Un mundo sin lluvia

por Rafael Volta | 20 nov, 2018

A proscenio, se encuentran dos mesas juntas cubiertas con manteles de corlor arena. Sobre ellas hay una tina y cubeta de latón, un tronco seco de playa, una caña de pescar, un cántaro y una llave de agua con una manguera conectada: Todos estos objetos a un tercio de su tamaño natural. Del escenario del teatro Xavier Villaurrutia no sólo se ha reducido la profundidad, sino también el área de la boca escena. Esto permite enfocar la mirada en los detalles. La sala se oscurece y se escucha una voz en off:

Agua pasó por aquí, cate que no la vi. Este niño no es Pin Pon, es Emiliano. Niño de huesos de cedro y piel de polvo de cartón, que también se lava la carita con agua y con jabón…. Aserrín, aserrán pide agua y no le dan…pide Emiliano, que llueva, que llueva con toda su fuerza.

Con esta breve rima, inicia el cuento y se establece el tono. En adelante la trama se desarrolla sin palabras, con el apoyo de música de fondo y solo a partir de acciones escénicas. Aparece Emiliano, un títere que represeenta a un niño de siete años, de aspecto humilde, costeño, piel morena, cabello afro y vestido con playera y bermudas. Asistimos a sus rutinas cotidianas: se baña, juega al soldadito con la cubeta, va a pescar al río cerca de su casa, riega su plantita, toma mucha agua y hace pipí. Los cambios en la escenografía se resuelven con prolongados oscuros, que rompen la magia y nos recuerdan que son dos titiriteros vestidos de negro los que animan al niño.

La crisis en el mundo de Emiliano comienza cuando al otro día quiere bañarse, abre la llave y el agua no cae. Su mamá lo manda a un pozo para que saque agua. Llega con dos pesadas cubetas. Durante el baño Emiliano fantasea que su tina es un barco de piratas navegando en un furioso mar. Este escena lúdica se ve interrumpida por el sonido de un helicóptero que sobrevuela el área donde él vive.

Las superficies de tres cubos de cartón se ordenan, a manera de tetris, para mostrar el dibujo un hombre que taladra el suelo, destruye el pozo y entuba el líquido hacia un lugar lejano. El agua que antes era un regalo de la naturaleza, ahora Emiliano no la puede pagar. Su mundo está roto.

Las escenas se han vuelto más largas y con ello más ágiles las transiciones. La convención ya no se rompe. Las manos y el cuerpo de los de los titiriteros parecen invisibles. Creemos que es un niño de verdad, que está triste y llora porque le han quitado el agua. Un juego con distintos planos de ficción se abre en Cero aguacero cuando Emiliano es consolado por uno de los titiriteros como figura paterna que  lo lleva a dormir. En el sueño el niño tiene pesadillas. Ha caído en el río que lo lleva al océano, donde peces y medusas se han vuelto cadáveres, y caen en el lecho marino. Emiliano flota dejándose llevar hasta que la fuerza de succión de un tubo lo despierta.

El protagonista intenta desde su único recurso, la imaginación, resolver la falta de agua. Ya no puede bañarse, ni calmar la sed. Ahora solo pesca botellas de PET, pañales desechables y peces muertos. Fracasa en su intento de crear un pozo. Ingenuamente localiza agua con una varita y desea hacer más profunda la excavación con una “palomita” de pólvora.

Ante la desesperación lo único que le queda es migrar. Resignado intenta un último recurso: invoca con su tambor al dios de la lluvia. El agua no cae hasta que el personaje rompe la cuarta pared e invita al espectador a seguir su ritmo con los pies. Entre el público muchos lo hacen y sucede el milagro, llueve. La naturaleza es generosa con Emiliano y con el hombre, a pesar de sus errores y abusos.

Con sencillos recursos, Cero aguacero resuelve en su complejidad los tres niveles cognitivos del personaje: realidad, imaginación, sueños y la ambigüa presencia de los titiriteros. La escenografía es tan imaginativa como el universo infantil. Se muestra lo que vive, lo que puede ser y lo que se desearía que fuera. La obra es creación colectiva de Teatro Rodante, compañía fundada en 1999 en Colombia e integrada por María del Carmén Cortés, Germán Eduardo Romero Cárdenas y Francisco Lozano Moreno. Cero aguacero nace de la preocupación de que en la ciudad de Colima, donde Teatro Rodante se ha establecido desde 2001, “hay mucha agua, pero no se ve, está entubada”. La obra es linda, orientada a un público infantil. Busca concientizar acerca de la explotación desmedida del agua y la destrucción de los ecosistemas, con un tono lúdico y un poético tratamiento de la imagen

 

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Créditos de foto: Sebastian Kunold

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