Señoras: Un ritual de rebeldía amoroso

por Sonia Gregorio | 30 nov, 2019

Señoras (una obra con mi mamá y sus amigas), dirigida por Sayuri Navarro, de la compañía Monos Teatro, originaria de San Luis Potosí, hace homenaje a la vida de tres mujeres: Mary de 49 años, Irma de 67 y Josefina de 55. Con la guía de la directora, las participantes trabajaron desde 2017 en un proceso de familiarización con el fenómeno teatral. A partir de un formato de entrevista, alternado con acciones escénicas, el montaje abre un campo de posibilidades de realización para las actuantes, en un proceso de rebeldía contra las acotaciones inerciales del cuerpo, los roles femeninos y la jerarquización de los espacios. Las señoras bailan, cantan, ríen, cuentan sus sueños, comparten sus gustos y recuerdan momentos de su vida..

El sonido del mar inunda la sala. Al fondo hay una pantalla donde aparece la leyenda esto no es una obra de teatro. Tres sillas, cada una con una cubeta a lado y un pequeño ventilador al piso. A la izquierda del escenario está Navarro frente a una mesa donde hay una computadora, una lámpara de estudio y un micrófono. En el otro extremo, frente al publico, está una mesa grande con un mantel blanco, una olla, un molcajete, un comal y una prensa de madera para tortillas. 

Vemos a las tres señoras barriendo el escenario, imagen que contrasta con la proyección de videos donde las mismas mujeres realizan esa acción de barrer en las puertas de sus casas. Las imágenes se multiplican dentro del mismo cuadro: barrer puede tener numerosas implicaciones, aquí nos remite a la liberación. 

La directora marca el curso de la escena a través de preguntas a las participantes. Provoca en el fluir de las entrevistas un puente imaginario entre la individualidad de las historias y la universalización de los dilemas que implican. La intimidad y la particularidad de estas vidas se teje con un guiño a la ficción. En este juego con el típico formato de un show televisivo, cada historia se presenta con el título proyectado en el fondo blanco: La batalla de….  A los relatos los acompaña una selección musical que por momentos resulta peligrosamente melodramática. Las historias son auténticas y conmovedoras. No vemos aquí la victimización, los talk shows, pero sí hay dolor. Las señoras demuestran que a pesar de todo siempre hay tiempo para lograr lo que uno ha soñado, como hacer teatro, por ejemplo.  

El acto supone un ritual de rebeldía sostenido en el amor, en la deconstrucción y resignificación de lo que implica ser señora. En este delicado trabajo de acercamiento a la escena de tres mujeres adultas, la joven directora –seleccionada con su grupo Monos Teatro en dos ocasiones anteriores como parte de la programación de la MNT y quien se distingue por la frescura y audacia de sus experimentaciones– hace un regalo a su madre y a sus amigas: la configuración de un sitio lúdico donde sea posible cumplir los sueños. El vínculo entre las participantes es fuerte y cercano, lo que se siente en escena. Los cuerpos de Mary, Irma y Josefina van ganando confianza en el curso de esta fiesta liberadora de encadenados caminos. Como un recurso para provocar proximidades echan mano de lo performativo. Ellas no se quejan de lo que les ha tocado vivir, dicen sentirse agradecidas, con énfasis en la importancia de los afectos, en especial hacia los hijos. Hablan de su trabajo con orgullo y entusiasmo y hacen explícita la solidaridad entre ellas. Estas tres amigas se dirigen a la audiencia sin pretensiones, en una mezcla de vulnerabilidad y determinación. No hay voces grandilocuentes, ni cuerpos entrenados: hay señoras que son madres, abuelas, hijas, amas de casa, proveedoras, amigas y ahora, actrices.

La obra se compone por la vía de una estética relacional en donde, como dice Nicolas Bourriaud, el arte toma como horizonte teórico la esfera de las interacciones humanas y su contexto social, más que la afirmación de un espacio simbólico autónomo y privado. Así las acciones de las señoras dentro del escenario tienen un autenticidad en vilo, abierta a las múltiples miradas de quienes las observan. Al final, cuando la directora invita al público a compartir agua de horchata, tortillas con salsa cocinados durante la función y un pastel previamente horneado por una de las participantes, muchos espectadores se acercaron para abrazar a las actrices y dialogar sobre lo acontecido. Si lo que se busca es empatía, se logra de manera evidente. 

Las acciones se presentan a la mirada del espectador de un modo que descoloca perspectivas tradicionales hacia el teatro. La experiencia queda abierta para que la audiencia complete una lectura que parece simple, pero no lo es. Se nos advierte que “no es una obra de teatro”. En efecto: no hay mimesis ni representación en términos convencionales. Tampoco se busca un espectáculo. El énfasis está en el convivio, en la visibilización de personas, vínculos, emociones, circunstancias y posibilidades de vida. Se trata de conectarse con la escena desde lo sensible, lo pensable y lo imaginable. El objetivo no es entrenar grandes actrices, sino brindar a las participantes un espacio de experimentación con las posibilidades del teatro para incluir identidades y provocar un juego cómplice de miradas y cercanías.

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Crédito fotos:

  • Raúl Kigra
  • José Jorge Carreón
  • Raúl Kigra
  • José Jorge Carreón