De caballeros y supervivencia imaginaria

por Guadalupe Gómez Rosas | 28 nov, 2019

Una estrella fugaz cruza el reducido escenario, lo que anuncia la retirada de un padre de familia. Un globo iluminado y de gran tamaño marca el paso entre el día y la noche, mientras que una rústica ventana y un entarimado denotan una vida agreste. El canto de un gallo irrumpe como premonición. La enfermedad y la miseria están  representadas en el abrazo de Felipe y Margarito, protagonistas de la puesta en escena Los niños Caballero que se pudo ver en la Caja Negra de Colima.

A tres años de su primer montaje, la obra escrita por el chihuahuense Antonio Zúñiga, y dirigida por el joven guerrerense José Uriel García, con la compañía La Gorgona Teatro, cuenta la historia de dos hermanos de San Marquitos, comunidad de la montaña guerrerense, de ubicación tan compleja que cuesta imaginarla. El andar de estos dos personajes se complementa con un tercer elemento, que actúa como padre-oráculo y en ocasiones como nahual y un mítico jaguar. 

Margarito de 15 años, contrario al cliché del hermano mayor y protector, se encuentra postrado envuelto en una cobija que hace eco del firmamento estrellado. Visiblemente sudoroso, con una camisa bordada en color rojo y quemado, evidencia una situación de dolor y hartazgo. Su hermano menor, Felipe, de tan solo 12 años, con sombrero gastado y un pantalón sucio, debe cuidarlo. Con inocencia y responsabilidad el chico carga con su deber. ¿Tienes calor?, ¿estás triste?, ¿tienes sueño?, pregunta buscando una respuesta que aligere la pesadumbre.

La candidez se manifiesta en una televisión imaginaria que supuestamente transmite una pelea de box que el público no alcanza a ver, al igual que unos ladrillos que sostienen un ropero. Todo expresa lo que será el reiterado y exacerbado camino de la miseria. La enfermedad de Margarito obliga a no esperar al padre, a emprender camino hacia la clínica a orillas del mar. 

Felipe lleva sobre su espalda a quien debería protegerlo, pero no hay forma de invertir los papeles. La pobreza los devora. La ropa desgastada y los huaraches dejan entrever la larga marcha. No hay más posesiones, salvo las imágenes de su mente y un tambor, cuyas melodías fueron confeccionadas por Javier Santos para la puesta en escena.

El entarimado es ahora un teatrino. El recurso muta y se convierten en títeres que reproducen la vestimenta de los personajes ya conocidos: mismos colores y tramas sobre las mismas telas. El montaje de Los niños Caballero en la MNT tiene la particularidad de que Erik Herrera, el actor que interpreta normalmente a Margarito, tuvo que ausentarse, por lo que el personaje quedó a cargo del director José Uriel García, quien muestra la dificultad para construir en esas circunstancias de emergencia su rol, con los desfases en la interlocución entre actor y artefacto, que si bien son evidentes, no de peso suficiente para romper la progresión. 

El trabajo de Bella Nava personificando a Felipe es enérgico, desarrolla pulcramente el claroscuro de un infante cuyo hermano está muriendo. Ocasionalmente el tercer elemento abre la ventana de madera, como quien recurre a una memoria o enseñanza. Su actuación eficaz y sin pretensiones permite sustentar la cosmovisión de los niños.

En el viaje los hermanos transitan entre la fantasía y los horrores de la realidad. A diferencia de la dramaturgia de Zúñiga, feroz y directa con la enunciación del grupo delictivo Guerreros Unidos, en el montaje de García Solís hay una metáfora, una transfiguración de la presencia del depredador en un nahual con tres máscaras de confección grotesca y cabello enmarañado.

Las peleas existen como en cualquier familia, lo que permite llamar la atención del espectador con un simple ¿Por qué no me dejas y te vas? La tensión de los desencuentros entre hermanos disminuye con ayuda de canciones y juegos, incluso con la estruendosa inserción de la Danza del Jaguar. El silencio se hace en el foro con la palabra “leucemia”, entonces la tragedia se asoma: todos se llaman leucemia, Margarito incluido.

La leyenda que inspira el relato se queda en el aire. Los Caballeritos, según una antigua tradición oral, son infantes elegidos para llevar las brasas al sol. Su ardua labor deja estragos en el cuerpo a través de llagas y cansancio. Nombrarlos en voz alta puede romper el hechizo sobre los elegidos. En escena no acabamos de vislumbrar la relación entre Margarito y los Caballeritos. Una evocación directa se da en la sintomatología de la anemia aplásica, mal que aqueja al personaje. Cualquier distracción o error de ejecución actoral rompe el símil construido en la imagen del espectador.

La clínica y el paraíso marino son la meta: no hay más a dónde ir. La muerte de Margarito es ineludible: títere y actor unidos. Si bien es cierto que durante toda la obra hay un subtexto de reclamo al sistema, así como de la violencia que el abandono y la omisión gubernamental engendran, la canción de cierre lo declara de forma evidente y forzada. 

La puesta en escena se aleja oportunamente de un texto simple y apuesta por temas ásperos, donde la franja de lo fantástico y el temor social se funden. Ese acierto es también un punto débil. Dirigida a un público infantil, la obra puede dejar al espectador ensimismado en el misticismo y la enfermedad: el ciclo perenne de la miseria. La música, el vestuario y los diálogos rompen el corazón desde el principio.

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Crédito fotos:

  • José Jorge Carreón
  • José Jorge Carreón
  • Raúl Kigra
  • Raúl Kigra