Parecer sin ser 

Por Araceli Álvarez

El dramaturgo sonorense Sergio Galindo inauguró la programación de la 38 Muestra Nacional de Teatro en León, Guanajuato con la obra No ser sino parecer, parte de la trilogía en verso del autor, presentada por la compañía Julías Teatro. Los principales aciertos de esta puesta dirigida por Paulo Galindo son la destreza del elenco, así como el uso de un dispositivo escenográfico diseñado por Sergio Villegas y Emilio Zurita, que remite al teatro de carpa de inicios del siglo pasado.

Es una farsa ligera que cuenta la necesidad de dinero de un actor que se cruza con un político que necesita un doble para escapar de las amenazas del narcotráfico, una situación de enredos que logra momentos de hilaridad. La rima se utiliza en todos los diálogos salpicada de jerga sonorense, de un modo que al público lego no le queda claro si se trata de versos o de libres consonancias.

Al inicio vemos una referencia a los carteles de propaganda política que hay en cada esquina del país en época de elecciones. El candidato a la presidencia, Francisco Flores Peña se aparece como foto viviente en un recuadro en la manta que funciona de pared. El político, de camisa, saco y sin corbata, asoma con la retórica acostumbrada. Su tartamudo y amanerado secretario particular, una lastimosa caricatura de la homosexualidad, se queda enredado entre las telas mientras el actor y su ayudante deliberan si aceptan o no la propuesta, a la que ceden atraídos por la paga.

Entre las ofertas de corrupción que recibe el candidato está la de unos vivales de proporcionarle una cachonda mujer a cambio de que al ganar las elecciones les permita “sembrar”. Le advierten que no les gustan los rajones. La mujer interpretada por Francisco Verú, se presenta como grotesca mercancía para el personaje y un efectista recurso cómico para el público. La mención de la violencia que cada día mata a 76 mexicanos, según las cifras oficiales, apaga las risas en el público, aunque no se vuelve a hablar del tema. El actor acepta fingir ser el político y en adelante no se vuelve a saber de los delincuentes ni de sus demandas y amenazas.

Entre las vagas menciones específicas a realidades nacionales, encontramos una referencia al presidente Enrique Peña Nieto: “Ya me sonaba lo de Peña”, le responde el ayudante al político Francisco Flores Peña cuando le explica cómo van a hacer la tranza con lo del doble.

El intermedio rompe la dinámica de la obra y el regreso al segundo acto nos trae más chistes, rimas y el planteamiento de más situaciones que no llegan a ningún lado. Ejemplo de ello es la intención del ayudante del actor de construir un acueducto. No sabemos si quiere aprovecharse o hacer una construcción benéfica para la ciudad. Del piso abre una trampilla para sacar un largo tubo azul. El ayudante explica a Flores su idea quien, sorprendido, la mejora: que la construcción pase por su rancho para que pueda ordeñarla.

El chiste podría remitir al Monumento al Tubo que se construyó en Sonora en 2012. El gobierno estatal creó una escultura de un tubo que costó 10 millones de pesos para conmemorar la construcción del Acueducto Independencia, obra que al final fue cancelada. El político se va por el largo tubo azul, como la crítica que lanzó.

Paulo Galindo, director de la puesta, interpreta al ayudante del actor. Involucra al público a lo largo de la función, un recurso cómico que acaba por desgastarse. Los personajes no evolucionan. En el caso del actor que hace de doble del candidato no vemos otro objetivo que actuar, no tiene mayores expectativas ni conflictos de conciencia. En ese rol, el autor de la obra Sergio Galindo, se mueve con la soltura de su larga trayectoria. Francisco Verú, quien además de la mujer hace del político, se mantiene en el tono del burócrata corrupto, cobarde y aprovechado. Completa el cuadro Saúl Barrios, quien con su personaje tartamudo seduce y causa risas, pero se queda sin desenlace.

Al final ninguno de los implicados tiene consecuencias, todos escapan o desaparecen sin mayor conflicto. El narcotráfico que se enuncia al inicio se esfuma. No ser sino parecer se vale de los recursos del género popular y hace homenaje a la tradición del teatro del Siglo de Oro sin cuestionar estereotipos. Parece una sátira de problemas relevantes de la realidad nacional pero no lo es: lo que se promete queda inconcluso y en la superficialidad.