La construcción comunitaria de la infancia

por Guadalupe Gómez Rosas | 10 dic, 2019

La propuesta escénica Pulsar es el recuerdo del instinto humano por la felicidad y la comunidad. En la recta final de la 40 MNT, Adrián Hernández y José Luis Agüero, integrantes de Teatro al Vacío de la Cuidad de México, mostraron el trabajo para infantes de 0 a 3 años que los hizo merecedores en 2017 al Premio argentino ATINA a mejor espectáculo extranjero.

Agüero junto a Alejandro Chávez —en reemplazo de Hernández quien estaba lesionado— protagonizan el juego que invita a los niños no solo a seguirlos sino también, a emular sus movimientos. La experiencia sensorial inicia sobre un piso blanco, dos conjuntos de tablas de madera, tres flancos y cojines a ras de suelo. La iluminación y vestuario es de Mauricio Ascencio y el paisaje sonoro de Camila Romero. 

Se trata de una propuesta que trasciende en el actor, en los niños, sus padres y eventualmente, en el público general. El trabajo en escena dialoga con el movimiento y la mirada. Ambos actores se sientan sobre los bloques mirando de frente, uno continúa y repite los movimientos del otro. Conversan con sus cuerpos reflejados: elevan un pie, el otro, se mantienen en el aire apoyados en la espalda baja, oscilan, aplauden, descienden al suelo y se esconden tras las tablas. Ocasionalmente uno de los niños en el público empieza a reproducir los movimientos que observa.

Los actores interactúan con la mirada de los pequeños, les sonríen y atrapan al público con su plástica corporal. Se escuchan frases de los niños que resuenan en el lugar: “¡qué traviesos!”, “no caben, mamá”. Agüero y Chávez deshacen la torre de tablas y las comienzan a empujar a ras del suelo en dirección contraria. La atención de los infantes aumenta. 

Lentamente construyen caminos con el resto del material. Se apropian y danzan entre los senderos creados que conectan la periferia hasta el centro del reducido escenario y nunca pierden el contacto visual con los más pequeños. Tras el juego, un abrazo de los actores en el centro personifica el cariño y la confianza.

Avivados por la curiosidad, los niños empiezan a entrar al rectángulo o a tocar las tablas cercanas. Los actores invitan, personalmente y en voz muy baja, a padres y niños a cruzar el umbral. Algunos de los pequeños ni siquiera necesitan invitación. Exploran la textura de la madera y construyen su propio camino. Cada vez hay más público en escena. En esta nueva secuencia, los niños caminan y saltan entre los bloques siguiendo a los actores. Se inicia un ritual en comunidad donde las tablas se transforman y superan su literalidad para convertirse en símbolos de unión. 

Los caminos ya fueron recorridos, se superó el miedo, la seguridad está ganada. “Estoy ayudando, mamá”, dice uno de los pequeños. Ahora actores y niños crean un bloque conjunto con las tablas al centro. Incluso los más pequeños —aquellos que no han aprendido a caminar— se afianzan a la madera, la sienten y descansan sobre ella. Son partícipes de la construcción de colectividad.

La dramaturgia carece de texto pero es rica en acciones e imágenes donde se establece la idea de un espacio confiable y abierto para la búsqueda. El resultado es la invitación a una práctica amable, sutil, sencilla y honesta. Basta la utilización de simples elementos y una serie de movimientos estudiados para pasar a un plano simbólico en un juego por redescubrir la esperanza de edificar un mundo mejor. 

Se asoma el recuerdo de los adultos que observan atentos y donde en algunos casos las lágrimas aparecen como acto reflejo de la naturalidad, la candidez, la honestidad y la cooperación que hemos olvidado. Al final contemplamos un paisaje que se mueve, transforma y crea en medio de la sencillez, pero con la pureza de la infancia.

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Crédito fotos:

  • José Jorge Carreón