Aplausos y carcajadas para una baja autoestima

por Sonia Gregorio | 11 dic, 2019

Una voz enérgica da la bienvenida en medio de música de salsa al tiempo que hace la primera, segunda y tercera llamada y pide al público que dé un aplauso a todos aquellos que han llegado temprano. De un lado del escenario sobresale un podio luminoso de acrílico con la leyenda “Sé honesto, habla de ti”, al fondo se encuentra colgada una cortina dorada, en medio una alfombra roja y del otro lado un set de música adornado con una tela color azul rey brillante. De entre las cortinas aparece un hombre vestido con un traje infantil de marinero y chapitas rojas en las mejillas. Da unas palmadas y una mujer aparece detrás del podio que ahora tiene todos los focos puestos en él. Los tambores resuenan y con tono exaltado, la mujer se presenta como Oliva Olivo, consejera espiritual. Dirigiéndose al público asegura que en este lugar se podrán curar de su adicción, instaurando poco a poco con palabras chuscas la convención de un grupo de ayuda donde los espectadores resultan ser adictos a las relaciones tóxicas.

La compañía Regordet Cabaret residente de Xalapa, Veracruz, presenta en el marco de la 40 Muestra Nacional de Teatro Oliva Olivo: adicta a los patanes, obra de cabaret que aborda el tema de las relaciones amorosas disfuncionales y evidencia el injustificado papel de víctima que a veces asume la mujer en éstas. La obra dirigida por Andrea Maliachi fue escrita por Paulina Guisa quien también interpreta a Oliva, clásico personaje de la caricatura Popeye el marino. 

La propuesta recurre todo el tiempo a la participación del público pidiendo aplausos, piropos, besos, e incluso hace que tres asistentes suban al escenario. El espectador responde rápidamente a los estímulos de la actriz y su ayudante Teclas (Amaury Rafael) quien ameniza con música toda la sesión espiritual. Pero los recursos de manipulación de la audiencia son tan excesivos que no dejan tiempo para la reflexión de lo que realmente sucede en el escenario. Oliva, que usa su propia historia amorosa como ejemplo, cuenta cómo se ofreció a un hombre que no quería estar con ella. Fue ella la que lo buscó esperando afuera de la construcción pese a que él hizo todo para evitar el encuentro. Se trata de Popeye, que aquí es un albañil y no un marino. Esta pequeña escena da cuenta sobre una mirada pocas veces abordada y que es la voluntad de la mujer de ser sometida, haciendo atisbo de lo que implica no tener autoestima, ni amor propio en una relación. Una vez que Oliva convence a su galán de estar con ella, comienzan sus inseguridades. Lo persigue a través de las redes sociales y no duerme pensando en él. Estas situaciones se presentan a través de acciones exageradas y absurdas a las que el público responde con carcajadas. Todo indica que el asistente se reconoce en la experiencia de Oliva, esta supuesta coach espiritual que recae a cada rato en su adicción a los patanes.

Todo su discurso motivacional culmina con el consejo de que para atar a la parejas lo más eficiente es hacer un muñeco vudú. Aparece desde arriba colgado de una cuerda un enorme muñeco de tela y Oliva pide que la ayuden a llevar a cabo los pasos para el hechizo de amor. Tres personas suben al escenario y ayudan a colocarle al muñeco una tanga roja, una rajita de canela y alfileres en el corazón y el pene.

Estéticamente la puesta en escena es sucia y burda, por momentos tropezada, y la música tan ruidosa que no permite escuchar al público que no está siendo tomado en cuenta como un estímulo para el acontecer de la escena. Así, por ejemplo, cuando los asistentes celebran a Teclas pidiendo una canción más, la actriz lo pasa por alto eliminando su entusiasmo. La escena termina reflejando ansiedad y premura. Pese a que Oliva Olivo: adicta a los patanes, le haría falta un poco más de cuidado escénico y menos estridencia, se aplaude el discurso que denuncia que las artífices del padecer de un patán también pueden ser las propias mujeres. Desde un principio resulta ser Oliva la que, a como dé lugar y a pesar del maltrato, busca a Popeye. El formato es excesivo, pero la denuncia es necesaria.

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Crédito fotos:

  • José Jorge Carreón