Mis Bobul Gomers: Amor, nostalgia y ausencia

por Ricardo E. Tatto | 24 nov, 2019

La luz cenital se enciende y ambos ya se encuentran de pie sobre una tarima de tres por dos metros cubierta de césped artificial. “Huelen a chicle”, le dice Adán a Alma, refiriéndose a sus tenis de la histórica marca Bubble Gummers, al tiempo que empieza un relato veloz que se va internando por ese pequeño jardín metafórico al que también se le puede llamar memoria. No hay más recursos escenográficos que aquella tarima y el acompañamiento musical del guitarrista Aldo Obregón, sentado a un costado del escenario y que parece decir con sus composiciones que el tiempo es aquello que se encuentra entre las cuerdas vibratorias de su guitarra. Estamos en 1996, pero también en 2019. Estamos en Puebla, de donde es Adán (Jesús Rojas), o en Achotal, Veracruz, el pueblito donde vive su familia y Alma (María Fernanda López).

Durante las bodas de oro de los Salomón de Achotal y antes de la llegada del año nuevo, Adán se fija en Alma, vecina de su abuela. Ambos se encuentran en ese limbo entre la niñez y la adolescencia. Su dicción atropellada y la torpe enunciación inicial dan cuenta de esa zona llamada pubertad, destinada a ser incómoda. La gestualidad de los actores denota un destacado trabajo físico, pues los ímpetus y los tics juveniles están bien desarrollados en la construcción de los personajes. Así, cuando Adán conversa por primera vez con Alma, no puede evitar retorcer las piernas y las manos, buscando de manera entrañable esconder su nerviosismo ante la chica que le gusta.

Nace un amor primerizo, un amor vacacional que en un principio es acicateado por miradas y posteriormente por una relación epistolar. Aunque esta trama está plagada de lugares comunes y tópicos manidos, el director, dramaturgo y actor, Jesús Rojas, hace que se sostenga en un montaje no pretencioso que logra una honestidad discursiva cimentada en una historia sencilla llena de anécdotas y humor. Ambos actores suben, bajan, se recuestan y corren alrededor de su pequeño escenario que a veces es la casa de Adán, el patio de Alma o una fiesta de fin de año.

La elipsis parte del origen y lleva la historia hacia el presente en el que se ve a Adán –ya como padre– contándole a su hija acerca de aquella amiga que habita sus recuerdos. De nuevo un salto temporal. Adán y Alma son jóvenes adultos que se han perdido la pista pero que gracias a un intercambio por WhatsApp están ante un inminente reencuentro. Ya no en Achotal, sino en Puebla, donde ella –ahora abogada– estudia su maestría. Esta vez la imposibilidad del amor asoma sus horribles fauces: Alma desaparece al tomar el taxi que la llevaría a la cita. No hay motivos, no hay explicaciones, solo una carpeta de investigación archivada como tantos casos en el país.

Adán se rehúsa a olvidarla y cree que Alma aún puede aparecer. Lo hace de cierta forma cuando su tía le avisa que su cuerpo al fin ha sido encontrado. Este giro dramático alude inevitablemente a los feminicidios en Puebla, y en México en general, de una manera sutil, eludiendo el melodrama y lo panfletario. En el presente, Adán conversa con su mujer sobre el futuro de su hija y le pregunta: “¿Qué debemos hacer para que nunca desaparezca?, ¿qué debemos hacer para que nunca viva con miedo?”

El escenario queda teñido de azul. Adán se va hacia el fondo y deja en su lugar a Alma, quien, desde el proscenio, se dirige hacia el público en un monólogo ubicado en el “hubiera”. ¿Qué habría pasado si no hubiera desaparecido? Nos habla de sus deseos, sueños y ambiciones. Una mujer como tantas otras cuya vida se ha truncado por la violencia de género.

Éste, el punto más álgido del montaje, era un buen momento para terminar. El epílogo que le sigue sale sobrando. Adán vuelve a aparecer para una última reflexión mientras el músico canta un coro melancólico, lo cual le resta contundencia al conmovedor y empoderado alegato de Alma.

Mis Bobul Gomers conecta con el público y lo lleva por un abanico de emociones que arrancan más de una lágrima y un fuerte aplauso al final, provocando que muchas personas se pongan de pie en el Foro Universitario Pablo Silva García, en la ciudad de Colima, durante la segunda jornada de la Muestra Nacional de Teatro 2019.

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Crédito fotos:

  • Raúl Kigra
  • José Jorge Carreón
  • José Jorge Carreón
  • Raúl Kigra