada: Olimpia 68 (lecciones de español para los visitantes a la Olimpiada), dirigida por Flavio González Mello quien la escribió en 2008, año de su estreno. La coproducción entre el INBA y Erizo Teatro luce pertinente a medio siglo de la matanza de Tlatelolco. La tragicomedia se divide en dos actos con un intermedio. A los extremos del escenario del Teatro del Bosque, Julio Castillo se ubican unas pizarras con el título y “tiempo récord” de cada escena: el primer acto consta de 14; mientras que el segundo, de una menos. Así se estructuran las tres horas que dura el espectáculo, que —según su premisa— “indaga en el problema de la pérdida de la memoria, tanto personal como histórica”. Un par de secuencias argumentales conforman la trama: por un lado, el rapto de Sammy, atleta que proviene de una isla del Pacífico, perpetrado por el Batallón Olimpia; y, por otro, la aparición de Julio, estudiante herido que padece de amnesia, en un dormitorio de mujeres en la Villa Olímpica.

La puesta en escena sorprende a nivel visual. El diseño escenográfico e iluminación, a cargo de Patricia Gutiérrez, recrea en un amplio espacio (de 14 x 14 metros, con un ciclorama de fondo) las diferentes pruebas de la gesta deportiva. El piso de color negro, sobre el que se trazan con cal pistas y carriles, contrasta con la paleta blanca tanto del vestuario (uniforme de los atletas y ropa íntima de los estudiantes) como de la utilería (tablas y troncos de pirámide marcados con números e incluso las letras monumentales con la icónica tipografía de “México 68”).

A la atmósfera competitiva o de convivencia de cada escena, ambientada con rock de los 60, irrumpen elementos discordantes que violentan a los personajes. Así, por ejemplo, el disparo de salida de un hit eliminatorio acribilla a un corredor; la prueba de relevos la realizan estudiantes que se turnan la propaganda del movimiento y los botes de colecta; el potro de gimnasia sirve para inmovilizar a una víctima de violación. Sin embargo, y a pesar de que el símil deportivo tenga una connotación respecto a la violencia política, la propuesta del dramaturgo y director se centra no en la crisis de los perseguidos, sino en el enredo de quienes visitaron al país diez días después del mitin. ¿Se sabe de alguno que haya manifestado un posicionamiento? Si bien es cierto que la imaginación llena los huecos que deja la historia, qué nos ofrece la perspectiva de deportistas extranjeros a 50 años de lo ocurrido en Tlatelolco. Al respecto, Salto triple, escena cinco del primer acto, es la más significativa, ya que el cadáver oculto por zapatos en la arena evoca la actitud de los medios de comunicación. Mientras que la atleta se niega a realizar la prueba al descubrir una mano que emerge del foso, los jueces amenazan con descalificarla: “no empecemos a buscar culpables cuando ni siquiera está claro qué fue lo que en realidad sucedió”. La escena dura 3 minutos con 45 segundos.

El elenco, conformado por 12 actores, da vida a cuatro bloques de personajes: atletas, jueces (que solo se desempeñan como árbitros), paramilitares y estudiantes. Sobre el primer grupo, integrado por ocho nacionalidades, recae el grueso de las acciones. El flujo de la consciencia de los deportistas a través de soliloquios resulta atractivo, pero esta exploración, además de que sucede poco (como en la prueba de 100 metros planos femenino), no incide en la trama. El personaje más llamativo, Calixto, coquetea con el asunto de fondo: el marchista mexicano confiesa, en la primera escena del segundo acto, haber participado en algunas marchas, pero dejó el movimiento para seguir entrenando. Después “pasó lo de la Plaza y todo eso… y supe que sí, que había que llegar hasta el final”. Su estrategia consistía en ganar la medalla de oro para ser congratulado por el presidente y una vez frente a él “sacar la 22 y meterle la bala en medio de los ojos”. ¿Qué ocurre con el plan de Calixto? Nada. Fracasa. La obra lo olvida y no vuelve a aparecer. En cambio, el enredo causado por el embarazo de la clavadista japonesa Riko provoca risas y aligera el tono. Lo mismo ocurre con los galanteos del otro marchista mexicano y las intervenciones de El Macaco en la zona arqueológica de Cuicuilco e Inge, lanzadora de bala de la República Democrática de Alemania, interpretada por un hombre. El tratamiento de las lenguas extranjeras es deficiente (a pesar de que el japonés sí contó con una asesoría especial). Sus hablantes se convierten en estereotipos, cuando no en caricaturas, siempre propensos a la broma fácil, al chascarrillo ajeno a la reflexión (pero cercano al humor de Cándido Pérez o a los chistes en donde el ingenio mexicano sobresale ante un cóctel de otras naciones).

Al grupo antagonista pertenecen un militar, con su clásico uniforme, y un par de agentes del Batallón Olimpia, vestidos con traje oscuro y camisa clara. Los distingue el guante blanco y una nariz de payaso. No hallé elementos del clown en su actuar; el móvil de operación depende de un soplón, quien disfrazado de vendedor ambulante ofrece un globo negro a los sospechosos. Por ridículo que parezca, Zllrsursllamii –también llamado Sammy– cae en las manos de los paramilitares, quienes lo confunden como activista mexicano. Este pelotari polinesio le da sentido al subtítulo de la pieza, ya que lleva consigo un manual: Lecciones de español para los visitantes a la Olimpiada. No cuestiono la verosimilitud de esto, ya que no la tiene, pero me duele que la empatía de la masacre se concentre en una figura tan exótica, tan irrisoria, tan distractora.

Olimpia 68 abre y concluye con decenas de zapatos que caen desde lo alto. El estrépito que provoca este símbolo de los desaparecidos potencia esos momentos clave. Sin embargo, quedan regados en escena y, aunque en ocasiones operan como el elemento discordante descrito líneas arriba, pierden fuerza representativa. Incluso, los personajes se tropiezan con ellos. Este mismo ejercicio funciona en Julio, sobreviviente que ha perdido la memoria y que forma parte del decorado del cuarto de las atletas, en donde las puertas corredizas en un panel movible crean tres espacios: un baño, un armario en el que el estudiante yace convaleciente y la entrada al dormitorio, al que también se accede por las ventanas. Su presencia en la Villa encarece el enredo. Para cuando accede a vestirse como novia, suplantando la identidad de Riko, es normal que sea confundido por Mincho, el luchador grecorromano búlgaro, quien la seduce y manosea. Julio, metáfora de lo que pervive, se desconoce a sí mismo. Paradójicamente, el arco dramático de la tragicomedia se aleja del meollo del asunto, para ofrecernos una visión retirada, ligera y graciosa de aquel octubre. Olimpia 68practica el lanzamiento de la memoria a una enorme distancia en tiempo récord.

 

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Créditos de foto:
Raúl Kigra

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