Todos a tres: Tepalcatepec

por Carlos Urani Montiel | 15 nov, 2018

El montaje de la compañía Puño de Tierra participó en la 39 MNT dentro de la línea curatorial dedicada a la Escena experimental, en donde se incluyeron procesos de investigación que partían de algún texto icónico, reconfigurando su significación para adecuarla al entorno actual. Algo en Fuenteovejuna, escrita y dirigida por Fernando Bonilla a partir de la famosa comedia de Lope de Vega, se presentó en el teatro Benito Juárez.

Los ajustes realizados en esta versión libre responden a una realidad en la que resuena la osadía de una aldea en la España del medioevo que tomó justicia por su propia mano. Fernán Gómez de Guzmán, comendador al frente del cartel de la Cruz de Calatrava, interpretado con gran fuerza vocal y actoral por Carlos Corona, “protege” al tiempo que cobra cuotas en el pueblo de Fuenteovejuna. El alcalde lo consiente, ya que se encuentra coludido con el narco. El licenciado Esteban Valverde, dirigente de la villa y padre de Laurencia, solicita ayuda a instancias superiores. Los criminales asolan la región, secuestran mujeres y se disputan la plaza con Los reyes unidos. Frondoso defiende a Laurencia, quien iba a ser raptada, y asesina a un policía. Los jóvenes se casan. ¡Que vivan los novios!, pero a la boda irrumpen con furor el capo y sus sicarios. El fenómeno de los grupos de autodefensa viene a cuento, no solo porque Esteban, interpretado con acertada sobriedad y potencia por Héctor Bonilla, sea el espejo del doctor Mireles Valverde, sino porque las figuras satíricas con máscaras comentan —desde la comodidad de un café, al inicio de la obra, o en la suprema corte de justicia, en repetidas ocasiones—, la violenta situación con frivolidad e indolencia.

El vínculo entre el texto original publicado hace cuatro siglos y su puesta en escena resulta efectivo y entretenido, ya que recupera emociones para expresarlas en un juego de equivalencias y continuidades a nivel escenográfico, de representación de las figuras de poder y discursivo (diálogos). Los referentes han cambiado, pero la impotencia, el miedo y la querella por la resistencia siguen siendo los mismos elementos que recibieron la ovación en los corrales de comedias en tiempos del Fénix de los ingenios.

El dispositivo escénico diseñado por Tenzing Ortega explota las dimensiones a lo largo, ancho y alto del tablado. La amplitud de la escena frontal es recorrida en su totalidad por el reparto, compuesto por ocho actores que dan vida a casi 20 personajes. Al centro, una fachada de lámina grisácea crea un espacio íntimo e interior traspasado por la puerta corrediza o la ventana. En las orillas, la arquitectura se complejiza. Un doble fondo del lado derecho aloja la parrilla de una troca que se desplaza, ya sea como automóvil o como tarima. Arriba, y simulando un teatrino con su propio telón de guillotina (sobre el que se proyectarán videos), aparece el grupo de máscaras. A la izquierda, un pequeño altar alumbra una construcción carmesí que genera profundidad por medio de una columna. En ese pequeño cuarto, sobre el que se recarga una escalera para acceder al techo, yacen sillas y una mesa, mobiliario que ocupará un lugar central según requiera la escena.

Un ágil trazo escénico delimita las secuencias para que cada espacio sea funcional y distintivo de las tres fuerzas de poder antagónicas, las cuales se caracterizan de forma convencional a favor de la claridad de la trama. En primera instancia, el negro sombrero, el saco vaquero escarlata, un grueso collar (la insignia de la cruz), la hebilla y botas de Fernán Gómez concuerdan con la imagen preconcebida de un cabecilla narcotraficante. De igual manera, las armas largas, lentes oscuros, paliacates y cubrebocas con calaveras completan el aspecto de los gatilleros. A estas fuerzas armadas se añade la policía que viste el tradicional uniforme azul marino. Al poder político, por su parte, lo representan un trío de ridículos ministros y el mismo presidente. Los cuatro portan máscara y un elegante saco obscuro. La máxima autoridad se distingue, no solo por su somnolencia, sino también por la banda tricolor; sus pocas intervenciones con palabras inteligibles demuestran el sinsentido de su mandato. Por último, el atuendo realista y sin aparato (camisa a cuadros y pantalones de mezclilla) evoca un ambiente rural acentuado por melodías de fondo, como Mi casa nueva, que representa la fuerza de poder más genuina: la de los pobladores de Fuenteovejuna, para quienes las armas fueron la última consecuencia.

