Una ciudad herida por la lluvia de balas

por Luis Santillán | 22 nov, 2018

¿Qué nos caracteriza como culiacanenses y por qué?, es una de las preguntas de las que parte el dramaturgo Saúl Enríquez para escribir Ciudad de tres espejos, proyecto realizado durante una residencia con el Taller de Teatro de la Universidad Autónoma de Sinaloa (TATUAS) como parte de las celebraciones del 35 aniversario de la reconocida compañía teatral. En 1983 Óscar Liera fundó este grupo, que desde entonces ha constituido un referente del teatro sinaloense, tanto por mantener una actividad escénica constante, como por dar cabida a los creadores del estado.

Enríquez entrelaza tres historias: Una mujer invidente que busca a Julián, su hermano menor desaparecido; un padre y un hijo que crean historias para  reencontrarse en una ciudad que ha cambiado; y una pareja que intenta adaptarse a un poblado donde las lluvias ya no son de agua. El hilo que une a estas historias es el azar fatídico que comenzó con las balas que caían del cielo.

El espacio está delimitado en un cuadrilátero. En el centro cuatro cajas de madera dispuestas como mesas sostienen escenografías a escala: en todas hay pequeños espejos semi enterrados en la arena. En uno destaca un árbol seco en miniatura en alusión a un Arrayán; en el segundo hay unas casitas; el cuarto es más árido y sobresalen unas botas viejas y gastadas. En todas las cajas hay veladoras. La arena está esparcida por el escenario, lo que imprime una textura de paisajes yertos. Pendientes del telar hay paneles blancos que sirven para dispersar la luz. Todo en su conjunto emula un espacio forense, donde los elementos a la vista son las evidencias, objetos que servirán para hilvanar los relatos y responder a las preguntas que surgirán durante la obra.

Seis actores irrumpen en escena. El actor mayor pide que usen expresiones que antiguamente han dado identidad a los habitantes del estado. Pero nadie lo hace porque nadie las conoce. Dos generaciones encontradas, enfrentadas a partir del lenguaje. Las cosas han cambiado, también las palabras. Se relata un partido de beisbol: después de un batazo, el jugador del equipo contrario atrapa la bola, pero ésta se le escapa al caer inesperadamente. No se levanta hasta que la botarga del equipo se da cuenta que está muerto. Muerto por una bala perdida, una de varias que comienzan a caer y que dan cuenta que aquellos buenos tiempos vividos en la ciudad comienzan a ser contaminados por la violencia. ¿Cómo se habita una cuidad que requiere de un nuevo vocabulario que nombre la muerte, las desapariciones, la búsqueda de seres queridos?

Hasta ese momento el ritmo de la obra fue ágil, con destellos cómicos, pero esa agilidad y esa comicidad se pierden al comenzar las historias sobre estos nuevos tiempos lúgubres. Las historias y actuaciones se aletargan por la reptición sin variantes de las situaciones. El trabajo actoral que caracteriza cada personaje se mantiene sin matices y los elementos con los que trabajan se van desgastando. Predominan acciones sin sustento. Un ejemplo, es cuando se incita al público a ponerse de pie y tomarse de las manos como un acto de hermandad y de unión emotiva. Esta accion resulta forzada y no logra establecer la experiencia convivial.

Los relatos van perdiendo contundencia y se vuelven confusos. Exigen una gran atención para poder seguir las historias, la que conserva mayor claridad es la de la invidente. En un afán de ayudarla a que su dolor acabe y concluir la búsqueda, surge la posibilidad de entregarle un cuerpo falso en lugar del cadáver de su hermano. Los personajes en este relato están muy bien construidos desde la dramaturgia y la dirección. El hombre que puede conseguir el cuerpo de un niño, por ejemplo, es representado como un reptil que se arrastra por el piso y, al levantarse, recuerda al diablo con una de sus manos metidas en una de las desgastadas botas norteñas. O como cuando la mujer invidente escarba en la arena y saca el zapato de un niño. La caída de la arena del pequeño tenis resulta en una fuerte y emotiva imagen.

El texto dramático de Saúl Enríquez tiene varios aciertos: la forma en que se alternan las líneas anecdóticas, la construcción de algunos de los personajes, de sus motivaciones y anhelos, y la sutileza con la cual se amalgaman los relatos. Pero en escena no se potencia esta propuesta. El desequilibrio actoral debilita la obra, a lo que se suma el desaprovechado uso de los elementos de las cajas de arena. La temática y no la poética es lo que queda en la memoria.

 

***

Créditos de foto: Sebastian Kunold

Volver a Críticas