Moby ni tan poeta ni tan ballena

por Isaac Sainz | 6 nov, 2018

En la obra Moby: Poeta Ballena dirigida por Hugo Arrevillaga con la compañía hidalguense Neurodrama A.C., la indomable y enorme ballena icónica de la novela Moby Dick de Herman Melville es reducida a una ridícula botarga. La usa el joven German Méndez para atraer clientela en una pizzería multinacional llamada La gran ballena blanca. El protagonista espera financiar de esta manera sus estudios de literatura y lograr su gran deseo: ser poeta.

También está la joven amargada Mayra, que hace 10 años es gerente de la pizzería y que acaba de perder a su madre. Lanzando dolida sus cenizas, no deja de recriminarle el hecho de haber impedido alcanzar su sueño de tocar un instrumento porque según ella no es una profesión seria. En el restaurante descarga sus frustraciones en amonestar continuamente a German para que haga un mejor trabajo con la botarga —según ella más que invitar a la clientela la espanta— y remarcarle una y otra vez que ser poeta no es un empleo, ni le asegurará estabilidad ni éxito. A German y a la gerente de la pizzería la acompaña una adolescente. Es la misma Mayra 20 años menor. La joven escapa de la imposibilidad de estudiar música dedicándose a los videojuegos.

La obra dirigida a jóvenes escrita por Enrique Olmos de Ita, aborda el tema de la búsqueda de los sueños a través de estos tres personajes que van contando sus historias, deseos y frustraciones con un texto simple y reiterativo. El mensaje queda claro desde el inicio: que los jóvenes tomen las riendas de sus vidas. El conflicto que enfrenta cada uno de estos personajes es superficial. La infeliz gerente cree tener éxito por la estabilidad de un sueldo relativamente bueno y vivir en la casa de su madre cerca de su trabajo. German no sabe para qué sirven los poetas ni la poesía, pero por algo deben de existir. Y el de la joven adolescente es que su mamá no la deja estudiar música.

Un entarimado en forma de diamante que desemboca frente a la primera fila de butacas evoca una combinación entre muelle y barco en el que se emulan espacios más específicos: una habitación, la calle, la pizzería, una bodega. Mediante un diseño de iluminación meticuloso y efectos de humo se generan a ratos ambientes sugerentes y oníricos, dando la sensación que más allá del muelle o barco sólo hay abismo. Junto a la sonorización a cargo de Fernando De Ita Domínguez se logra configurar una propuesta estética plástica inicialmente sugerente, que va perdiendo significado durante el desarrollo.

La novela norteamericana publicada en 1852 es una mera referencia. Sólo se arrojan imágenes icónicas que remiten a Moby Dick: el barco, el muelle, el capitán, la ballena. Pero la historia legendaria del cachalote no dialoga en ningún momento con lo que pasa en escena.

El autor especifica en su texto que se trata de una “Pieza para botarga” y en ese sentido invita a jugar con el humor, lo tragicómico y la experimentación con los personajes, sin embargo se quedan en figuras que les falta carácter. El trabajo de los intérpretes es poco propositivo y se queda en soluciones actorales inmediatas, como sucede en la escena del encuentro entre ambas: la Mayra joven y aquella que podría ser en un futuro. La brecha generacional es anulada dado que ambas actrices parecen tener la misma edad y en vez de generar una confrontación real, parece un convivio, una mera confusión. Incluso en el clímax de la obra —cuando Mayra apunta a Mayra joven y a German con una pistola de Nintendo, optando por suicidarse— cierran con débiles enunciados hacia el público anunciando que ahora sí perseguirán sus sueños. Pero estos cambios solo se sustentan en lo dicho. No se les ve realmente ni mas decididos ni más empoderados.

 

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
2. Sebastian Kunold
3. Sebastian Kunold
4. Raúl Kigra

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