Un pastiche escénico y temático

por Ricardo E. Tatto | 5 nov, 2018

Una bailarina que viste un tutú blanco entra al gran escenario del Teatro Esperanza Iris. Toma asiento bajo una luz cenital y cruza elegantemente las piernas. Con un impostado acento cubano, difícil de seguir y en clave de farsa, comienza a contar las vicisitudes del ballet. Es navidad en el norte mexicano, lo sabemos por  un enorme nopal lleno de luces multicolores que refiere la fiesta decembrina. Escuchamos El cascanueces de Tchaikovsky. El unipersonal de Tijuana Cielito sweet dirigido por Gilberto Corrales, de la compañía Teatro en el incendio, nace como creación colectiva en la colaboración con Lux Boreal, compañía de danza contemporánea, de la cual forma parte la coreógrafa, bailarina y protagonista Briseida López Inzunza.

Al terminar la parte confesional, una voz en off -también con acento cubano- da instrucciones de ballet. La actriz se levanta y sigue las indicaciones paralelamente a una versión instrumental de Cielito lindo. Las órdenes se aceleran. Ella apenas logra esbozar los pasos y la danza empieza a desvirtuarse. “¡Sonríe, mija!”, se le indica una y otra vez a la agobiada bailarina en lo que se está transformando en una comedia física.

Vuelve a regresar a su asiento. Solloza. Parece sostener en sus brazos a un bebé. “Morena, labios gruesos, cejas tupidas”, susurra al micrófono. Se levanta y corre por el escenario repitiendo a gritos: “¿Dónde está?, ¿dónde está?”. Aunque el cambio de ritmo conmociona primero, la escena se prolonga demasiado. La bailarina se detiene. Toma una escoba y ahora se pone a barrer el escenario por cerca de diez minutos. Parece que algo va a ocurrir, mas no sucede nada. Si acaso se buscaba desconcertar con estas escenas, lo que se termina provocando es apagar las expectativas generadas en un inicio.

De pronto, la mujer del tutú se dirige a una radio de transistores al fondo del escenario. Mientras va cambiando de estaciones las noticias y comerciales nos trasladan a los años sesenta. Pero luego se escucha a Amanda Miguel interpretando Mentiras y damos un salto temporal a los ochenta. Se retoma un tono fársico al bailar haciendo sincronía de labios. Regresa a su silla y al biodrama. Habla de su vida cotidiana, la de una ama de casa que prepara cuidadosamente el desayuno tal como les gusta a los que parecen ser su marido e hija. De repente es golpeada una y otra vez por una bofetada invisible que nos remite a la violencia intrafamiliar. En un logrado trabajo físico y actoral, la protagonista se va retorciendo sobre la silla.

Enseguida se pone de pie y se coloca de espaldas al público, frente a una cámara de video, y inicia a explicar cómo se debe maquillar una mujer. Su imagen proyectada sobre la escenografía —junto al nopal, una pared de una vivienda rota en diagonal con una ventana con barrotes— provoca una sugerente metáfora visual que da cuenta de una mujer quebrada. Se toma mucho tiempo y cuando vuelve la cara hacia el publico, en vez del rostro impecablemente maquillado, vemos el de una mujer pintarrajeada, de rostro patético y desolador. En tacones y con botella en mano al son de música de cabaret vuelve a una danza sensual que se va tornando vulgar. Se detiene. Toma una veladora y torna a crear una serie de movimientos poéticos en torno a la vela, en el único remanso no grotesco del montaje.

Entonces se escucha en off a Díaz Ordaz inaugurando los Juegos Olímpicos del ´68. La veladora se convierte en una antorcha. Otra voz hace mención del caso de Ayotzinapa del 2014 y sin previo aviso, caen miembros humanos sobre el escenario. Volvemos a escuchar a Díaz Ordaz en su infame declaración donde asume los hechos acaecidos en Tlatelolco. Una referencia que parece gratuita en este pastiche de escenas y temas. La intérprete recoge las partes anatómicas, las coloca sobre el nopal navideño y al pie de éste las veladoras a manera de altar. Vuelve a sonar Cielito lindo en versión mariachi y la bailarina repite como al inicio: “Morena, labios gruesos, cejas tupidas”.

Cielito sweet es un ejercicio de trabajo físico, mediante cuadros escénicos inconexos que no terminan por resolver ni aclarar como conjugar todos los conflictos presentados. En su intento por hacer una reflexión social e histórica, aborda superficialmente un exceso de tópicos donde -a falta de una propuesta sincrética- el único denominador común es la violencia. Este laboratorio realizado por ambas compañías tijuanenses busca difuminar la frontera estricta entre teatro y danza, rompiendo con la convención dramatúrgica, lo cual deviene en una arriesgada y necesaria búsqueda de otra narratividad, pese a que en el resultado fragmentario se pierda el discurso de fondo en aras de la forma.

 

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Créditos de foto:
1. José Jorge Carreón
2. José Jorge Carreón
3. Raúl Kigra
4. Sebastian Kunold

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