Recuerdos de lucha

por Isaac Sainz | 22 nov, 2018

La legendaria compañía TATUAS presenta El estanque dentro de la 39 MNT, como ganadora de la Muestra Regional de Teatro Noroeste. Una obra original de Roberto Corella y dirigida por Rodolfo Arriaga que se sitúa en el contexto de la guerrilla desatada por la Liga Comunista 23 de septiembre, alianza fundada en el año 1973 por grupos estudiantiles que abanderados por el comunismo y cansados por el diálogo estéril que proponía el gobierno ante las represiones de 1968 y 1971 radicalizaron sus acciones optando por mecanismos como la lucha armada: mítines, huelgas, secuestros políticos, asalto de empresas y fábricas. A esta afrenta, en 1975 el gobierno mexicano respondió con el despliegue del ejército dando pie a una guerra sucia que provocó una parálisis económica, vandalismo, incendios y la muerte de civiles tomados por guerrilleros en algunos estados del país.

La obra inicia con una atmósfera fantasmal: actores vestidos de blanco que comienzan a deambular por el escenario en un caos ordenado, gritando y murmurando textos que dan cuenta de sus crisis, en una evocación de un ambiente que alude al norte del país al emular una vendimia o un paseo en troca por la terracería. La disposición del espacio realizada con huacales blancos, que se modifican para adecuarse a cada escena, y el atinado diseño de iluminación remiten a la serranía, creando una atmósfera adecuada para entrar en la ficción.

La trama se centra en una madre que traicionó a su pueblo para salvar a uno de sus hijos, Benjamín, quien decidió unirse a la LC23S y se encuentra oculto en las montañas. En su desesperación, ella hace un trato con el ejército que consiste en entregar a dos líderes guerrilleros, Pablo y Arturo, a cambio de su hijo. Pero los militares no respetan el trato y matan a Benjamín cuando intentan escaparse con Tila, su enamorada. Desde entonces la madre lucha contra sus remordimientos, representados por fantasmas que recriminan su traición.

El montaje no ahonda en hechos históricos ni brinda datos, se concentra en manifestar el sentir de las poblaciones a través de una mirada interior que encuentra resonancia con historias de lucha presentes como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional o los Grupos de Autodefensa Comunitaria. El texto de Corella posee un lenguaje poético que no pierde conexión con lo coloquial por el uso de frases, dichos y canciones de la región y teje una trama situada en tiempos distintos que nos van revelando detalles de la historia como el amor de Tila y Benjamín, los soldados buscando a Pablo y Arturo o el cura sonsacando a la gente para delatar a miembros de la LC23S.

Gracias a la química escénica y al trabajo actoral, especialmente de Marcela Beltrán en el papel de la madre, se logra evocar el ambiente rural, la zozobra, el estado de pérdida y culpa en la que vive este personaje y quienes la rodean. Los actores representan a varios personajes en caracterizaciones sugerentes que se apoyan con elementos sencillos de utilería y la creación de una atmósfera proporcionada por las distintas tonalidades de la iluminación que indican tanto lugares como estados de ánimo, al acentuar las escenas con rojo,  ámbar o blanco.

La compañía da muestras de un dominio de ese lenguaje estético que se encuadra dentro del movimiento Teatro del Norte y no es para menos, si se trata de una compañía fundada por su precursor Oscar Liera. En ese sentido la puesta ofrece un diálogo con el marco histórico que plantea, resaltando su postura y la situación geográfica desde la problemática y la cotidianeidad de sus personajes, es decir, considera el contexto como punto de partida para la ficción. Pero a más de 30 años de su auge, sorprende no ver elementos que abonen a esa estética que tanto aportó al teatro mexicano. Los recursos estéticos con los que cuenta el trabajo, aunque poseen cierta dinámica y están bien logrados, provocan una sorpresa inicial que decae rápidamente en expectativa. Una vez sumergidos en la historia, la obra decae en ilustración y se pierde en sí misma, víctima de un ritmo sosegado que si bien alude a un tiempo rural no alcanza a sostener una tensión dramática que logre conectar con el espectador actual. El hilo conductor de toda la propuesta es la evocación de ese plano fantasmal perdido en el pasado o en la memoria, de la que el mismo montaje queda representado como un valioso recuerdo de un teatro de otra época.

 

***

Créditos de foto:
01. José Jorge Carreón
02. Raúl Kigra
03. Sebastian Kunold

Volver a Críticas