Tú eres MacBeth

Por Said Soberanes

Una larga fila de personas aguarda la oportunidad de entrar a ver la obra de Macbeth o el juego de la violencia de Monos Teatro, dirigido por Darío Álvarez y Sayuri Navarro. El montaje potosino es generado por el programa La Incubadora del Rinoceronte Enamorado, que de forma independiente produce y exhibe obras de grupos locales.

Al ingresar al teatro, el reducido número de espectadores que admite la puesta en escena recibe un papel con el nombre de uno de los cuatro personajes masculinos: Actor (Darío Álvarez), Fan (Gerardo Pardo), Drogo (Ricardo Moreno) o Psicópata (Tadzio Agha). Los actores aguardan en el hall del teatro, donde el público se reúne en torno a quien interpreta al personaje que le fue asignado. Cada uno de ellos le propone a su grupo activarse con un juego violento: Golpes, bofetadas, manotazos. El juego se agrava hasta que los tres actores atacan al psicópata. Una espectadora ahoga un grito. ¿Imaginarnos la violencia es hacerla presente?

Entramos al escenario del teatro Manuel Doblado. Al paso, una mujer amordazada y con los ojos cubiertos (Sayuri Navarro). Un escenario dentro del escenario nos muestra dos pantallas: una pequeña al piso, una proyección al fondo, una mesa con fichas de dominó, cervezas, agua, cigarros. El Actor sentado frente a un trío de cadáveres en el piso. Cuatro amigos de los cuales tres  están muertos. “Y justo en el ensayo de la mañana yo decía que la violencia no me tocaba…”.

Lady MacBeth y Macbeth son interpretados en el paso de gato, a la izquierda del público. Actor y Actriz discuten sobre sus personajes y la violencia. Los amigos del Actor aparecen encapuchados y secuestran a la Actriz. Una proyección frente a nosotros presenta a los personajes y el nombre de la obra en el tono de una serie de televisión de los años ochenta. La pequeña pantalla comienza a proyectar imágenes de la secuestrada, de los políticos mexicanos, de risas, de unos niños que se exceden jugando, de perros teniendo sexo, futbolistas agresores.

La obra de Monos Teatro tiene un ritmo vertiginoso, no da tregua reflexiva por la plétora de imágenes y referentes que quiere poner sobre la mesa. El texto del mismo Darío insiste en distinguir lo real de lo imaginario, poner en crisis la noción misma de lo verosímil, tanto de forma explícita en la discusión entre los amigos sobre el secuestro, como rompiendo el pacto ficcional en distintos momentos, entre otros cuando el psicópata ofrece cigarros reales o el actor invita tacos.

Si con Shift y suprimir, celebrada obra que fue seleccionada para la 37 Muestra Nacional de Teatro, Monos Teatro explora la intimidad y la relación con el público; Macbeth es una sátira acerca de la máquina de simulaciones que sostienen la realidad. La tragedia escocesa es un pretexto para hablarnos de la simulación del deseo y del status, la simulación mediática y los niveles de representación. A lo largo de la puesta en escena, frases clave de la obra de Shakespeare —lo hecho, hecho está y no puede ser deshecho; la vida es un cuento contado por un idiota— se proyectan en la pantalla, como un recurso inquietante y reflexivo, que enfatiza la violencia que el deseo genera: “Todos en algún momento podemos ser Macbeth”.

El resto de la obra tratará sobre cómo es que este secuestro imaginado termina en la muerte de los tres hombres, y en cómo el poder, el deseo y la imaginación se entrecruzan con el mundo del arte, la farsa y la legalidad.

El ejercicio de visibilizar y dar cuerpo a la mayor cantidad de capas de simulación y representación que engloban lo real, y desde qué marcos puede ser leído un acontecimiento como el juego de un secuestro que termina en triple muerte, hace de Macbeth la paradoja del mentiroso, donde la verdad de la mentira y su inverso fallan en desvelar la realidad, pues solo son referencia de sí mismas.

La escena final juega con el público con un último ejemplo, el más vicioso pues tiene un efecto inmediato: Subiendo la apuesta lentamente, se ofrecen cincuenta pesos a quien se atreva a lanzarle un tomate a un actor a la cabeza. Esa seducción del dinero como figura simbólica del poder, renunciando a la integridad del otro por ella, es un acto real que se justifica en una simulación inmaterial. La violencia sucede como efecto colateral de la falaz estructura simbólica de la que no podemos separarnos.

Así como estas ideas son difíciles de explicar y complicadas de leer, asimismo esta obra requiere más de una mirada para penetrar sus pliegues y honduras.