Amor es amor, incluso el amor propio

por Carlos López Díaz | 26 nov, 2019

El príncipe Tadeo es un joven que aprovecha los privilegios de la corona: duerme hasta pasada la mañana, tiene quien le ayude a vestirse y no hay nada que le impida hacer yoga, leer y pintar. Sin embargo, no vemos que sea feliz. Su madre, la reina, ya está cansada y quiere jubilarse. Para que esto suceda es necesario que Tadeo se case y así herede el trono. Al pedírselo, el príncipe titubea un poco, pero acepta. Entonces la reina decide organizar un casting para encontrar a la futura consorte. Las candidatas que se presentan no cumplen con los gustos de la familia y, justo antes de darse por vencidos, aparecen la princesa Celeste y su hermano el príncipe Azul. Entonces Tadeo decide casarse… con el príncipe Azul.

En congruencia con el texto de Perla Szuchmacher, el director Artús Chávez recrea un universo fársico para contarnos Príncipe y Príncipe, un cuento de hadas que rompe con la estructura tradicional al presentarnos un cambio en los roles de género y plantear otras opciones de finales felices. La obra cuenta con las actuaciones de Anahí Allué, Christopher Aguilasocho, Miguel Romero, Eduardo Siqueiros y Margarita Lozano. La producción está a cargo de La Caja de Teatro, compañía creada por Giselle Sandiel, –quien es además responsable del vestuario–, y de Félix Arroyo, –quien también es diseñador de la escenografía e iluminación–.

El salón de palacio en donde nos encontramos está pintado enteramente de blanco, con los bordes de sus elementos en color negro: columnas neoclásicas, adornos en las paredes e incluso algunas estatuas pequeñas. Esta ausencia de color contrasta con una diversidad cromática en los vestuarios y peluquería de los personajes: cada quien tiene asignado uno. Desde el rojo para la reina o el verde para el mayordomo, hasta la referencia obvia del príncipe Azul.

En el momento en que Tadeo comunica a su madre la decisión de su boda, vemos pasar en ella todas las etapas del duelo, desde la negación hasta la aceptación, en menos de un minuto. En este ejemplo podemos notar el tono fársico de la obra, como también lo vemos en las variadas (y a veces bestiales) princesas que desfilan en el casting y en la gestualidad del mayordomo del palacio.

Este último personaje cobra relevancia al ser el primero que plantea un juego directo con la audiencia, que permite que poco a poco vaya participando en el desarrollo de la historia. En dicho juego el mayordomo sale a escena con un letrero donde pide silencio al público. Al darse la vuelta, el letrero pide lo contrario, y los asistentes reaccionan haciendo refunfuñar al personaje. En una segunda escena vuelve a aparecer con el letrero y al darse la vuelta, el texto ya fue cambiado, engañando a unos cuantos espectadores que estaban listos para hacer ruido.

A estos juegos se suman varios rompimientos de la cuarta pared, como cuando la reina pide la validación de una señora al regañar al príncipe o cuando pasa los límites del escenario y se lo menciona a sus compañeros y al público. Estos involucramientos llevan al espectador a entrar al convivio teatral, a entusiasmarse con lo que están viendo en escena y a festejar la transgresión que todavía representa el que dos hombres se casen.

El cierre de la obra convierte al Teatro Hidalgo de la ciudad de Colima en un gran salón donde se celebra la boda real y en el que el público es el invitado especial. Las fanfarrias se escuchan en todo el recinto y una marcha nupcial, parte de la música original creada por Iker Madrid, engalanan el evento. La reina y el mayordomo reparten papelitos de color metálico entre las primeras filas del teatro, con los cuales se festejará tan gloriosa ceremonia.

En gran mayoría de las historias que tratan temas LGBTTTIQ, el tratamiento hacia los procesos de aceptación de la identidad propia y de algún familiar está inundado de dramatismo. Sufre la persona con una orientación sexual diferente, sufre la familia, sufren los amigos. Los finales no siempre son felices. En el caso de Príncipe y príncipe nos encontramos ante una historia donde “salir del clóset” o reconocerse como “diferente” no son un problema. La felicidad que Tadeo buscaba la encontró hasta que pudo aceptarse como es, sin tener que cumplir con obligaciones sociales o familiares. El príncipe no duda de que su preferencia sea “normal”, si su madre lo va a aceptar o incluso si desde su posición de próximo rey, su pueblo lo rechazará.

Como buen cuento de hadas, éste sí tiene un final feliz. Ojalá así fuera siempre en la vida real

***

Crédito fotos:

  • Raúl Kigra
  • Raúl Kigra
  • José Jorge Carreón
  • José Jorge Carreón