La versificación del teatro clásico español pasa inevitablemente por el tamiz de las centurias, sobre el que se van superponiendo otras tradiciones poéticas. Fernando Bonilla y Leonardo Soqui, encargado de la musicalización, trabajan a fondo con este fenómeno, ya que incorporan la métrica del mejor exponente de la lírica popular mexicana, el corrido. Algo en Fuenteovejuna recupera los romances de Lope para las narraciones de sucesos, y las redondillas para la interlocución entre los amantes, como dicta el Arte nuevo de hacer comedias (1609), y añade versos, también de rima consonante y en arte menor, para las canciones originales interpretadas en vivo, y algunos diálogos que nos suenan más próximos: “Ahora sí. Grítalo pariente”. La convivencia entre ambas expresiones poéticas, así como la intercalación entre verso y prosa producen un acertado dinamismo sonoro.

La escena festiva que da la bienvenida al capo por haber ganado la plaza, ejemplifica la alternancia en el registro vocal. Uno de los matones, Ortuño, relata en octosílabos y con altavoz en mano cómo “el comendador Fernando / con esfuerzo ha retornado”, mientras que los campesinos “han sido bien resguardados”. Las gracias y peticiones que la comunidad ofrece al narcotraficante se sustentan en la “benevolencia” de estos bandidos y se expresan en prosa: “Pues si me pudiera ayudar con un dinerito, fíjese que con las inundaciones se metió toda el agua en la casa”. Fernán es desprendido, e incluso rompe la cuarta pared para brindar por su victoria y regalar cervezas al auditorio. Enseguida, canta una letrilla, al ritmo de acordeón y bajo sexto, que devela su carácter y presagia las acciones: “Que chula morrilla / que traigo en la mira, / yegua alebrestada / que al jinete tira, / y aunque por las malas / voy a hacerla mía; / yo sabré amansarla / y jalarle las bridas. / Para mí las hembras / que son orgullosas / son como las flores, / gardenias y rosas. / Si por algo crecen / en ajeno piso / hay que ir a cortarlas / sin pedir permiso.”

Puño de tierra utiliza múltiples recursos para conciliar la propuesta estética de la comedia áurea con una agenda política, en tiempos en donde sabemos “más de azotes que de versos”. Llaman la atención la forma en que se restaura el poder judicial, las grabaciones en vivo que reemplazan a las cartas como medio de comunicación, el tratamiento grotesco de la estética del narco. No obstante, un ajuste significativo a la trama original merece mayor atención: el asesinato de un protagonista (Frondoso) y de personajes secundarios (el gracioso Mendo y Pascuala). Su deceso concuerda con la inclemencia distintiva de los grupos paramilitares, ya sea La cruz de Calatrava en la ficción, o Los caballeros templarios y La familia, en nuestro México májico (como se lee en la consigna de la playera que porta Mendo). Tal retoque dota de gran potencia a dos escenas clave en la versión de Fernando Bonilla, en las que sobresalen las actuaciones de los protagonistas. La entrevista ocurrida frente a frente en proscenio entre Fernán Gómez y Esteban, en la que el licenciado exige el cuerpo de sus vecinos nos remite a Tierra Caliente y al proceder de Mireles en Tepalcatepec. A toda luz y sin sonido de fondo, la tensión se concentra en el poder de la palabra, una que reta y amedrenta y la otra que respeta con un dejo de amenaza. Por otra parte, el famoso reclamo de Laurencia, hecho carne y voz por Francia Castañeda, se dirige hacia el público, ya que sus paisanos han sido diezmados. Afortunados aquellos, quienes hemos visto el montaje. Sorprende que las circunstancias límite justifiquen una resolución desesperada y atemporal por parte de un pueblo: ¡Todos a una: Fuenteovejuna!

 

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
2. Raúl Kigra
3. Sebastian Kunold
4. Sebastian Kunold

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