Tantos cuerpos de Poe  

Por Juan Carlos Franco

 

Primera habitación

Sobre varias telas colgadas del techo y que llenan la pequeña sala de esta casona antigua en el centro de León se despliega tridimensionalmente la proyección de plumas que caen, resplandores, rostros, fragmentos de “El cuervo” de Edgar Alan Poe al ruido de una máquina de escribir. Personajes vestidos al estilo victoriano recorren el espacio muy cerca de los espectadores, que han dejado el cómodo lugar detrás de la cuarta pared y recorren ahora el sitio mismo que ha sido creado para ellos. Tres actores los guían por el cuarto, les susurran fragmentos y logran un contacto efímero con ellos.

El Teatro La Rendija, compañía que tiene su propio espacio en una casa en el casco viejo de Mérida, ha desarrollado una poética en torno a las narrativas clásicas, el performance y la espacialidad de su propia sede. La primera parte de Nevermore y otras manías es una inmersión sensorial en el poema narrativo de Poe. La construcción audiovisual dota al texto de una espectralidad que logra convenir la sensación del poema y la despliegan en los cuerpos de los actores y los espectadores. Lo que vemos es la construcción detallada que busca generar una atmósfera de arrepentimiento, desamor y de locura del texto mismo.

 

Segunda habitación

Berenice, vestida de blanco, nos mira detrás de una puerta. En otro cuarto su imagen es reemplazada en un juego de sombras y espejos por la de Egaeus. Esta segunda parte es la menos propositiva: la cuarta pared regresa. Cuenta la historia de un amor. Dos primos, una enfermedad, una boda, treintaidós dientes, la muerte.

En un cuarto oscuro con algunos muebles y objetos, sólo iluminado por ciertos juegos de luz —la rendija que se abre en la puerta y deja pasar un haz definido, las velas que tintinean, un proyector de transparencias— la historia se despliega con acciones simples entre Erick Silva y Liliana Hesant.

El cuento se nos muestra, con algunos matices plásticos, sólo como relato. El texto no tiene mayor elaboración dramática. Los actores logran crear ambientes fantasmagóricos con la voz, movimientos lentos y miradas perturbadas, pero también nos alejan dado que no parece que realmente estén viviendo lo que relatan. La tensión que genera el cuento de Poe existe tan sólo en ciertos efectos, como cuando Egaeus tiene tomada de los pies a Berenice tirada en el suelo y la arrastra una y otra vez hacia él. Es el trabajo plástico-sonoro el que logra configurar un espacio violento y cargado de ardor gótico.

 

Tercera habitación

“Eres el cerebro”, me dice al oído la voz de Raquel Araujo, una de las creadoras teatrales más importantes de nuestro país. Estoy en un cuarto pequeño lleno de objetos antiguos junto con los demás espectadores. Tenemos audífonos puestos y cada uno escucha una versión distinta de la misma historia. Quince variaciones en total. “El corazón delator” se descompone en las versiones del asesino, el cadáver, el detective, pero también del ojo, la muerte.

Miro, gracias a las indicaciones que me susurran, los artefactos ópticos, los corazones llenos de sangre, las cartas desplegadas en una esquina de este otro cuarto. La tercera parte de Nevermore muestra la voluntad de La Rendija por empujar los límites de la narrativa literaria y de las posibilidades escénicas en un trabajo arriesgado, sumamente poético y anclado en una performatividad del espectador. Una ficción de la que somos partícipes con el cuerpo.

Al final, la indicación para el cerebro que soy es sentarme en la banca que descansa en el centro de la habitación y mirar a todos los que cumplen su función en la historia. Un hombre se me acerca y me toca el hombro. Él escucha: acércate a la banca, tócale el hombro a ése que ya no está ahí, que vive en el futuro. “Él es Edgar Alan Poe”, escucha. “Te mirará extrañado porque los autores muertos no acostumbran recordar sus ficciones vivas”.

Cuando la obra termina poco después, lo que queda al salir a la calle es la sensación de que, en Mérida, hay una casa desde donde se recomponen las ficciones. Donde se les da vida y se les llena de poesía. Nosotros hemos tenido la suerte de ser cómplices inadvertidos de al menos una de ellas.