Romeo y Julieta, un amor a señas

Araceli Álvarez Ugalde | 15 nov, 2018

Todo inicia en un teatro. Dos trabajadores de limpieza se encuentran en el camerino, la chica le habla a un joven, pero él está de espaldas. Ella sigue hablando hasta que se desespera por ser ignorada y lo encara: ¿Estás sordo o qué?, grita la chica y el joven, sorprendido por el gesto, le hace señas para hacerle entender que no puede escucharla. Ella ríe, se ruboriza, baja la mirada y al ver el libreto de Romeo y Julieta le dice que pueden comunicarse si él le va mostrando cómo se dicen las palabras. Este bello inicio da pie a la conocida tragedia de los amantes adolescentes de Verona, en una versión sobre el original de William Shakespeare dirigida por Carlos Corona, que incluye al público con discapacidad auditiva. Propuesta de la compañía Seña y Verbo, que desde hace 25 años ha difundido la cultura sorda y la Lengua de Señas Mexicana.

El escenario en que se desarrolla ¡Silencio, Romeo! es un gran biombo de madera que simula el camerino, un gran acierto de la puesta ya que se adapta con facilidad a las necesidades de la historia y permite un juego dentro del teatro en el que sospechamos se presenta la obra en cuestión. Su magnificencia encaja de maravilla con la atmósfera de romanticismo y ternura, a la vez que permite la entrada y salida de los personajes, así como la creación de distintos espacios con muy pocos elementos.

Entre el público se escuchan los suspiros y las exclamaciones de enternecimiento. Romeo es sordo, pero entiende todo lo que dice su amada. Julieta es oyente, pero transmite su amor a su pareja con lenguaje de señas. Otro de los puntos a favor de la obra es el humor con el que juega Carlos Corona y que se manifiesta a lo largo de toda la puesta, como cuando los protagonistas se besan por primera vez durante la fiesta de los Capuleto, mientras Mercucio coquetea con un trapeador que lleva un moño rosa. El vestuario también es un efectivo juego de ida y vuelta entre épocas: en la parte superior llevan jubones y camisas de lino blanco, en la inferior, pantalones de mezclilla y botas amarillas.

Para crear este efectivo universo escénico la compañía trabajó durante más de seis meses en la adaptación del texto de William Shakespeare, primero desde un original en inglés, luego con la adaptación de Carlos Corona para cuatro actores y finalmente en la interpretación a Lengua de Señas Mexicana realizada por los actores sordos Eduardo Domínguez y Roberto de Loera. Fue un proceso complicado en el que ambos reconocen que tardaban hasta una hora en interpretar una sola frase, pues la lengua de señas se estructura de manera distinta al español. Una vez conseguido el texto, con un balance entre lo coloquial y lo poético, fue presentado ante público sordo para garantizar que todos pudieran apreciarlo al mismo nivel. Una proeza que logran de manera impecable, pues las manos son el elemento principal en esta puesta, en la que se comunica y juega a formar con dedos las espadas y dagas que matan a Mercucio y a Teobaldo.

Las intervenciones de Domínguez y De Loera son interpretadas a la par al español desde un atril por sus compañeros hablantes Daniel Ortiz, Valeria Fabbri y Estela del Rosario (quienes alternan) y por los músicos ubicados a la derecha del escenario, Luz Olvera y Sebastián Lavaniegos, que además interpretan música isabelina para situar los sucesos en su contexto original. Destaca su labor porque no se trata solo de decir sus diálogos, sino que también son parte del juego dramático y aportan la misma carga emocional que sus contrapartes.

¡Silencio, Romeo! es un trabajo profesional en el que cada elemento es utilizado en toda su dimensión y logra transmitir la belleza de las palabras del Bardo y del Lenguaje de Señas Mexicano, como sucede en el monólogo que le toca a cada actor. En Romeo, por ejemplo, la poética del autor inglés rebosa después de los primeros besos entre los enamorados. A la izquierda del escenario una luz azul baña su figura como si fuera la luna, Julieta está a la derecha suspirando desde su balcón. A ella la ilumina el color blanco para contrastar entre la oscuridad de la noche y su habitación. Romeo dibuja con su rostro feliz y sus manos, la lírica del enamorado.

Sin embargo, valdría la pena un trabajo de edición de escenas para no perder el ritmo y la intensidad, pues inicia sorprendiendo al espectador con la presentación de todos los elementos que tendrá y poco a poco desacelera en el afán de contar la historia original escrita por Shakespeare. También se podría profundizar en la diferencia de los amantes, pues aunque en la información de la obra advierten que los Montesco son sordos y los Capuleto oyentes, los personajes no lo integran a la trama dramática y se podría potenciar el enfrentamiento entre las familias al agregar un punto sobre la resistencia que podemos sentir a lo diferente, el miedo al otro. Si existe en intención no se hace patente como un tema dentro de la obra.

Con esta propuesta la compañía Seña y Verbo lleva una obra clásica a un público de todas las edades de manera entretenida, conmovedora y entrañable, realizando un esfuerzo para la verdadera inclusión de un sector tradicionalmente olvidado en el teatro, que además permite al público oyente ser partícipe del complejo mundo de la expresión silenciosa.

 

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Créditos de foto:
Raúl Kigra

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