Transgresión sexual entre la liberación y el castigo

por Edwin Sarabia | 4 nov, 2018

Deseo, sudor, miedo, poder en la marginalidad de un baño público. Caricias efímeras. Vínculos que nunca acaban de tejerse. Miradas que chocan y se desvanecen. El sexo como riesgo extremo. Circuito Liquen, compañía de teatro físico surgida en Aguascalientes en 2003, con presencia en Colombia, Argentina y España, se presenta en la 39 MNT con La Sangre rota, obra del coreógrafo y director de escena Saeed Pezeshki, a partir de los poemas de inspiración surrealista Suicidio en Alejandría y Viaje a la luna de Federico García Lorca. Participan en el elenco Daniel Diaza, Alejo Díaz e Isabella Santiago.

La puesta en escena es una indagación por el complejo universo de pulsiones, condicionamientos, miedos, anhelos y tensiones en el encuentro sexual de dos hombres en un sórdido, estrecho y marginal baño público, donde se imponen los patrones machistas de dominación, violencia y humillación. El sometimiento y la transgresión del otro como componente falocéntrico del deseo masculino.

En la adaptación de la puesta en escena al espacio del Teatro Benito Juárez de la Ciudad de México, el público se queda comprimido en dos cuerpos de sillas en escuadra frente a la arrinconada reproducción de un baño público escasamente iluminado por una luz blanquecina y la línea roja de un neón.

El caleidoscopio de grafías de sujetos anónimos que gritan con palabras amontonadas y dibujos en la pared sus resentimientos, deseos y frustraciones remite más a una pieza de arte urbano que a la reproducción realista de un baño público. Entre dos mingitorios pende un racimo de machetes, símbolos fálicos, amenazantes, que esperan pacientes a su víctima como espadas de Damocles.

El agua significa en este encuentro-desencuentro un recurso purificador que recuerda a Poncio Pilatos y Lady Macbeth. Los personajes buscarán, cada uno a su manera, el agua para liberarse, limpiarse, borrar el rastro de una culpa.

La historia se cuenta más que con palabras con una elaborada coreografía de cuerpos entregados a un duelo de acercamientos, rechazos, caricias y agresiones, en un desempeño actoral en el que destaca un entrenamiento riguroso y efectivo, y un fino trabajo con las emociones. Las reiteraciones en el trazo y la elocuencia del dispositivo escénico, acompañada por una elegancia sonora, expresan una temática clara, aunque quizá admitirían una compresión mayor.

Todo comienza con el encuentro entre dos personajes. Uno de ellos parece habituado al cruising, al encuentro sexual furtivo y anónimo en lugares públicos. El otro, se muestra dudoso, vergonzante, cargado de miedos y de culpas, en lo que parece la búsqueda de una experiencia iniciática, de una primera vez.

En los acercamientos y alejamientos entre los personajes se dará una danza de pulsiones, de apareamiento entre dos fieras territoriales al filo del abismo, que se agreden y rescatan en el devenir de logradas imágenes erotizantes: el sudor recorriendo los cuerpos que buscan, acarician y besan con cadencia violenta, en el contraste de la ternura, la orfandad y la brutalidad. Tensión de salvajismo animal, ímpetus físicos y espirituales en busca de un acto poético.

La contienda se resuelve con la llegada de un tercer personaje, que contrasta por la inquietante ambigüedad entre lo masculino y lo femenino, por su seguridad, por los símbolos de superioridad económica, así como la capacidad para triangular el deseo y colocarse al centro del campo de batalla. La complejidad desarrollada durante la puesta en escena se simplifica al final en una solución moralista. El deseo se castiga. La obra aborda la marginalidad de las elecciones sexuales no convencionales. Visibilizar la problemática de la condición LGBT es pertinente. Sin embargo llama la atención que en la denuncia de la censura y el rechazo a la libertad sexual, no podemos deshacernos de los condicionamientos culturales que les dan lugar. No se logra aquí escapar de clichés y estereotipos gay y trans que coadyuvan a normalizar la violencia, el ajuste de cuentas y el odio a la diferencia. Un desliz peligroso que se orilla a una visión reduccionista del fenómeno.

 

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Créditos de foto:
1. Raúl Kigra
2. Sebastián Kunold
3. José Jorge Carreón
4. José Jorge Carreón

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