Nacahue: la consolidación de un lenguaje poético

por Guadalupe Gómez Rosas | 3 dic, 2019

Entran seis actores al Teatro Universitario Coronel Pedro Torres Ortiz. Llevan coloridos e impolutos trajes tradicionales huicholes y coras. Se congregan frente al foso de orquesta al nivel de la sala. Una mujer sube al escenario y enuncia: De la sierra del Nayar, brotaron dos culturas indígenas. Introduce a los guerreros sol o huicholes y a los guerreros luna o coras. Afirma que no son enemigos, solo son distintos y que en ocasiones lo distinto se vuelve uno mismo. 

Estamos ante la puesta en escena Nacahue: Ramón y Hortensia, en el marco de la 40 Muestra Nacional de Teatro. En la dirección está Juan Carrillo con textos de Marianella Villa y Marco Vidal y un elenco conformado por Mario Eduardo D´León, Sonia Couoh, Marco Vidal, Erandeni Durán, Ulises Martínez y Yadira Pérez. La organización del espacio es de Auda Caraza, la iluminación de Tania Rodríguez y el vestuario de Libertad Mardel. Para el trabajo del idioma de los coras, el náayeri, se contó con la asesoría de Edisa Altamirano. Inspirada en el clásico Romeo y Julieta, esta es la segunda entrega de la serie de Juan Carrillo basada en Shakespeare, que en este 2019 coincide con la celebración del Año Internacional de las Lenguas Indígenas.

La experiencia inicia con un acto simbólico. Se invita a un miembro del público a decir, en diálogo con uno de los personajes, su nombre y limpiarse la cara con agua extraída de un huaje. En esta obra los personajes coras se expresan en náayeri y los huicholes, en español. Al inicio, durante 15 minutos escuchamos un habla melódica, de finos contrastes emotivos, incomprensible para el público y, en la ficción, también para los huicholes. Lo anterior permite apreciar la musicalidad de este idioma y a la vez se nos demuestra que las relaciones humanas se tejen con palabras, pero también con la gestualidad. En escena, los movimientos del cuerpo y las miradas se vuelven un poderoso sistema expresivo. 

Hortensia y los suyos hablan un español en frases cortas, casi en proverbio. Ella está atada a un matrimonio forzado con un hombre violento que la toma por la fuerza cada noche, insoportable violación de su intimidad que expresa huyendo a la zona del público y de regreso al tablado. Contagia su estado de peligro y ansiedad. Cuando se decide a partir sin retorno y se adentra en la sierra, conoce a Ramón. 

La ritualidad está presente en la celebración cora donde danzan cuerpos teñidos en blanco y negro con máscaras zoomorfas corriendo por el teatro —incluidos pasillos y salidas— así como en la creación de cuadros donde se manifiesta el universo de cada personaje. En estos pasajes de ensueño destaca la representación del nahual-venado que acompaña a Hortensia incluso en la muerte. 

Los personajes de cada grupo étnico se colocan en los bordes derecho e izquierdo del escenario, que se habita de color y movimiento también con ayuda de listones de los cinco colores wixárika: naranja, blanco, rojo, amarillo y azul. Extendidas y enrolladas por los actores en el curso de la obra, tarea que realizan con plena soltura, estas cintas serán la materia prima para construir un refugio, un río, la sierra, a través de figuras geométricas. Estos hilos del destino atan y desatan relaciones y vidas, demarcan los territorios de cada cual y se metaforizan acciones; son los símbolos de un juego de cosmovisiones. 

El trabajo visual es de extraordinaria belleza. Su sello es la levedad y la fluidez en la combinación de coreografías, una delicada iluminación, los destellos cromáticos de los listones, la bruma que inunda la escena por momentos, así como el cuidadísimo vestuario. 

Las actuaciones son precisas, vivas, están finamente calibradas en la exploración de un intenso y fino universo emotivo. La aproximación a Shakespeare de Carrillo no se detiene en la fidelidad de la anécdota, en la superficie de los detalles. Toma el conflicto esencial y lo resignifica con libertad. Así, Ramón y Hortensia transgreden la barrera tendida entre sus pueblos. Es gracias a la química misteriosa del deseo y la identificación que ambos jóvenes se acercan en esta exploración del universo de dos culturas originarias no cristianizadas. El trabajo de Carrillo y su equipo es un riguroso homenaje a estos ancestrales pueblos, una aproximación llena de auténtica fascinación, asombro y respeto. 

Nacahue, voz que da título a la puesta en escena, se expresa en el infortunio y desventura que Hortensia siente al ver a Ramón herido por una flecha. Acción representada por una veloz cinta roja que surca el espacio. Nacahue es la madre tierra y abuela lluvia, deidad femenina del universo wixárika, que cimenta la cosmovisión de la sierra del Nayar, su abandono es la desgracia y su amor es la felicidad. Nacahue olvida a nuestros protagonistas cuando la muerte aparece abruptamente. 

En Nacahue: Ramón y Hortensia la tragedia se desata por el absurdo desencuentro que impone un sistema de creencias animado por la extrañeza, el miedo ante lo distinto. La aparición de las figuras del imaginario wixárika, así como el melodioso náayeri, trazan historia de causalidades y casualidades fatales, integridad, tolerancia y amor. Con esta puesta en escena, Juan Carrillo y Los Colochos Teatro demuestran una vez más su originalidad, fuerza y compromiso en la configuración de un lenguaje escénico escrupuloso y de enorme potencia poética.

***

Crédito fotos:

  • José Jorge Carreón
  • Raúl Kigra
  • Raúl Kigra
  • José Jorge Carreón