Una lucha que no debe olvidarse jamás 

Por Juan Carlos Araujo

 

Invertidos, lagartijos, mariposones, maricones, jotos, putos: es interminable la colecci√≥n de vocablos peyorativos acumulada en M√©xico para nombrar a los hombres que se han atrevido a desear a otro hombre. No importa si fue en 1901 en una de las mejores casonas de la ciudad, en un an√≥nimo motel en 1969 o en los confines acad√©micos de una universidad a principios de los a√Īos noventa: la diferencia fue castigada, la sangre se derram√≥.

La homofobia en M√©xico, desde el punto de vista de quienes la han padecido, es abordada por el escritor y director Juan Carlos Franco en su puesta¬†Los Delirantes, un ambicioso trabajo dramat√ļrgico que busca abarcar tan enorme tema a partir de eventos sucedidos en tres d√©cadas diferentes.

La investigaci√≥n documental que Franco realiza durante el proceso de crear¬†Los Delirantes,¬†la tercera obra de su Trilog√≠a Del Reino, es evidente y encomiable. Sin embargo, la utilizaci√≥n de la informaci√≥n recabada cae¬†en escena en los peligrosos terrenos de lo aleccionador y la denuncia anteponi√©ndose al buen flujo narrativo de las diferentes historias. Su empe√Īo por dejar en claro que el gobierno de M√©xico ten√≠a campos de concentraci√≥n para homosexuales en Yucat√°n, que Diego Rivera, Xavier Villaurrutia, Jos√© Clemente Orozco y, por supuesto, Jos√© Guadalupe Posada fueron blancos para insertar la homofobia dentro del inconsciente colectivo de la sociedad mexicana o la manera en que las noticias reportaban con sensacionalismo un crimen de odio, empantanan el inter√©s que se genera sobre las muy interesantes historias de un joven contador inexperto en el amor y un muchacho maya de bajos recursos, de dos amantes que deben ocultar sus deseos dada la doble vida que uno de ellos lleva y de un profesor de historia y su pareja, v√≠ctimas de la¬† f√©rrea convicci√≥n con que defienden sus ideas.

Algunas de las m√ļltiples y variadas decisiones en que Juan Carlos Franco toma la direcci√≥n de¬†Los Delirantes¬†incluyen desnudos totales que parecieran querer provocar m√°s que proponer, cambios constantes de vestuario al inicio del montaje para reflejar las distintas an√©cdotas, pero que despu√©s quedan en el olvido, la presencia omnipresente de un candil que distrae al ser utilizado sin ning√ļn tipo de aportaci√≥n y un ritmo vertiginoso que impide apreciar las palabras. El resultado es una sobresaturaci√≥n de elementos que terminan ensuciando y entorpeciendo la puesta, que podr√≠a beneficiarse si se reconociera que menos es m√°s.

El recurso que fortalece la totalidad de la propuesta est√° en la iluminaci√≥n de Alfred P√©rez, capaz de crear una gama de ambientes y evocar sensaciones. Es as√≠ que la luz dorada que ba√Īa a dos j√≥venes en su primer encuentro en una fiesta repleta de caballeros enriquece la expresi√≥n del deseo que ambos sienten; las sombras con que se crea un mundo italiano de blanco y negro donde dos desconocidos se dan un beso cobra tintes cinematogr√°ficos y una cruda luz blanca sobre un hombre enfermo al momento de mencionar a su madre sugiere los matices de su relaci√≥n con ella.

Mientras escucha la perorata académica con la que su amante Eduardo defiende su cátedra de Historia de la homosexualidad en México, Dante replica con calma aparente mientras su mano izquierda rasga el brazo del sillón en el que se encuentra postrado. Por su parte Eduardo, empoderado por sus convicciones reaccionarias se muestra ciego ante la clara debilidad de quien lo escucha y a quien dice que ama. Esta primera escena de Los delirantes, enriquecida por el ligero detalle en la actuación de Jorge Martinolli y por la pasión que desborda Fernando Carvajal, es contundente al mostrar a un personaje que se debate entre la calma y la tormenta y a un hombre ciego ante lo evidente. Por desgracia este es de los pocos momentos en los que funciona el trabajo actoral, en un todo entorpecido por la ráfaga de diálogos, sin una verdadera intención o por una falta de matices en la construcción de una plétora de personajes que se encarnan.

Se dice que aquellos que olvidan su historia est√°n condenados a repetirla. La comunidad homosexual en M√©xico y en buena parte del mundo ha logrado enormes avances en su lucha por la igualdad, la aceptaci√≥n y la inclusi√≥n.¬† La amenaza de regresiones de estas conquistas no debe desestimarse. Muchos j√≥venes gay no tienen la menor idea de la muy dolorosa y sangrienta lucha que sucedi√≥ no hace tantos a√Īos para que ellos puedan gozar de la enorme libertad que hoy disfrutan. Es de verdadera urgencia que esta historia jam√°s sea olvidada. Hay mejores maneras de contarla.