Tijuana: Entre la culpa y la belleza del instante

 Por Said Soberanes

Un hombre de pie sobre una pequeña cama de tabiques insinúa un baile casi ritual con gestos extraídos del break dance y la cumbia villera, la luz surge de dos puntos contrarios generando claroscuros, mientras, en el fondo, el paisaje de una ciudad está dibujado ásperamente en un telón. Una pantalla colocada en el centro izquierda del espacio nos presenta el nombre de la obra: Tijuana.

Como primera parte de su proyecto de 32 obras sobre La democracia en México 1965-2015, la compañía Lagartijas Tiradas al Sol presenta un documental escénico dirigido por Gabino Rodríguez y Luisa Pardo que narra una investigación encubierta. Gabino viviría por seis meses con el salario mínimo, $70.10 para 2015, en una maquila tijuanense bajo el nombre de Santiago Ramírez. Los espectadores tijuanenses reconocieron la dimensión ficcional de la investigación, que invita a reflexionar sobre los límites de la realidad y la ficción. Las reglas del juego se ponen sobre la mesa desde las primeras palabras de la puesta: “Yo actuaré lo que para ellos es la vida”. No es una mentira lo que vemos, es una realidad imaginada.

Con un elaborado trabajo actoral, Gabino narra las desventuras de la precarización: Su llegada a la ciudad le lleva a la colonia Presidentes, donde las casas existen inconclusas, con muros y varillas expuestos, un pueblo que construye sus propias leyes y fluctúa entre la ilegalidad y la clandestinidad. La monotonía actoral resuena con la monotonía de la maquila, donde el cuerpo se vuelve parte de una máquina impersonal y la dignidad individual es invisible.

Santiago reconstruye con la cama de tabiques la línea del horizonte barrial, mientras en la proyección Gabino se cuestiona sobre la incoherencia ética de encarnar al lumpemproletariado desde la postura cómoda de la clase media intelectual. Gabino bebe en la proyección un espresso mientras que Santiago en escena da un trago a su Red Cola.

La proyección de video —a cargo de Chantal Peñaloza y Carlos Gamboa— y el diseño de iluminación —trabajado por Sergio López Vigueras— fortalecen lo que la dirección y la actuación proponen. La pobreza se expone con una paradójica belleza que aparece inesperadamente en el paso de un avión mientras Santiago se recuesta agotado, o el derrumbe de unas casas mientras Gabino comienza a intuir los estragos del experimento en él.

Gabino siente miedo al saber de un linchamiento sucedido días antes: El teatro se oscurece por completo, el audio del linchamiento descrito previamente empieza a correr, los gritos de hombres entusiasmados por la sed de venganza, una mujer que rasga su garganta rogando por la vida del hombre golpeado —violador señalado por una joven del barrio—, los sordos golpes que se ensucian por el ruido de grabación, atormentan al espectador que sólo podrá ver el destello de un cuadro del video, en el que el rostro deformado y ensangrentado del violador se adivina.

Nos hemos preguntado en la Muestra Crítica ¿cómo representar la violencia? Tijuana contesta con la metonimia de lo inesperado. Un instante es suficiente para entender la crueldad, pero también la belleza de mundo.

En el momento final, en un tono aleccionador y un tanto sentimentalista, Gabino se cuestiona desde el bar que frecuentaba ¿por qué las cosas no cambian si bastaría con la voluntad de unos cuantos para ser mejores? Hubiera querido decir a los parroquianos que los extrañaría, sin saber qué más hacer. Y entonces… Sucede el milagro de la danza, mezcla de breakdance y cumbia villera, ritual en que culmina la culpa por su impotencia para ayudar a la gente con la que convive, de dar a la familia que lo hospedó algo más que un viaje a la playa. Mientras que en la pantalla el paisaje del mar y el cielo se invierten, las preguntas de Gabino atizan la culpa de nuestra comodidad de clase media. Pero ¿cómo imaginar un mundo otro? ¿Cómo evitar que la culpa se convierta en una altiva evasión de lo real?