¿También de dolor se ríe?

por Rafael Volta | 7 nov, 2018

El son de la marchanta nos recibe con un escenario lleno de contenedores de plástico que evocan el caos de los tianguis y mercados públicos. Llama la atención la paleta de colores que inunda dicho cuadro, magentas, naranjas, turquesas y amarillos, basada en los trajes típicos de la huasteca potosina que visten las actrices. Colores chillones, estridentes, que acompañados del festivo son del título, contrastan con las siluetas blancas sobre el asfalto negro de los caídos, aquellos cuyos crímenes permanecen imborrables en el piso. El espacio nos sitúa en la historia de cuatro vendedores del mercado Tangamanga, Tirsa (vendedora de flores), Meche (verdulera), Flor (voceadora) y Urbano (carnicero), quienes a la par de su vendimia están atrapados en una situación donde la violencia se ha normalizado.

El CPM (Cabaret Político Mexicano) es una antigua escuela y forma de hacer comedia que nace en las carpas de la Ciudad de México a principios del siglo XX, cuya crítica humorística a las desgracias nacionales y a los políticos en el poder son su marca de nacimiento. Colonche Cabaret, compañía fundada en San Luis Potosí en 2014, continúa esta tradición con la obra El son de la marchanta, escrita colectivamente por la compañía bajo la asesoría de Aldo Reséndiz y Paola Izquierdo, quien también dirige la puesta en escena.

Con una balacera, amenizada en vivo por el trío de son huasteco Ollinkan, se establece desde un inicio un tono cómico y ligero que se enfoca en la reacción pasiva y apática de los personajes ante este y otros eventos de la misma naturaleza, como la desaparición de Joselito (hijo de Meche) después de un tiroteo. A lo largo de la trama florecen a cada momento las críticas que no perdonan ni a la mismísima virgen de Colonche, provocando una risa fácil que adolece por un humor basado en recursos muy gastados, como la mala pronunciación de las palabras. La fortaleza de la puesta en escena está tanto en la ágil estructura del texto como en su planteamiento temático, que nos habla sobre la culpabilidad de la descomposición social, no ubicada en el gobierno, ni el político empoderado en turno, sino en el propio ser y hacer de los personajes como representantes caricaturizados de la sociedad civil.

El personaje de Tirsa aporta el ejemplo más claro, al ascender de marchanta a líder de tianguis y actuar en consecuencia a los modos tradicionales del poder institucional. Bajo esta pauta los personajes sufrirán un contagio que alude a la prensa, la industria privada y hasta a los maleantes que ostentan la seguridad y el poder judicial. Meche, quien personifica al pueblo trabajador e ingenuo, padecerá, como la figura que representa, la indiferencia en la búsqueda de su hijo, para posteriormente convertirse en víctima de la la difamación y la injusticia.

El espacio también se transforma al manipular inteligentemente los contenedores, que formaban los puestos de mercado, en símbolos de poder y represión, como el trono y tribuna naranjas en el que la dictadora Tirsa enuncia sus discursos y ordena la reestructuración del mercado, o la negra cárcel en donde se encierra a un posible culpable de los delitos que azotan al lugar.

Una escena en particular destaca al romper el tono de comedia. Sucede cuando una serie de emoticones fantasmales giran alrededor de la cabeza de Meche quien se encuentra arrodillada por el dolor. Lo que dicen representa la voz y verdadera esencia de los sectores más clasistas en México expresados a diario en los comentarios de Facebook y Twitter. Ante la indiferencia por la desaparición de Joselito, en favor de otros festejos, ceremonias y obras arquitectónicas, el texto muestra las prioridades equivocadas de la sociedad del Tangamanga.

Las actuaciones de Susana Aroche (Tirsa) y Eloisa Zapata (Meche) cuentan con un desempeño vocal y corporal diestro y adecuado a la comicidad de las situaciones. Por su parte Ricardo Moreno (Flor) no varía su entonación y remite a la comedia televisiva. Aldo Reséndiz (Urbano) destaca en su interpretación de la Virgen del Colonche, más que en su papel de carnicero. El vestuario, de Tirsa y Meche, captura la fuerza del cuadro de la vendedora de frutas de Olga Acosta.

Si bien cuenta con aciertos que la llevaron a ser la elegida como representante de la Muestra Regional de Teatro de Centro Occidente 2018, la comicidad de la obra es su punto más débil pues no sólo se torna repetitiva, sino poco original. Algunos de sus gags son fallidos ante el público porque son toma directa de las barras cómicas de televisión. Asimismo la música en vivo parece ser un lujo dentro del escenario, que involuntariamente parece ser un símil al derroche de los presupuestos públicos.

El son de la marchanta refleja la necesidad de explorar una forma distinta dentro sus propios recursos para criticar al presente. La obra provoca una risa fácil y fuera de tono que divide a la audiencia entre la carcajada y el estupor. La crítica que presenta se diluye y en su afán de entretenimiento distancia peligrosamente al espectador de una posible reflexión sobre la situación actual del país.

 

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Créditos de foto:
1. Raúl Kigra
2. Raúl Kigra
3. Raúl Kigra

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